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Wednesday, March 07, 2007

Un barrio chino sin chinos (I parte)

SOCIEDAD
Un barrio chino sin chinos (I parte)

Oscar Mario González

LA HABANA, Cuba - Marzo (www.cubanet.org) - Decirle barrio chino a un
lugar carente de chinos es algo así como un dolor de cabeza sin cabeza,
o una reunión del Comité sin cederistas; un contrasentido de los muy
frecuentes en este país.

La escasez de chinos en Cuba pude constatarla una vez más en la noche
del 17 de febrero con motivo de encontrarme en ese barrio disfrutando
del año nuevo lunar. Entonces conocí que el último censo realizado en el
año 2005 arrojó la cifra de 287 nativos en toda la Isla. Ello contrasta
con los 700 que leí en la prensa oficialista recientemente. De cualquier
forma por ahí andan las cifras. Si tenemos en cuenta que en 1958 algunos
estiman en más 50 mil el número, podemos decir que el totalitarismo
acabó con los chinos.

Esta comunidad era, antes del tsunamis marxista, la más vigorosa del
continente. El barrio chino habanero: el mayor y mejor estructurado de
toda Latinoamérica con las dos terceras partes de la población asiática
asentada en la Isla.

Su presencia fijaba los límites del antiguo sector entre las calles
Zanja y Reina, de Norte a Sur; y Belascoaín y Galiano, de Este a Oeste.

Los chinos poseían un cementerio aledaño a la necrópolis de Colón, que
alcanzaba mayor realce el día de los fieles difuntos, cuando se
abarrotaba de dolientes y el aire circundante se impregnaba de olor a
incienso y comida propia de aquella nación asiática.

Agrupados en medio centenar de sociedades de ayuda y recreación,
contaban con una imprenta donde se editaba el periódico de la comunidad.
Ambas entidades destinadas a promover la cultura y preservar las
tradiciones de un pueblo cuyo milenario desarrollo contribuyó de forma
decisiva al avance de Occidente. Las sociedades más importantes tenían
escuelas para la instrucción de los niños nacidos en Cuba y hasta
servicios médicos para los asociados.

Dos salas de cine, "El Águila de Oro" y "Nuevo Continental", exhibían
películas chinas y esporádicamente obras teatrales. Ello, sin contar el
famoso teatro "Shangai", que aunque no era chino estaba enclavado en la
calle Zanja, y donde se exhibían obras subidas de tono o pornográficas,
según algunos. Hoy resultarían inofensivas y recatadas, dado el inmenso
avance y difusión de las cuestiones relacionadas con el sexo.
Seguramente para ningún pionero sería desconocido nada de lo que allí se
hacía o decía.

Sendos restoranes ostentaban las delicias de la cocina asiática: el
majestuoso "Pacífico", en la calle San Nicolás, y "La Muralla", con
asiento en el cuchillo de Zanja. A sólo unos metros uno del otro. El
primero, un regio edificio de 4 pisos donde se disfrutaba de las
delicias culinarias del gigante asiático en un ambiente típico, donde
todo era chino, desde la música hasta los cubiertos.

Pero muchos se sentían mejor y sin ningún asomo de etiqueta en el
restaurante "La Estrella de Oro", de Galiano y Zanja. Allí comían a sus
anchas transeúntes y trasnochadores; los dependientes, como legítimos
hijos de la madre patria asiática, hacían alarde de buen trato y
prontitud en el servicio. Estar en el Barrio Chino de entonces era
sentirse sumergido en un mundo agradablemente exótico, donde voces,
palabras y murmullos, resonaban al oído en una atmósfera de chucherías
de inconfundible sabor y presencia. Panetelitas y panecitos rellenos
cocinados al vapor y elaborados a base de harina de arroz; rollitos de
primavera en cuyo interior se escondía el marisco, la carne de cerdo o
res molida o picadita, con aderezo propio y acompañado de frijolitos o
acelga; las simples calabacitas cocinadas en cal y las deliciosas
maripositas con alas de masa de empanadilla y un "engaño" de picadillo
condimentado.

El Barrio Chino era, sobre todo, la vitrina real y espontánea de una
raza laboriosa trasplantada a esta tierra, de la cual extraía el
sustento, y a la vez enriquecía con el amor de su trabajo.

http://www.cubanet.org/CNews/y07/mar07/07a7.htm

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