Testigo de nobleza
Lo más extraordinario de la vida de Mario Chanes de Armas no fueron sus
aventuras revolucionarias, sino el valor con el que hizo frente a seis
lustros de cárcel y maltrato.
Julián B. Sorel, París
lunes 12 de marzo de 2007 6:00:00
El sábado 24 de febrero de 2007 —aniversario 112 del Grito de Baire— se
nos murió en Miami Mario Chanes de Armas. Muy pocos cubanos de las
últimas generaciones saben quién fue. Quizá yo tampoco lo hubiera sabido
nunca, de no haber sido porque en los años sesenta me encarcelaron
—cuando todavía era menor— y en el presidio político coincidí con él y
con su hermano Paco.
A pesar de la diferencia de edad, llegamos a ser buenos amigos. Andando
el tiempo, los avatares de la vida carcelaria nos llevaron a compartir
galeras y pabellones de castigo, por la geografía del prolijo gulag de
la Isla. Cuando en 1978 nos despedimos por última vez en Cuba,
ocupábamos dos literas contiguas en la celda 1402 del edificio número
uno del Combinado del Este, un paradigma de arquitectura estalinista que
el régimen había construido poco antes.
Por entonces, Mario había pasado ya casi 19 años en la cárcel, sin
contar el tiempo que había permanecido encerrado en el Castillo del
Príncipe y el penal de Isla de Pinos bajo la dictadura de Batista.
Luego cumpliría 11 más, para alcanzar la triste marca de 30 años de
prisión de máxima severidad, récord absoluto en el sistema comunista
cubano. Porque Mario no sólo era un plantado que había rechazado todos
los planes de "reeducación" y "rehabilitación" que el gobierno había
tratado de imponerle, sino que además pertenecía a la exigua y riesgosa
categoría de "presos de Fidel": los reos cuyas condiciones de reclusión
fueron (son) particularmente severas e inhumanas, porque, por las
razones más diversas, el Comandante en Jefe sentía (siente) especial
inquina hacia ellos.
Ni cargos ni prebendas
En esa época los "presos de Fidel" formaban un grupo heterogéneo, que
incluía, entre otros, al dirigente estudiantil Pedro Luis Boitel, que
murió en huelga de hambre en el Castillo del Príncipe en 1973; a Huber
Matos, el comandante que se atrevió a denunciar en 1959 el rumbo
comunista que tomaba la revolución y tuvo que cumplir 20 años de cárcel
por una carta de dimisión; al ingeniero Pepe Pujals, que conspiró para
derrocar al régimen y se salvó del paredón de fusilamiento sólo para
pasar 28 años entre las rejas; a Andrés Vargas Gómez, nieto del
Generalísimo Máximo Gómez, que se infiltró en la Isla poco antes del
desembarco de Playa Girón para coordinar las acciones de la resistencia;
al comandante César Páez, que murió en prisión en 1977, a los 40 años de
edad, víctima de atroces condiciones de reclusión; al poeta Jorge Vals,
influyente teórico del Directorio Estudiantil Revolucionario en las
luchas revolucionarias; a Rafael del Pino, ex amigo de Castro, testigo
de su boda y luego su enemigo íntimo, herido en 1959 cuando intentaba
sacar del país a varios opositores y posteriormente "suicidado" en una
celda del Combinado del Este; al comandante del ejército constitucional
Felipe Mirabal, presunto padre biológico de Raúl Castro, que pasó más de
20 años condenado a muerte, y a ocho o diez personas más.
Entre ellos, Mario ocupaba un sitio prominente.
Porque Mario Chanes había acompañado a Castro en el ataque al cuartel
Moncada y luego en la prisión de Isla de Pinos, y más tarde en el exilio
de México, y aun después en el naufragio del yate Granma ante la costa
de Manzanillo. Cuando todas esas iniciativas fracasaron, se sumó a la
lucha clandestina en La Habana, hasta que la policía del antiguo régimen
lo arrestó, torturó y mandó a la cárcel.
El 1 de enero de 1959, Mario era uno de los pocos supervivientes del
grupo que siete años antes había emprendido la lucha armada a las
órdenes de Castro. Tenía más antigüedad en el movimiento insurreccional
que Ernesto Che Guevara o Camilo Cienfuegos, los comandantes que luego
el régimen mitificaría. Había sido jefe de los jefes que bajaban de la
Sierra Maestra, a veces sin haber disparado un tiro, y ocupaban
regimientos y ministerios. Su ejecutoria revolucionaria era intachable
y, si hubiera decidido servir al nuevo caudillo, sin duda habría ocupado
puestos importantes a su vera.
