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Monday, April 16, 2007

PERESTROIKANDO: ¿A QUIÉN SE TE PARECE?

PERESTROIKANDO: ¿A QUIÉN SE TE PARECE?
2007-04-13.
Pedro Álvarez Peña

Fuimos un grupo de estudiantes cubanos con una suerte inmensa o, será
otra cosa. A pesar de todo lo que traíamos en las mochilas castristas,
tuvimos la dicha de vivir los tiempos de la Perestroika y el Glasnost en
la antigua Unión Soviética. Este aire democrático cambiaría para siempre
nuestras vidas. Tanto fue así, que de nuestro grupo de siete
estudiantes, ninguno regresó a Cuba.

*************

Pasaban los días, pasó el primer invierno. Crecían las relaciones y los
problemas entre los siete estudiantes del grupo. Se agudizaban
conflictos con los de segundo año. Bueno, en realidad más bien con uno
de ellos, para casualidad contrapuesta el mismo que nos fue a buscar a
la estación de trenes al llegar a Leningrado.

Cuando uno vive de esta forma; tres estudiantes en un cuarto de unos 10
metros cuadrados. Siete jóvenes de la misma carrera compartiendo
calculadoras, cerebros, ideas, alegrías y bochornos se forjan amistades
y enemistades para de por vida.

Éramos un grupo muy alegre con mucha, yo diría demasiada, iniciativa
propia. Éramos los peludos pues ya todos teníamos los pelos largos por
los hombros y el negro un espendru. Estudiábamos mucho y nos iba bien.
Habíamos tenido uno de los mejores resultados de un grupo de cubanos en
nuestra facultad en el coloquio inicial de matemáticas por lo que los
chismes comenzaban a difundirse sobre todos a otros albergues del
Instituto Politécnico.

Una tarde primaveral estábamos después de la escuela en la plaza de
Politeshnichevkaya a las afueras de la universidad. El peludo mayor, el
otro peludo y yo. Cantábamos la canción "esta es Cuba". Una versión
libre nuestra de la que cantaba el grupo cubano La Revé. Solo nos
importaba el refrán de: "esta es Cuba, esta es Cuba, esta es Cuba".
Gritábamos mientras muchos rusos asombrados pasaban a nuestro alrededor.

El caso era que un zapato de uno de ellos se había roto. Por cierto
teníamos los tres los mismos zapatos y los mismos abrigos así que
parecíamos un grupo musical vociferando "Esta es Cuba". Nos reíamos de
la calidad del zapato que solo había durado el primer invierno. Al rato
pasó la jefa de colectivo de un grupo del mismo año de nosotros. Nos
dijo: "Muchachos, que están haciendo." Igual creo no entendió nada de
aquello de Cuba.

Después fue peor. Se nos acercó un cubano de la misma carrera de
nosotros que ya estaba en cuarto año. Estos tenían famas de ser bien
recalcitrantes. No escuchó lo de la canción. Él conocía a los peludos
del preuniversitario de ciencias exactas en La Habana. Nos dijo que se
enteró de lo bien que habíamos salido en la prueba de matemáticas y de
que todos hablaban de eso en la cátedra de la carrera. Al mismo tiempo
nos hizo saber que los rumores de los pelos también le preocupaban.
Mencionó que no era bueno que nos dejáramos los pelos así pues no estaba
acorde con la actitud de los cubanos. Nos mostraba su cabellera
impecablemente rasurada como la de un buen camilito. Nosotros nos
entremiramos casi para reírnos. Los peludos no parecían escuchar sus
palabras. En mi tampoco dejaban mucho que pensar. Nos gustaba estar peludos.

Esto pasaba casi todos los días. Después de las lecciones nos reuníamos
los siete a comer algo en los Stalovayas [restaurantes en ruso o sala de
comer]. Había muchas en los edificios de la universidad. Cada día
escogíamos una diferente. Nos gustaba mucho tomar helado con chocolate
por arriba y un te caliente, Chai. Y haciendo valer la redundancia así
mismo le llamábamos a estos encuentros conversadores: "Meter un chai".
El trigueño habanero era experto en ir al stalovaya en el receso de
quince minutos entre las dos partes de las conferencias. Siempre llevaba
una bolsa plástica dónde metía platos que se llevaba de esos lugares.
Siempre andaba con tres o cuatro platos en la bolsa. Comentaba que no le
gustaba fregar.

A veces en estos lugares de comida en vez de vuelto, cuando solo era
unos kapieki (kilos) te daban en lugar un caramelo pero nuestro amigo
habanero, el de los platos, siempre le insistía a la cajera para que se
lo diera regalado y que fuera un chocolate, casi siempre se salía con
las suyas.

Una de estas tardes hicimos algo divertido. De camino a casa nos
encontramos un carrito de los que había en las tiendas de comida para
poner papas. La base era como una chivichana pero con una reja para
arriba como metro y medio. Alguien enseguida le vio la similitud con el
transporte de niños cubanos y haya fue eso. Nos montamos los siete o
mejor dicho nos reguindamos de aquella cosa y empujando con los pies nos
íbamos trasladando. Aquellos peludos morenos y claro no estábamos
callados: "Esta es Cuba".

