2007-03-26.
Pedro Álvarez Peña
Fuimos un grupo de estudiantes cubanos con una suerte inmensa o, será
otra cosa. A pesar de todo lo que traíamos en las mochilas castristas,
tuvimos la dicha de vivir los tiempos de la Perestroika y el Glasnost en
la antigua Unión Soviética. Este aire democrático cambiaría para siempre
nuestras vidas. Tanto fue así, que de nuestro grupo de siete
estudiantes, ninguno regresó a Cuba.
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Las primeras horas de nuestro andar por la Unión Soviética fueron muy
impactantes para todos. Uno sentía como un cosquilleo por todo el
cuerpo. Era el nerviosismo ante lo desconocido y las expectativas.
Odessa nos daba la bienvenida; se mostraba lejana, como difusa envuelta
en niebla. Era el polvo que estaba en el aire por doquier. No había
mucho calor a pesar de ser principios de agosto y me asombró ver tantos
pinos en los parques.
Del puerto nos llevaron en autobuses a un policlínico para pasar un
examen médico inicial. El ómnibus se detuvo frente a un estadio de
fútbol que quedaba del otro lado de la calle. Era muy amplio con mucho
graderío; miré las torres del alumbrado que eran inmensas como nunca
había visto. Le comenté a mi amigo: "Este es mucho más grande que el
Pedro Marrero". Así también la avenida que cruzamos hacia el chequeo
médico; tenía como cinco carriles aunque fuimos despacio, ni un vehículo
la circulaba. De una forma directa ya esta palabra que he mencionado:
"grande" resumiría toda la diferencia que percibí entre La URSS y Cuba
en unos minutos. Todo era más grande pero no necesariamente mejor. Les
cuento.
Entramos al policlínico. Más bien parecía como un asilo o pensionado.
Eran varios pisos y corrimos por las escaleras de arriba abajo y
viceversa para pasar por todas las habitaciones. En cada una miraban
diferentes cosas, la vista, el oído, la musculatura. Hicimos cuclillas,
nos bajamos los pantalones, abrimos la boca, hicimos ejercicios
giratorios con la cabeza. Yo me preguntaba por que nos estaban
inspeccionando tanto. Llegamos a la sala donde sacaban sangre. Examen de
SIDA, el primero de los tres que nos harían ese año.
Para asombro nuestro no habían jeringuillas, solo aguja. Y nada de eso
de una liguita en el brazo para aumentar la presión intravenosa. Nos
pusieron una goma gruesa con un torniquete que uno mismo aguantaba. Las
últimas gotas salieron a la par del corazón. Sentí como que casi salían
de él. Peor fue para la amiga de mi novia. Cuando la vimos lloraba
desconsolada y nos mostró el brazo. Vaya moretón que le habían dejado.
La enfermera no encontraba la vena y no se entendieron muy bien con el ruso.
Al fin dejamos el policlínico. De allí nos llevaron a un instituto en el
centro de Odessa. Creo que era el Politécnico aunque todo estaba
cerrado. Permanecimos en la calle merodeando las instituciones del
instituto. En la primera reunión en suelo soviético nos informaron que
el almuerzo sería en el Politécnico un poco después del medio día y que
por la tarde iríamos a la estación de trenes central para esperar allí
hasta la hora de partida a nuestras ciudades de destino. Probablemente
tendríamos una excursión por la ciudad en la tarde.
Almorzamos sobre las dos de la tarde. Chicharos bastante líquidos con
papas de plato uno. Después arroz salteado o con suerte aunque estaba
bueno. Si en Rusia siempre a la hora de almuerzo se comían dos platos el
uno y el dos. Un muchacho dijo en voz alta: "Vaya nos recibieron con dos
de los mosqueteros". Otro dijo que el chicharro que comíamos en Cuba
venía de Rusia. Noté asombro en muchos. Para mí también, siempre creí
que se cultivaba en Cuba.
Después hicimos siesta en el césped por los alrededores del Instituto.
