2007-03-26.
Asdrúbal Caner Camejo
Supongo que, al mes de mi nacimiento en la casa de Pacito Flor, en una
noche encapotada por un torrencial aguacero de septiembre, y en las
bellas manos y bajo la mirada azul de mi abuela, Macita Mariana, mis
padres me llevaron al lugar donde vivíamos, el Central Miranda.
Quizá también, en una mañana de septiembre de 1950, mi madre, Esther
María Camejo, me llamó. Yo jugaba a los indios y vaqueros. Tenía la cara
pintorreteada de indio. Me dijo, mira Bulín, esta es tu maestra, Doña
Cármen. Ese día tomé conciencia de que existía. Ese recuerdo es como mi
tabla sumeria, el primer escrito en la memoria de ese niño que yo era.
Doña Cármen era una vieja mestiza muy seria. La cara enjuta, adornada de
unos pequeños espejuelos. El pelo canoso recogido atrás. Muy limpia y
trabajadora. Y muy exigente. Creo que en menos de un año, me pasó de
primer grado a tercero. Cuando entré en la escuela pública, me
examinaron y me pusieron en tercer grado. Tenía seis años.
En 1955, la compañía americana dueña del ingenio, le dio a mi padre, una
nueva casa, más amplia y hermosa. Le dio también una o dos hectáreas de
tierra, al lado del río. Una especie de jardín agrícola donde se
cultivaban hortalizas, yucas, plátanos, boniatos, calabazas, melones y
otros tubérculos y frutos, incluyendo una mata de grandes aguacates. En
una pequeña casita de zinc y tablas, teníamos la cochiquera. Todo
gratis. Los trabajadores no tenían que pagar electricidad, agua, casa,
hospital, escuela. Nada.
Mi padre, Pedro Caner Castellanos, hijo de catalán y mestiza cubana,
ganaba como chofer del batey, entre $160-$200 dólares mensuales. La
compañía pagaba en dólares o pesos cubanos, pues era lo mismo.
Mi padre y sus hermanos eran del Partido Ortodoxo. Admiraban a Chivás y
su lema de "¡Vergüenza contra Dinero!" Esa circunstancia, lo llevó en
1957, al apoyo de la insurrección fidelista. Mala decisión, que
pagaríamos muy caro. Mi tío Nicolás Caner, era el Coordinador del
M/26/07 en la zona. Fue mi padre uno de los chóferes que trasladó las
armas de Frank País para El Cauchal. Objetivo: abrir el II Frente Oriental.
Mi casa fue objeto de varios registros y mi hermano fue detenido varias
veces. Una vez conmigo y allí estuve con él hasta que lo soltaron. Mi
padre cayó preso, fue interrogado y se le hizo juicio junto a varias
otras personas, incluyendo a Armando Hart Dávalos, que ese mismo día
escapó del Palacio de Justicia de Santiago de Cuba, en una fuga
espectacular. Nunca lo encontraron.
Al regreso de ese juicio, donde no pudieron comprobarle nada, mi madre,
mis hermanos y yo, le esperábamos en la pequeña estación de Jagua. Se
aparecieron los militares, pero nosotros nos opusimos a que se llevaran
a mi padre. Él había sido absuelto y Punto. Yo le dije unas palabras al
Sargento y me dijo que yo era un fresco y atrevido. Mi padre me mandó a
callar. Ese día me hice un joven rebelde.
La Compañía americana le pidió a mi padre, que dejara de trabajar allí,
porque les comprometía y afectaba sus intereses. Le compraron la plaza
por $ 3,500 dólares y, en marzo de 1958, nos mudamos al Reparto Sueño de
Santiago de Cuba.
Para que no interrumpiera mis estudios, me mandaron con mi hermano
mayor, Joel Caner Camejo, de vuelta al Central. En abril, mi querido
hermano se alzó en las guerrillas del II Frente. Le decían El Morito.
Cuando me lo dijeron - tenía yo 13 años - salí corriendo y llorando por
un camino vecinal, llamando a mi hermano, para irme con él. Caminé más
de cinco kilómetros y regresé bañado en llanto y frustrado.
A las pocas semanas, el Gerente del Ingenio, Mr. Joseph, me mandó en su
auto para Santiago de Cuba. A los seis o siete meses mi tío mandó un
mensaje a mi casa: Joel estaba muy grave en las montañas, con tifus.
Regresé con mi hermana Mariana. Ella fue a las montañas a buscar a Joel
y regresó con él, casi muerto. Fue tratado con todo respeto por la
Guardia Rural y la Compañía ofreció toda la atención médica.
Cuando Joel iba al baño, había que dejar la casa: aquel era uno de los
olores más nauseabundos que se puedan recordar. Allí pasé unos dos meses
hasta que mi hermano se recuperó y regresamos a Santiago. Perdí mi año
de estudios. Lo perdimos todo en el Central. La lucha clandestina nos
hizo perder casi todo.
En julio de 2006, mi hermano Joel Caner Camejo murió en Cuba, de un
cáncer fulminante. El Gobierno cubano, no me dejó entrar al país, a
enterrar y decirle el último adiós a mi querido hermano. La Embajada
cubana en Canadá me robó $320 dólares y todavía hoy, 23 de marzo de
2007, no me han dado respuesta y mantienen retenido mi pasaporte cubano.
Así paga el Diablo.
Una razón más para seguir luchando, contra esa escoria indecente y llena
de odios contra todos los cubanos. Ahora, soy más joven rebelde que en
1958, aunque ya no soy tan joven.
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