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Monday, March 12, 2007

La Inviabilidad del Socialismo

La Inviabilidad del Socialismo*
2007-03-10.
Ludwig von Mises

Liberpress. Se piensa con frecuencia que si el socialismo no funciona,
se debe a que nuestros contemporáneos no poseen aún las necesarias
virtudes cívicas, y que los hombres, tal como son actualmente, son
incapaces de poner en el desempeño de las tareas que el estado
socialista les asigne el mismo celo con que realizan su diario trabajo
bajo el signo de la propiedad privada de los medios de producción.

En el régimen capitalista, saben que el fruto de su trabajo personal es
suyo y que sus ingresos aumentan cuanto más producen, reduciéndose en
caso contrario. Por el contrario, en un sistema socialista el que
personalmente se gane más o menos no depende ya casi de la excelencia
del propio trabajo; en efecto, cada miembro de la sociedad tiene
teóricamente asignada una determinada cuota de la renta nacional, sin
que varíe de forma apreciable por el hecho de que se trabaje con desgana
o con ahínco. La gente piensa que la productividad socialista ha de ser
por fuerza inferior a la de la comunidad capitalista.

Así es, en efecto. pero no es éste el fondo de la cuestión. Si fuera
posible en la sociedad socialista cifrar la productividad del trabajo de
cada camarada con la misma precisión con que se puede conocer, mediante
el cálculo económico, la del trabajador en el mercado, podría hacerse
funcionar el socialismo sin que la buena o mala fe del individuo en su
actividad productiva tuviera que preocupar a nadie.

Podría entonces la comunidad socialista determinar qué cuota de la
producción total corresponde a cada trabajador y, consiguientemente,
cifrar la cuantía en que cada uno ha contribuido a ella. El que en una
sociedad colectivista no sea posible efectuar semejante cálculo es lo
único que, al final, hace que el socialismo sea inviable.


La cuenta de pérdidas y ganancias, instrumento típico del régimen
capitalista, es un claro indicativo de si, dadas las circunstancias del
momento, se debe o no seguir adelante con todas y cada una de las
operaciones en curso; en otras palabras, si se está administrando,
empresa por empresa, del modo más económico posible, es decir, si se
está consumiendo la menor cantidad posible de factores de producción.

Si un negocio arroja pérdidas, ello significa que las materias primas,
los productos semielaborados y los distintos tipos de trabajo en él
empleados deberían dedicarse a otros cometidos, en los que se produzcan
o bien mercancías distintas, que los consumidores valoran en más y
estiman más urgentes, o bien idénticos productos, pero con arreglo a un
método más económico, o sea, con menor inversión de capital y trabajo.

Por ejemplo, cuando el tejer manualmente dejó de ser rentable, ello no
indicaba sino que el capital y el trabajo invertido en las instalaciones
de tejido mecánico eran más productivos, por lo que era antieconómico
mantener instalaciones en las que una misma inversión de capital y
trabajo producía menos. En el mismo sentido, bajo el régimen
capitalista, si se trata de montar una nueva empresa, fácilmente se
puede calcular de antemano su rentabilidad.

Supongamos que se proyecta un nuevo ferrocarril; cifrado el tráfico
previsto y las tarifas que aquél puede soportar, no es difícil averiguar
si resultará o no beneficiosa la necesaria inversión de capital y
trabajo. Cuando ese cálculo nos dice que el proyectado ferrocarril no va
a producir beneficios, hay que concluir que existen otras actividades
sociales que reclaman con mayor urgencia el capital y el trabajo en
cuestión; en otras palabras, que todavía no somos lo suficientemente
ricos como para efectuar tal inversión ferroviaria.

El cálculo de valor y rentabilidad no sólo sirve para averiguar si una
determinada operación futura será o no conveniente; ilustra además
acerca de cómo funcionan, en cada instante, todas y cada una de las
divisiones de las diferentes empresas.

