2007-03-10.
Pedro Corzo, Escritor, Editor y Periodista
Después de conocer como viven numerosos victimarios y de los privilegios
que disfutan a pesar de sus depredaciones, he llegado a la conclusión de
que los malos duermen bien y que el crimen paga con los mejores
intereses del mercado.
En las últimas semanas hemos podido apreciar, gracias a la libertad de
prensa y el talento de algunos periodistas y productores, de los
privilegios que disfrutaron y que disfrutan, a pesar del cambio de dueño
y escenario, muchos de los muchísimos cancerberos que ha tenido el
infierno cubano.
Los hay de toda laya. Militares, de los servicios de inteligencia y
seguridad, funcionarios, profesionales de todas las ramas,
intelectuales, cortesanas, en fin, un muestrario de todos los tipos de
individuos que han servido al totalitarismo por casi cincuenta años.
Estos personajes reniegan de sus compromisos pero pocas veces repudian
su pasado. Justifican sus actos más macabros con el argumento de que
defendían un ideal, pero casi nunca tienen argumentos para sostener en
un debate las razones que le asistían para sus abusos. Admiten con una
desfachatez inaudita que conocían los más oscuros actos del sistema pero
que no podían hacer nada para cambiarlo, por lo que para sobrevivir, se
tenían que convertir en victimarios.
Salvo contadas excepciones un denominador común les identifica: están
orgullosos de los roles protagónicos que interpretaron sin detenerse a
pensar en las penas, injusticias y víctimas que sus acciones directa o
indirectamente causaron. Cuando describen sus aventuras lo hacen con
jactancia, se pavonean de sus relaciones con la cúpula del poder
castrista y se regocijan de conocer los chismes más exclusivos de sus
antiguos amos, porque en verdad eran servidores, esclavos de lujo del
olimpo antillano.
Paradójicamente estos renegados tienden a servir a los gobiernos e
instituciones que en algún momento trataron de destruir. El espíritu
mercenario que les caracteriza no pone reparo cuando les ofrecen
seguridad personal y económica, convirtiéndose en fieles devotos de
quienes fueron sus enemigos mortales. Pero lo peor no es eso, sino que
hasta ciertos sectores de la oposición en el exterior les confiere
reconocimientos y honores porque consideran que ganan preeminencia al
asociarse a quienes después de haber sido los constructores de la
destrucción de un país mutan vertiginosamente a expertos en la
reconstrucción, o en teóricos de las soluciones posible de la tragedia
de Cuba.
Pero entre esos renegados que en otros tiempos habrían tenido el rechazo
más contundente hay unos ejemplares que merecen el mayor de los
desprecios y son aquellos que justifican sus acciones pasadas
responsabilizando a las víctimas de su conducta. Estos individuos con
extremo cinismo justifican complicidades y abusos y en un vil intento
por escamotear su responsabilidad en el pasado colectivo, niegan valores
morales, razones y derechos a quienes enfrentan el proyecto que ellos
defendían.
El cinismo, la arrogancia y la prepotencia son sus atributos más
conspicuos. Son egoístas porque solo piensa en su entorno más directo.
La frustración les induce a justificar los crímenes individuales en que
participaron y obviar su complicidad en la destrucción de una sociedad,
de una economía, de un país. Desprecian a las víctimas del sistema y a
la nación en la que cometieron sus tropelías, no respetan a los que han
tenido el valor de luchar por sus convicciones ni a los infelices que
han padecido los abusos del sistema.
Por otra parte es justo puntualizar que muchos de los que han renegado
del totalitarismo han asumido sus nuevos compromisos ideológicos y
políticos con dignidad, coraje y dedicación. Demuestran estar
estrechamente asociados a su nuevo pacto social. Trabajan arduamente por
el cambio y promueven soluciones lo menos traumática posible para
nuestra tragedia. A ellos mi respeto.
El errar, equivocarse, es parte del hacer humano pero las lesiones que
derivan de esos actos no pueden quedar impunes, aunque sea en el aspecto
moral, y sí existe un mandato ético de que se debe comprender y perdonar
la falibilidad humana esa conducta no es posible si falta un
arrepentimiento que transite por la rectificación de los errores.
La prepotencia, el justificar las malas acciones nos aleja de la tan
promovida Reconciliación, si los ex verdugos siguen convencido de que
sus crímenes estaban justificados, qué se puede pensar de aquellos que
todavía siguen matando, encarcelando y reprimiendo.
Que reflexionen aquellos que solo ven en la oposición al totalitarismo,
ánimos de vendetta, porque por las evidencias a quienes más hay que
reclamarle comprensión, entendimiento y tolerancia es a los que usaron
el garrote y lo siguen esgrimiendo todavía.
Marzo 2007.
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