Con las mismas manos
El Comandante, su delicado secreto de Estado y la indignación de los
intelectuales con la 'cadena'.
Enrisco , Nueva Jersey
lunes 12 de marzo de 2007 6:00:00
"Con las mismas manos de acariciarte estoy construyendo una escuela"
(Roberto Fernández Retamar).
"Te doy una canción con mis dos manos, con las mismas de matar" (Silvio
Rodríguez).
Año tras año, los exiliados cubanos de todas partes del mundo dan vida a
una de sus más persistentes y queridas tradiciones: poner a enfriar
champán para celebrar la inminente muerte del Comandante. Esta vez
parecía ser la definitiva, ante la persistencia del rumor de que el
Comandante —al igual que el champán de los exiliados— estaba descansando
en una nevera. Pero al parecer las neveras del exilio no eran las únicas
que se preparaban para las celebraciones.
Se cuenta que cuando el Comandante salió de la suya, sus primeras
palabras fueron: "¿Por qué el refrigerador está lleno de botellas de
champán?". A lo que su hermanísimo contestó: "A mí no me mires Fidel,
que aquí todo el mundo sabe que lo mío es el whisky".
No obstante, los expertos insisten en que tras la complicada operación
intestinal a que fue sometido el Comandante —que incluyó la reparación
de algunos sitios de su anatomía, que, como todos sabemos, es un secreto
de Estado— retornará a la política como figura simbólica.
Cocineros e instrucciones
Se supone que, dado su prestigio histórico y su delicada condición
médica, el Comandante ocupará permanentemente un lugar muy delicado en
la estructura de poder: los servicios sanitarios del Palacio de la
Revolución. Eso no disminuirá su capacidad de comunicarse con el pueblo,
ya que los baños tienen por lo general muy buena acústica. Tampoco
debemos pensar que la imagen del Comandante, con su secreto de Estado a
tiempo completo en ese lugar, afectará su prestigio, sino que, al
contrario, resumirá como pocas veces las intensas relaciones que ha
sostenido con su pueblo todos estos años.
Pongamos como ejemplo de estas fluidas relaciones las ollas arroceras,
que tan pacientemente el Comandante distribuyó en todas las casas
mientras disertaba sobre cómo debían usarse. Las ollas arroceras
(siguiendo el simbolismo apuntado más arriba) han resultado ser —usando
el vocabulario técnico que utilizan los propietarios-víctimas de las
mismas— una mierda. Pero, por supuesto, eso no ha sido culpa del
Comandante, sino de aquellas personas que no han sabido entender las
instrucciones, algo que ya ha ocurrido en otras ocasiones.
Y es que el Comandante siempre ha tenido mala suerte en eso de que sigan
sus instrucciones. Por ejemplo, cuando Batista decía "arránquenmele las
uñas a ese", sus esbirros iban y dejaban a su víctima incapacitada de
por vida para rascarse. Pero si el Comandante dice: "dentro de la
revolución todo, contra la revolución nada", vienen esos cuadros
intermedios que nunca entienden las instrucciones y se ponen a freír
intelectuales. Y eso, por supuesto, es un error terrible, porque puede
ocasionar desperfectos en la olla, que en el fondo no es más que un modo
metafórico de decir "revolución".
Luego aparece en televisión un antiguo cocinero, famoso por recetas
tales como "cuentista al horno" (de fundición de acero), "aporreado de
dramaturgos", "novelista (rehogado) en su tinta" y "poeta a puñetazos"
(o tostón de poeta, como también se le conoce), y muestra las medallas
que recibiera por sus méritos culinarios.
Los intelectuales ponen el grito en el cielo, siguiendo el precepto
leninista de meterse con el eslabón más débil de la cadena, sin tocar al
mono. Escriben emails en los que se muestran alarmados por la
posibilidad de volver a ser materia prima de la política
gastronómico-cultural del país. Pero enseguida aparece una declaración
de la UNEAC con la explicación de que aquellas recetas son cosa del
pasado y que, de acuerdo con las claras instrucciones dadas por el
Comandante 45 años atrás, la única receta aceptable es la de
"intelectual pasado por agua".
Eso, siempre y cuando la receta no incluya huevos, porque "intelectuales
con huevos" es un plato que siempre trae problemas. Con esa explicación
y unas palmaditas en los hombros, muchos se van tranquilos a casita,
porque si hay algo que a ciertos intelectuales les cuesta resistir es
una palmadita en el hombro. Me refiero a esos ciudadanos de la República
de las Letras, cuya consigna (letrada) es: "Dame la 'F', dame la 'I',
dame la 'D', dame la 'E', dame la 'L'"; "¿Qué dice?": "¡Viajes!". Hay
otros que no, esos que se han quedado pidiendo algo más sustancioso, los
que están cansados de que siempre les digan que el horno no está para
galleticas. O que no es el momento adecuado.