Nos informaron que a las cuatro nos llevarían en autobuses a recorrer la
ciudad. Los que querían, muchos no fueron, se montaron en los buses. Los
mismos que nos habían llevado del puerto al policlínico y de ahí al
instituto. Nos dieron un paseo de unos cuarenta minutos. Mi amigo
durmió todo el tiempo y se perdió la estatua de Lenin en el parque
central que es lo único que recuerdo del recorrido. Además de que no
entendí casi nada de lo que la guía dijo en ruso durante el trayecto.
Sobre las seis de la tarde fuimos para la Estación Central de trenes.
Era grande y a las afueras había una plaza con kioscos donde vendían
cosas de comer y eso. Aquí descubrimos los automáticos de agua con gas y
cierto sabor: "Gasirobannia". Por tres "kopeiki" (centavos de rublo,
prácticamente nada) te tomabas un vaso de gaseosa, si tenías suerte o
aprendías los trucos cubanos para sacarle lo mejor a estos aparatos,
sino venía agua que no siempre estaba mal.
Pusimos dinero todos para comprar algo. Enseguida alguien dijo que más
atrás quedaba una tienda, que mejor comprábamos allí que en los kioscos
que bebían de ser mas caros. Efectivamente entramos en una tienda de
comida por primera vez. Nos habían dado cinco rublos a cada uno a la
salida del barco. Estaba la tienda bien surtida. Compramos pan, tomates
y otro encuentro con la realidad soviética: la calbazá, especie de
jamón embutido muy rico que salvaría nuestra hambruna muchas veces en lo
adelante.
Decía un conocido después en Leningrado que cuando él y el socio
entraban por la puerta del Univermag (tienda de comida) la calbazá y la
smetana (especie de creme fraiche) empezaban a dar saltos en el mostrador.
En la plaza vimos a dos homosexuales besándose. Mira la perestroika me
dijo mi amigo, ya ha empezado. Nunca en mis 18 años había visto a dos
hombres besarse así en la calle delante de todos. Estaban vestidos
extravagantes con pelos largos y con maquillaje. Cuando vieron que los
cubanitos estaban del otro lado mirando, se abrazaron y dando saltos se
alejaron del lugar. Con nosotros quedaron las reflexiones, de las que
solo vendrían más.
Vino corriendo nuestro coterráneo del cuarto en la preparatoria.
Preguntado: ¿Ya fueron al baño, han ida al baño? Vayan, vayan, vayan. Si
bien todo lo que habíamos visto hasta ahora no era de película
americana, lo que vendría sería el primer gran choque, no sé como
llamarlo, si cultural, de desarrollo o de que cosa pero al entrar en el
baño de la Estación central de trenes quedamos perplejos: eran letrinas,
no había separación o puertas, unos diez huecos, uno al lado del otro,
aunque estaba todo enlosado alrededor y el olor era como en cualquier
terminal de ómnibus cubana.
Fui corriendo a buscar a mi novia, para preguntarle si esto era un
fenómeno que sólo tocaba a los caballeros. Allí estaban todas las
muchachas en medio del mismo descubrimiento, los huecos en el piso
también facilitaban las necesidades de las damas.
Así concluía el primer día en el "país más desarrollado del mundo".
¿Quién pudo decir esto alguna vez?
El tren nuestro a Leningrado salía a las dos de la madrugada. A las ocho
se fueron los primeros, conocíamos bien a uno de ellos que viajaba para
el Lvov en Ucrania. Después a las diez se fueron los que iban para el
Báltico: Vilnius y Riga. A las doce se fueron la gente de Moscú, aquí
fueron las mayores despedidas. La violinista que se despedía del físico
nuclear, la estudiante de tiflopedagogía que abrazaba al ingeniero
químico. Muchas lágrimas tras 22 días de travesía. Algunos después de
toda la preparatoria juntos. Nos despedimos de nuestro amigo y quedamos
en visitarnos lo más pronto posible.
A las dos y cinco rodaba nuestro tren, otra experiencia inolvidable. Al
tren le decían "peste a pata" pues dormían como 10 personas en un
cubículo de unos 6 metros cuadrados. Los pies de unos iban a las caras
de otros. Tras viaje de dos días y medios estaríamos en Leningrado,
destino de nuestros estudios.
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