El cálculo económico capitalista, sin el cual resulta imposible ordenar
racionalmente la producción, se basa en cifras monetarias. El que los
precios de los bienes y servicios se expresen en términos dinerarios
permite que, pese a la heterogeneidad de aquéllos, puedan todos, al
amparo del mercado, ser manejados como unidades homogéneas. En una
sociedad socialista, donde los medios de producción son propiedad de la
colectividad y donde, consecuentemente, no existe el mercado ni hay
intercambio alguno de bienes y servicios productivos, resulta imposible
que aparezcan precios para los aludidos factores denominados de orden
superior. El sistema no puede, por tanto, planificar racionalmente, al
serle imposible recurrir a un cálculo que sólo puede practicarse
recurriendo a un cierto denominador común al que pueda reducirse la
inaprehensible heterogeneidad de los innumerables bienes y servicios
productivos disponibles.

Contemplemos un sencillo supuesto. Para construir un ferrocarril que una
el punto A con el punto B, cabe seguir diversas rutas, pues existe una
montaña que separa A de B. La línea ferroviaria podría ascender por
encima del accidente orográfico, contornear el mismo o atravesarlo
mediante un túnel. Es fácil decidir, en una sociedad capitalista, cuál
de las tres soluciones sea la procedente. Se cifra el costo de las
diferentes líneas y el importe del tráfico previsible. Conocidas tales
sumas, no es difícil deducir qué proyecto es el más rentable. Una
sociedad socialista, en cambio, no puede efectuar un calculo tan
sencillo, pues es incapaz de reducir a unidad de medida uniforme las
heterogéneas cantidades de bienes y servicios que es preciso tomar en
consideración para resolver el problema. La sociedad socialista está
desarmada ante esos problemas corrientes, de todos los días, que
cualquier administración económica suscita. Al final, no podría ni
siquiera llevar sus propias cuentas.

El capitalismo ha aumentado la producción de forma tan impresionante que
ha conseguido dotar de medios de vida a una población como nunca se
había conocido; pero, nótese bien, ello se consiguió a base de implantar
sistemas productivos de una dilación temporal cada vez mayor, lo cual
sólo es posible al amparo del calculo económico. Y el cálculo económico
es, precisamente, lo que no puede practicar el orden socialista. Los
teóricos del socialismo han querido, infructuosamente, hallar fórmulas
para regular económicamente su sistema, prescindiendo del cálculo
monetario y de los precios. Pero en tal intento han fracasado
lamentablemente.

Los dirigentes de la ideal sociedad socialista tendrían que enfrentarse
a un problema imposible de resolver, pues no podrían decidir, entre los
innumerables procedimientos admisibles, cuál sería el más racional. El
consiguiente caos económico acabaría, de modo rápido e inevitable, en un
universal empobrecimiento, volviéndose a aquellas primitivas situaciones
que, por desgracia, ya conocieron nuestros antepasados.

El ideal socialista, llevado a su conclusión lógica, desemboca en un
orden social bajo el cual el pueblo, en su conjunto, sería propietario
de la totalidad de los factores productivos existentes. La producción
estaría, pues, enteramente en manos del gobierno, único centro de poder
social.

La administración, por sí y ante sí, habría de determinar qué y cómo
debe producirse y de qué modo conviene distribuir los distintos
artículos de consumo. Poco importa que este imaginario estado socialista
del futuro nos lo representemos bajo forma política democrática o
cualquier otra.

Porque aun una imaginaria democracia socialista tendría que ser
forzosamente un estado burocrático centralizado en el que todos (aparte
de los máximos cargos políticos) habrían de aceptar dócilmente los
mandatos de la autoridad suprema, independientemente de que, como
votantes, hubieran, en cierto modo, designado al gobernante.

Las empresas estatales, por grandes que sean, es decir, las que a lo
largo de las últimas décadas hemos visto aparecer en Europa,
particularmente en Alemania y Rusia, no tropiezan con el problema
socialista al que aludimos, pues todavía operan en un entorno de
propiedad privada. En efecto, comercian con sociedades creadas y
administradas por capitalistas, recibiendo de estas indicaciones y
estímulos que su propia actuación ordenan.

