2007-03-21.
Carlos Alberto Montaner, Escritor, Periodista y Político
Palabras en la recepción del
Premio a la Libertad
Madrid, 21 de marzo de 2007
Les agradezco a la Comunidad Autónoma de Madrid y a su presidenta, Doña
Esperanza Aguirre, la alta distinción que significa recibir el Premio a
la Tolerancia en este 2007, premio que ya le otorgaron hace dos años a
mi querido compatriota Raúl Rivero, un extraordinario poeta, y muy
especialmente porque hoy comparto ese honor con la señora Khady Koita,
una admirable luchadora por el derecho de las niñas y mujeres a no ser
mutiladas contra su voluntad en virtud de rituales atávicos
profundamente lesivos a la dignidad de las personas, absurda ceremonia
que no debería tener cabida en nuestra época.
Se da la circunstancia, además, de que nos acompaña la señora Pilar
Elías, viuda de Ramón Baglietta, un honorable español cobardemente
asesinado por ETA, quien recibiera el galardón en el 2006. La señora
Elías, una persona que ha sabido colocar su fortaleza cívica y moral por
encima de los naturales deseos de venganza, el año pasado conmovió a la
opinión pública mundial con su asombrosa historia -el señor Baglietta le
había salvado la vida a Kándido Aspiazu cuando era un niño, quien luego
creciera para asesinarlo-, pero su dolor sirvió para ilustrar algo que
hoy, gracias a la divulgación de su ejemplo, se entiende mejor: la lucha
en España no es entre los que desean fundar una nación independiente y
los que se oponen a ello, sino entre una banda de asesinos decididos a
imponer su voluntad a la inmensa mayoría del país mediante la
intimidación y el crimen, y unos ciudadanos empeñados en defender con su
vida el imperio de la ley y de las instituciones democráticas.
Debo agregar, con satisfacción, que me resulta especialmente
significativo haber sido escogido para recibir este premio por un comité
presidido por Doña Esperanza Aguirre, una amiga y aliada permanente en
el esfuerzo por difundir los ideales liberales, quien siempre, además,
ha estado permanentemente junto a los demócratas cubanos, defendiéndolos
de todos los atropellos causados por la dictadura comunista, incluso en
circunstancias políticas en las que sólo podía cosechar inconvenientes y
críticas.
Sobre la tolerancia
La definición más urgente y precisa de tolerancia acaso sea ésta: la
decisión de convivir respetuosamente con aquello que no nos gusta,
aunque tengamos la capacidad potencial de suprimirlo o evitarlo. Ser
tolerantes no significa que aprobemos o aplaudamos costumbres y
quehaceres que nos resultan incómodos, desagradables o antiestéticos,
sino que admitamos, melancólicamente, que la vida es plural, diversa,
cambiante, y que a los seres humanos sólo nos es posible mantener la
concordia y conseguir un cierto grado de felicidad si el comportamiento
que exhibimos se adapta a nuestras convicciones más íntimas. Cuando se
obliga al otro, por la fuerza, a que suscriba ciertos puntos de vista o
ciertos modos de vida, cuando se le impone una cosmovisión extraña, se
está cometiendo un terrible crimen contra la conciencia ajena.
Los seres humanos, para vivir en paz con nosotros mismos, necesitamos un
grado de coherencia interna. Necesitamos buscar o expresar libremente
nuestras creencias religiosas o nuestras dudas, nuestras particulares
formas de vestir o de disfrutar las expresiones literarias y artísticas.
Necesitamos satisfacer nuestras particulares curiosidades intelectuales,
y manifestar, también libremente, nuestras opiniones y nuestras
preferencias afectivas: en suma, necesitamos ser nosotros mismos sin
impostar la voz, sin enmascararnos y sin recurrir a hipocresías para
sobrevivir.
No hay Estado, partido político, u organización ideológica o religiosa
que sepa mejor que nosotros mismos lo que queremos y lo que nos
conviene. No hay entidad capaz de tomar decisiones de ningún tipo en
nuestro beneficio mejor que las que podemos tomar nosotros mismos,
incluso cuando nos equivocamos, porque la libertad también incluye
riesgos que deben asumirse responsablemente. No hay ogro más dañino, en
fin, que el filantrópico, como señalara Octavio Paz, aquel brillante
poeta mexicano distinguido con el Nobel.
La libertad no es un lujo sino una imperiosa necesidad de la conciencia.
Cuando no somos libres, cuando nos obligan a fingir, cuando nos imponen
dogmas, rituales, libros sagrados, conductas e ideas contrarias a
nuestras verdaderas creencias personales, experimentamos una dolorosa
disonancia que, con frecuencia, se trasforma en una angustiosa sensación
de falsedad: nos convertimos en farsantes, y esa postura se transforma
lentamente en un hondo malestar psicológico, en neurosis, como señaló
Carl Rogers, uno de los psicólogos más importantes del siglo XX.