Porque la gente que sabe en Cuba, o sea, la que manda, siempre te dice
que no es el momento adecuado y uno llega a la conclusión que los
últimos 48 años (y los que faltan) no han sido el momento adecuado, y en
eso definitivamente hay que darles la razón.
Es cierto que este no es el momento adecuado, porque hay cosas mucho más
trascendentes a las que dedicarse. Eso lo demostró el Comandante cuando
tuvo media hora de conversación por teléfono con su hijo pródigo (en
petróleo), Hugo Chávez, en Aló, Presidente, el estelar programa
venezolano. Emociona escucharlos: una relación tan intensa sólo es
comparable a la de Romeo y Julieta, o la de la bruja de Blancanieves con
su espejo mágico.
Sin detenerse en otra cosa, el Comandante fue directo al problema que
más le preocupa en estos momentos. No, no me refiero a cuándo podrá
levantarse del inodoro o cómo mantener limpio su secreto de Estado.
Hablo del otro problema, el del calentamiento global. El Comandante y
Hugo Chávez se sienten elegidos para evitar que el planeta se derrita.
No importa cuánto petróleo consigan vender, porque están convencidos de
que en cuanto empiecen a producir bombillos ahorradores conseguirán
salvar a la especie humana, como Supermán en sus buenos tiempos.
El Comandante y Chávez andaban por las líneas telefónicas como el
Quijote y Sancho por las llanuras manchegas, sólo que en vez de luchar
contra molinos de viento, hablan de construirlos y así, mediante el
consiguiente ahorro de combustible, salvar al planeta. En fin, un
espectáculo digno de admirar por toda la humanidad con la excepción de
los cubanos, a quienes, hechizados por el mago imperialista Merlín, lo
único que les interesa es tener una antena parabólica.
Muchos hasta hablan de mudarse para Matanzas, por aquello de que es "La
Antena de Cuba". Todo con tal de ver cualquier programa televisivo de
Miami. Cuando digo cualquier programa, es cualquiera, incluidos esos
donde alguien vagamente famoso diserta sobre cuántas veces se ha operado
los senos, mientras su mujer protesta porque con las operaciones de su
marido no le va a alcanzar dinero para hacerse una liposucción.
Mientras tanto, el hermano del Comandante se indigna, no tanto porque él
también quiera hacerse una liposucción —algo que es muy libre de hacer—,
sino porque con tales distracciones los cubanos nunca se van a enterar
de las evidentes muestras de mejoría del Comandante y de su secreto de
Estado (plástico).
El poder de los escritores
Entretenidos en las fruslerías capitalistas, los cubanos no podrán
escuchar al Comandante diciendo cosas tan alentadoras como esta: "Sí,
voy ganando terreno, me siento con más energía, más fuerza y más tiempo
para estudiar. He vuelto a ser un estudiante". Bueno, alentadoras por
una parte y un tanto preocupantes por otra, porque en su época
universitaria el Comandante tiró más tiros contra sus condiscípulos que
luego contra los soldados de Batista. (El contacto con los libros al
parecer tenía la virtud de alegrarle el gatillo).
El problema —piensan algunos— es que al Comandante parece interesarle
algo más que el estado de los casquetes polares. En medio de la
conversación con Chávez, sin que viniera a cuento, el Comandante dijo:
"Al fin y al cabo, tú vas a pasar entre los grandes escritores de este
hemisferio. Y no te lamentes, porque los escritores tienen cada vez un
poder mayor". Hummm —dirán los expertos—. Primero le llama a Chávez
escritor, algo que no se atrevería a decirle ni siquiera su abuelita. Y
luego, que no se preocupe, que ser escritor no significa perder poder,
porque los escritores tienen cada vez un poder mayor.
"¿A qué se puede referir sino a nosotros —se preguntarán los
intelectuales cubanos— y a nuestra rebelión cibernética?". Y como todos
conocen lo nervioso que se pone el Comandante cuando piensa que alguien
en sus inmediaciones tiene demasiado poder, temen que el nerviosismo le
dé —ahora que ya puede ingerir alimentos sólidos— por mandar a pedir
picadillo de intelectual sin ponerse a pensar en la sobrecarga que le
puede traer a su últimamente tan manoseado secreto de Estado.
Yo trataría de tranquilizar a los rebeldes letrados diciéndoles que si
históricamente los subordinados del Comandante nunca han sabido cumplir
sus instrucciones, ¿por qué esta vez van a cumplirlas al pie (de la
República) de la letra? Ahora, si el Comandante dice: "límpienlo todo",
eso sí sería un problema. Entonces, los subordinados, ante la duda de si
el Comandante se refiere a su secreto de Estado o a los hombres de
letras, les meterán mano a los dos. Y si van a ser las mismas manos las
que emprendan ambas tareas, no es difícil suponer que nuestros letrados
prefieran que empiecen por ellos.
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