Los ferrocarriles públicos, por ejemplo, tienen suministradores que les
procuran locomotoras, coches, instalaciones de señalización y equipos,
mecanismos todos ellos que han demostrado su utilidad en empresas de
propiedad privada. Los ferrocarriles públicos, por tanto, procuran estar
siempre al día tanto en la tecnología como en los métodos de administración.

Es bien sabido que las empresas nacionalizadas y municipalizadas suelen
fracasar; son caras e ineficientes y, para que no quiebren, es preciso
financiarlas mediante subsidios que paga el contribuyente.
Desde luego, cuando una empresa pública ocupa una posición monopolista
—como normalmente es el caso de los transportes urbanos y las plantas de
energía eléctrica— su pobre eficiencia puede enmascararse, resultando
entonces menos visible el fallo financiero que suponen.

En tales casos, es posible que dichas entidades, haciendo uso de la
posibilidad monopolista, amparada por la administración, eleven los
precios y resulten aparentemente rentables, no obstante su desafortunada
gerencia. En tales supuestos, aparece de modo distinto la baja
productividad del socialismo, por lo que resulta un poco más difícil
advertirla. Pero, en el fondo, todo es lo mismo.


Ninguna de las mencionadas experiencias socializantes sirve para
advertir cuáles serían las consecuencias de la real plasmación del ideal
socialista, o sea, la efectiva propiedad colectiva de todos los medios
de producción.

En la futura sociedad socialista omnicomprensiva, donde no habrá
entidades privadas operando libremente al lado de las estatales, el
correspondiente consejo planificador carecerá de esa guía que, para la
economía entera, procuran el mercado y los precios mercantiles. En el
mercado, donde todos los bienes y servicios son objeto de transacción,
cabe establecer, en términos monetarios, razones de intercambio para
todo cuando es objeto de compraventa.

Resulta así posible, bajo un orden social basado en la propiedad
privada, recurrir al cálculo económico para averiguar el resultado
positivo o negativo de la actividad económica de que se trate. En tales
supuestos, se puede enjuiciar la utilidad social de cualquier
transacción a través del correspondiente sistema contable y de
imputación de costos. Más adelante veremos por qué las empresas públicas
no pueden servirse de la contabilización en el mismo grado en que la
aprovechan las empresas privadas.

El cálculo monetario, no obstante, mientras subsista, ilustra incluso a
las empresas estatales y municipales, permitiéndoles conocer el éxito o
el fracaso de su gestión. Esto, en cambio, sería impensable en una
economía enteramente socialista no podrían jamás reducir a común
denominador los costos de producción de la heterogénea multitud de
mercancías cuya fabricación programaran.


Esta dificultad no puede resolverse a base de contabilizar ingresos en
especie contra gastos en especie, pues no es posible calcular más que
reduciendo a común denominador horas de trabajo de diversas clases,
hierro, carbón, materiales de construcción de todo tipo, máquinas y
restantes bienes empleados en la producción.

Sólo es posible el cálculo cuando se puede expresar en términos
monetarios los múltiples factores productivos empleados. Naturalmente,
el cálculo monetario tiene sus fallos y deficiencias; lo que sucede es
que no sabemos con qué sustituirlo. En la práctica, el sistema funciona
siempre y cuando el gobierno no manipule el valor del signo monetario;
y, sin cálculo, no es posible la computación económica.

He aquí por qué el orden socialista resulta inviable; en efecto, tiene
que renunciar a esa intelectual división del trabajo que mediante la
cooperación de empresarios, capitalistas y trabajadores, tanto en su
calidad de productores como de consumidores, permite la aparición de
precios para cuantos bienes son objeto de contratación. Sin tal
mecanismo, es decir, sin cálculo, la racionalidad económica se evapora y
desaparece.

Texto de Ludwig von Mises publicado en Viena en 1927, en su obra
"Liberalismo"

De la serie "Los Especiales de LiberPress", post en:
http://especialesliberpress.blogspot.com/2007/02/la-inviabilidad-del-socialismo-ludwig.html

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