Desgraciadamente, todavía estamos muy lejos de vivir en un mundo
presidido por el respeto al otro. El siglo XX fue especialmente
prolífico en actitudes intolerantes. Cuando los marxistas prohibían
libros y los fascistas los quemaban, cuando los comunistas fusilaban
"enemigos del pueblo" y los nazis gaseaban judíos, esa conducta criminal
se alimentaba de la fatal combinación entre la certeza ideológica -la
arrogancia del que cree poseer una verdad única e indiscutible- y el
rechazo a la diversidad. El que era diferente debía ser extirpado
violentamente del seno de la sociedad.
La intolerancia en Cuba
Cuando se ha incubado un desprecio total por el que es diferente, surge
fácilmente la intolerancia, hábilmente camuflada tras un lenguaje
patriótico, lo que permite maltratar sin limitaciones al enemigo
elegido, o aplastarlo si fuera necesario o, simplemente, divertido. En
mi país, en Cuba, para desgracia de los cubanos, los gobernantes carecen
de dudas. Han interpretado el pasado y el presente de manera infalible.
Han previsto el futuro de forma inequívoca. Todo lo saben, y, por lo
tanto, se sienten autorizados a exterminar a quienes se atreven a
disentir, como les ocurre a los demócratas que piden un gobierno
abierto, designado libremente por la sociedad en elecciones plurales
como las que existen en España y en los treinta países más felices del
mundo.
Por estas fechas, se han cumplido cuatro años de la llamada "primavera
negra", cuando 75 pacíficos demócratas de la oposición fueron
encarcelados y condenados a severas penas de hasta 25 años de cárcel por
escribir crónicas sin censura en periódicos extranjeros, prestar libros
prohibidos o solicitar una consulta electoral. De esas personas, sólo
han sido excarcelados unos pocos prisioneros: los que estaban más
enfermos y, además, gozaban de notoriedad internacional. El resto, que
son casi todos, permanecen encerrados en las peores condiciones,
sometidos a palizas y humillaciones constantes. Mientras tanto, las
mujeres de la familia, las dignas Damas de Blanco -representadas en
España por Blanca Reyes, quien fue una de ellas-, madres, hijas y
esposas de los presos, cuando la ocasión parece oportuna, recorren las
calles silenciosamente pidiendo la libertad de sus seres queridos
mientras, a veces, son acosadas por las turbas organizadas y enviadas
por el gobierno.
Desgraciadamente, no son estos 75 los únicos presos de conciencia que
hay en el país. Las organizaciones de derechos humanos más solventes
hablan de unos 300, y algunos ya han cumplido hasta 15 años de privación
de libertad, dato que no debe sorprendernos tratándose de la dictadura
cubana: hace pocas semanas Mario Chanes, un ex dirigente sindical, murió
en Miami. Había cumplido en Cuba 30 años de cárcel en las condiciones
más terribles. Junto a Fidel Castro, había sido atacante del cuartel
Moncada y expedicionario del Granma, los dos hechos clave del movimiento
revolucionario creado por Castro. Pero Mario Chanes no era comunista y
aborrecía la dictadura, así que Castro fue especialmente cruel y
vengativo con él, como suele serlo con los amigos o subordinados que se
atreven a contradecirlo.
No obstante, no todas las noticias que vienen de la Isla son malas. Pese
a que el rigor de la tiranía no cede, existe en la sociedad -incluidas
en ella la oposición y las zonas más lúcidas gobierno- la convicción
generalizada de que estamos en la última etapa de una larga pesadilla
que se ha extendido por casi medio siglo. Casi nadie cree que el
comunismo podrá sobrevivir mucho tiempo a la muerte del caudillo que lo
impuso. Casi todos piensan que un fracasado sistema, montado sobre las
falacias del marxismo y organizado de acuerdo con el ineficiente y ya
extinguido modelo soviético, no podrá prevalecer mucho tiempo en un
mundo en el que han triunfado las ideas de la libertad.
Por eso España es una referencia muy importante para los cubanos. Por
eso miramos ansiosamente hacia la Madre Patria: nosotros soñamos con una
transición pacífica hacia la democracia y la libertad, parecida a la que
supieron construir los españoles en el último cuarto del siglo pasado. Y
soñamos también, por qué no, con tener un día la oportunidad, en una
Habana libre, de devolver con un abrazo lleno de gratitud la solidaridad
que nos han brindado los buenos españoles, como estos que hoy, para
ayudarnos en nuestra lucha, han tenido la generosidad de otorgarme el
prestigioso Premio a la Tolerancia.
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