Carlota no fue la primera
Luis Cino
LA HABANA, Cuba - Octubre (www.cubanet.org) - Treinta y nueve años antes de la Operación Carlota en Angola, miles de cubanos se unieron, de modo absolutamente voluntario, a las brigadas internacionales que acudieron a defender a la República Española de la embestida fascista.
La revolución de 1933 produjo un excedente de idealistas exaltados. Radicales por cuenta propia. Aventureros y redentores de confuso derrotero, a los que Cuba ya les resultaba estrecha para sus ansias de acción.
Para algunos de ellos, la represión que siguió a la huelga de marzo de 1935 fue el empujón que los llevó a la Guerra Civil Española.
Regresaron derrotados de los campamentos en Francia, pero entrenados y fogueados en el combate. Ansiosos por ejercitar sus recién adquiridos conocimientos bélicos.
En Cuba, la situación había cambiado. Se toparon con una nueva Constitución y con leyes avanzadas. Batista era presidente constitucional. Era aliado de los comunistas. Dos de ellos eran ministros en su gabinete.
Algunos veteranos de España, todavía no hartos de guerrear y siempre recelando de Batista, se alistaron en el ejército norteamericano. Se fueron a pelear contra los nipones en el Pacífico.
Cuando volvieron a Cuba, Grau era presidente. Prometía dulces para todos. También, y sobre todo, para los gangsters.
Las pandillas, eufemísticamente llamadas grupos de acción, eran el pesado fardo que su pasado revolucionario había impuesto a Grau.
La camorra revolucionaria en Cuba inventó los escuadrones de la muerte. Sólo que, a diferencia de sus colegas del futuro brasileños y salvadoreños, no asesinaban niños de la calle ni sacerdotes.
Se calcula que alrededor de 20 mil hombres armados, equivalentes a la mitad de los efectivos con que contaba el ejército nacional de entonces, pululaban por el país, vinculados en mayor o menor medida al pandillerismo político.
Demasiado violentos para un país pequeño, regido por la democracia y el choteo. Si no hallaban una válvula de escape a sus ímpetus guerreros, harían volar la Isla. La democracia ya la habían minado.
Por entonces, La Habana, rodeada de dictaduras y países pobres, era la metrópoli del Caribe. Exportaba lo mismo tabaco, sones, boleros, guarachas y novelas radiales que revolucionarios armados.
Cientos de perseguidos políticos del área buscaban refugio y apoyo para sus causas en la hospitalaria y tolerante Cuba.
La acogedora capital cubana recibía por igual al exilado Juan Bosch que a los enviados del dictador Trujillo. Estos, en las tiendas exclusivas El Sol y El Encanto, compraban para él trajes costosos, joyas y hasta sus condecoraciones.
La Habana era un hervidero de conspiraciones contra las dictaduras de la región. Urdidas por afiebrados pistoleros, no pocas veces contaban con complicidades gubernamentales. Estos trajines produjeron episodios rocambolescos, como los de Cayo Confites y la Legión Caribe.
Pandilleros y políticos corruptos comparten con Batista la responsabilidad por el fracaso de la democracia cubana. Sucumbió ante la violencia revolucionaria. No pudo ser de otro modo.
Pocas semanas después de enero de 1959, el régimen revolucionario inició sus aventuras militares extranjeras: Santo Domingo, Panamá, Haití y Venezuela.
Lamento defraudar a los que piensan que la Revolución Cubana inventó la exportación de contingentes armados. Sólo los masificó, los institucionalizó de manera compulsiva y perentoria.
Los dotó de armamento soviético y de consignas dramáticas y altisonantes. Las bautizó con la etiqueta incierta, como todas las etiquetas, de "internacionalismo proletario". Luego, a nombre de la patria, recogió la cosecha de muertos para la causa.
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