Pero Mario Chanes no había escogido el camino de la lucha insurreccional
para cosechar cargos ni prebendas. La dictadura de Batista se había
desplomado y se abría una era de concordia y libertad para todos los
cubanos. Habría elecciones libres, de las que saldría un gobierno
honrado y progresista, que encaminaría al país por la senda del
desarrollo y la justicia social. O al menos así lo creyeron muchos de
los que, como él, arriesgaron la vida con generosidad y saludaron el
triunfo de 1959.
Por eso Mario rechazó los cargos que Castro le ofreció y recuperó su
modesto empleo en la cervecería La Polar y sus funciones de dirigente
sindical. No sospechó que al hacerlo estaba firmando su propia sentencia
de prisión. El Comandante en Jefe, que urdía ya el entramado de su
dictadura personal, no le perdonó nunca la renuncia a participar en el
nuevo régimen al hombre que lo había ayudado, con lealtad y valentía, a
triunfar en el empeño guerrillero. Unos meses después, la policía
política arrestó a Paco y a Mario, y un tribunal militar los condenó
—sin pruebas y con el concurso de testigos amaestrados— a 20 y 30 años
de cárcel, respectivamente.
Plantado hasta la libertad
Paco cumplió su condena y marchó al exilio, donde falleció en 1991.
Mario cumplió, día por día, los 30 años a los que fue sentenciado. En la
cárcel aguantó con entereza todas las penalidades, desde el plan de
trabajos forzados y las huelgas de hambre hasta la muerte de su único
hijo, en los años ochenta. El ensañamiento personal de Castro era de tal
ahínco, que ni siquiera en esa ocasión el director de la prisión le
permitió asistir al funeral bajo escolta.
Lo más extraordinario de la vida de Mario Chanes de Armas no fueron sus
aventuras revolucionarias de la época de Batista, a pesar del papel
estelar que le tocó desempeñar en esa etapa, sino el valor y la dignidad
con los que hizo frente a seis lustros de cárcel y maltrato. En ciertas
ocasiones, los generales y jerarcas del Partido Comunista que pasaban
por La Cabaña o el Combinado del Este se acercaban a la reja de la
galera y pedían hablar con Mario.
Yo fui testigo casual de alguna de esas entrevistas y del respeto y la
mal disimulada admiración que sus propios enemigos le manifestaban.
Mario tomaba todo aquello con la misma calma con la que había vivido sus
momentos de gloria insurreccional. Era un hombre ecuánime, sonriente y
modesto, que había aceptado el sacrificio, a sabiendas de que sólo
recibiría en pago el resentimiento de los trepadores y la indiferencia
de la masa obsecuente.
Después de pasar 30 años en las cárceles de Castro y haber salido de
Cuba gracias a la solidaridad del exilio, Mario dedicó el resto de sus
días a dar testimonio de su experiencia y a suscitar la condena del
régimen de La Habana en los foros internacionales. Como director de la
agrupación Plantados hasta la libertad y la democracia en Cuba, llevó su
mensaje de dignidad y justicia a cuantos quisieron escucharle. Sin odio,
con la misma serenidad y firmeza con las que se enfrentó a sus verdugos.
Finalmente, la enfermedad y la muerte lograron acallar la voz que los
muros, el hambre y las bayonetas no habían podido sofocar.
Desde hace mucho tiempo, siempre que pienso en Mario Chanes me vienen a
la mente los conocidísimos versos de Luis Cernuda: "Recuérdalo tú y
recuérdalo a otros, / Cuando asqueados de la bajeza humana, / Cuando
iracundos de la dureza humana: / Este hombre solo, este acto solo, esta
fe sola".
A nosotros los cubanos, que estos años andamos tan escasos de grandeza y
generosidad, se nos murió el 24 de febrero un gran hombre, un héroe
modesto y sonriente, que fue capaz de luchar toda su vida, hasta las
últimas consecuencias, por la libertad de su pueblo: "un testigo
irrefutable de toda la nobleza humana".
Dirección URL:
http://www.cubaencuentro.com/es/encuentro-en-la-red/cuba/articulos/testigo-de-nobleza
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