Al final la chocamos contra un árbol grande que había a las afueras del
albergue. Recuerdo que estuvimos parados un rato. Estos locos se
disponían a hacer necesidades allí mismo. Me comentó el peludo que había
que hacerlo en la nieve pues tomaría un color amarillo y esa experiencia
no podíamos perderla. Allá fue eso también. Siete marcas amarillas
quedaron alrededor del árbol a un lado del carrito de la tienda ya no
tan recto en sus esquinas.

Hababa mucho con el peludo de la preparatoria. Siempre tenía muchas
reflexiones después de las conferencia y era sumamente interesante
compartir con él razonamientos e ideas. A veces mencionábamos algunas
cosas de política pero de momento dominaban las ciencias. Ya unas
semanas antes se había presentado en la sala de conferencia ante todos
cuando se levantó e indicó a la mismísima lectora que se le había
olvidado un miembro en la serie de Taylor cuando ella la exponía en la
pizarra.

El cubanito peludo levantó su mano en medio de los disparos de tiza de
la profesora diciendo que algo no andaba bien con el resto de Lagrange
en la serie. Fue como un rayo de silencio pues este se apoderó de la
sala. La profesora dio media vuelta hacia el auditorio y se bajó los
espejuelos con el índice mirando al muchacho que estaba en el mismo
medio de la sala. "Maladets" [excelente] exclamó. Se viró de vuelta y
agregó el miembro que faltaba en la lista.

Desde ese día fue su alumno favorito. En segundo año le dijo a la
segunda semana de clases que no fuera más a las conferencias. Le dio un
libro de teorías de la serie de Furie y comentó que hablarían ellos dos
sobre eso al final del curso. Tuve el privilegio de estar sentado dentro
de la sala de pruebas cuando él defendió su examen en el último semestre
de análisis matemático. La profesora dijo cuando él cerró la puerta que
era uno de los mejores alumnos que había tenido en su vida. Yo me
pregunté cuantos muchachas y muchachos no habrían pasado por las
conferencias de esta lectora eminente del Politécnico de Leningrado.
Reflexioné además sobre el hecho de que era un cubano.

Recuerdo con alegría las clases de álgebra. Nos sentábamos siempre
juntos él y yo. Al finalizar la clase con un maestro que era muy bueno.
Él me miraba, sacaba los tres dedos del medio de su mano derecha y los
repartía en el aire, decía: "Trie viektarov v prostransbie", "tres
vectores en el espacio". Para él significaba mucho más que para mí al
principio; con el tiempo y sus explicaciones me sentí mucho mejor después.

Terminaba el primer año de nuestros estudios en Rusia. Indiscutiblemente
el más productivo académicamente, el menos turbulento y apolítico de
todos. Los siete habíamos pasado todos los exámenes sin contratiempos.
Nos fuimos un tiempo de vacaciones a un campamento estudiantil a las
afueras de Leningrado. Allí estuvimos como tres semanas en julio.
Recuerdo que jugábamos muchos deportes. Estaba con mi novia cubana y mis
compañeros de cuarto.

A finales de julio volvimos al albergue. Todavía faltaba como un mes
para que comenzaran las clases y salimos en busca de trabajo. Anduvimos
deambulando por diferentes lugares de descarga de transportes para
trabajar de estibadores. Viajábamos temprano el peludo y yo a buscar
trabajo. Así empezamos a hablar de otras cosas, no solo sabía muy bien
inglés, le interesaba el francés y sabía algunas frases. El ruso ya lo
dominaba muy bien y vivía con su novia rusa.

Como casi siempre nunca nos daban trabajo; terminábamos recogiendo
tomates y manzanas que nos llevábamos a casa y siempre conversando. Un
día después de almuerzo estuvimos hablando como tres horas sin parar.
Recuerdo que estábamos al lado de unos vagones y así empezamos a hablar
del sistema de frenos de los trenes. No sé de que manera llegamos a la
situación rusa del momento y observé rápidamente como ambos por caminos
separados habíamos recopilado información parecida sobre la Perestroika
y la Unión Sviética.

Era como que acertábamos en todo. Si uno decía algo el otro afirmaba que
sí con la cabeza. Hablamos de Brezhnev, hablamos de Lenin y mucho
bastante de Stalin. No recuerdo detalles pero no eran cosas bonitas
sobre las que reflexionábamos. Usábamos las palabras dictador, esbirro,
enfermos de poder y hablamos del culto a la personalidad.

Llegado allí me miró mi amigo, mitad sonrisa, mitad serio me dijo: ¿A
quién se te parece? Sus ojos brillaban, me miraba fijo, yo sonreí.
Eureka, lo llevaba pensando hacia rato. En realidad hacía horas que
hablamos de otra persona refugiados en la realidad soviética.

Estallamos en gritos de alegría, mostrando la comprensión que sentíamos
el uno por el otro y el significado que tenía lo ocurrido para nosotros.
Era agosto de 1988 a un año de nuestra llegada a Leningrado.

http://www.miscelaneasdecuba.net/web/article.asp?artID=9775

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