Tragedia e inmediatez
Miguel Iturria Savón
LA HABANA, Cuba - Marzo (www.cubanet.org) - La joven Maiken ha llamado a
su casa. La vecina del teléfono le avisó a la abuela. La algarabía fue
enorme pues llevaban dos años sin saber de ella. La madre de la muchacha
la daba por muerta, pero le informaba a los curiosos que vivía con un
extranjero en Miramar. Algunos afirman que se fue del país. Otros hablan
de secuestro.
Nadie sabe realmente su paradero. Una amiga de la infancia asegura
haberla visto en un solar de Marianao. La policía cree que es posible,
pero supone que se trata de un encierro voluntario por razones
religiosas. Un joven santero del barrio de Maiken confirma la versión
policial y agrega: "Le rogaron la cabeza en homenaje a los muertos;
desde entonces pareció otra persona. Tal vez viva con la madrina".
A Maiken le decían "la bella palomera". Residía con su madre, la abuela
y el tío en un rincón del Cotorro, a 17 kilómetros de La Habana. Su casa
aún parece un refugio de San Lázaro: 15 perros se disputan los sillones
de la sala y el portal. Decenas de aves decorativas chillan en las
jaulas. Las palomas que criaba y vendía la muchacha esperan por los
compradores en una esquina del patio. Los puercos y las gallinas
completan el panorama de olores y sonidos.
Dicen que Marlen, la madre, duerme con los perros cuando no viene el
marido, un recogedor de basura afiliado al sindicato de los bebedores.
Ella también bucea en Cayo Cruz, pero sólo recoge pomos y pedazos de
frazadas de piso, que lava y vende a domicilio como si fueran de la shopin.
A Magalys, la abuela, le dicen la vieja de los cuentos. Se pasa el día
haciendo chistes irreverentes y colando café. A veces limpia o le cocina
al hijo, un carpintero homosexual que hace maravillas con la madera y
alterna su tiempo libre entre la música y la búsqueda de la sobrina
fugitiva.
Los rumores del barrio hieren a la humilde familia. Maiken ha llamado a
sus seres queridos pero no acaba de visitarlos. Quizás tema a que
descubran su paradero o le impidan el regreso al nuevo hogar.
"Yo le perdono cualquier cosa", dice la madre. "Por ahora, nos
conformamos con escuchar su voz y saber que está bien", declara la
abuela a unas vecinas chismosas, a las que despide inmutable con el
último cuento de Pepito sobre la salud del Comandante en Jefe.
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