martes 15 de abril de 2008 13:16:50
Jorge Ferrer
Celulares en Cuba
La quintaesencia del socialismo soviético fue la cola.
La quintaesencia del neocastrismo es la cola pequeña. La colita. Como
las que se vieron ayer ante los puntos de venta de ETECSA.
«¡Un celular cuesta lo que significa el salario de un año! ¡Nadie los
podrá comprar!», gritaban entusiastas anticastristas.
Los anticastristas no entusiastas sabemos que reunir 100 CUC no es lo
mismo que reunir 25.000 dólares. Bueno, eso lo sabe cualquiera.
Ya hay, pues, «colitas» para beneficiarse de los «cambios». Y hay, no es
lo que más alivia, pero sí lo que más alienta, la conciencia de que
cambiar Cuba exige reconocer la desigualdad. Alienta, porque promueve la
competitividad y dispara esos resortes que Castro I llama animales,
primitivos.
Es ahí donde se va a dirimir la Revolución nueva. Exactamente, donde
mismo incidía la revolución del 59 y su discurso patriotero. ¿Qué hacer
con la desigualdad?
La del 59 proclamó que acababa con ella. Y hay que reconocerle su
vocación igualitaria. Miseria compartida, porque prosperidad proscrita y
perseguida. Perseguida a muerte o a cárcel o a destierro.
Ahora llegó la era de las «colitas». Que si miles de reproductores de
dvd vendidos en pocos días, que si miles de celulares legalizados, que
si las ollas arroceras y las motocicletas eléctricas, y los qué más, que
levanto el colchón y saco la astilla.
Conviene, por cierto, conjurar un error muy común, que es el de creer
que el dinero de color CUC se queda en las manos de unos pocos, y son
ellos los únicos que mantienen comunicación comercial con el Estado y
sus tiendas de recaudación.
Una economía como la cubana, en la que ese mismo Estado es incapaz de
proveer a la población de numerosos servicios, se ocupa ella sola de
repartir el dinero. De manera que llega, no a todos, ciertamente, pero
sí a muchos más que a los receptores directos. Hay CUCs por todas partes.
Ahora, se da la paradoja de que a medida que el gobierno cubano comience
a vender lo que antes vendían particulares y a ofrecer él mismo
servicios que ahora proveen personas con nombre y apellidos,
paulatinamente, el dinero podría comenzar a circular menos. A quedarse
entre el Estado y unos pocos con suerte. El nuevo orden de la economía
mostrará y potenciará el desorden social.
De ahí otra desternillante paradoja que nos espera: sin haber salido del
socialismo autoritario habrá cubanos que lo pidan a voces, por razón tan
pueril como que el vecino tiene un celular.
No será la primera vez que un Castro se apoye en la envidia para
gobernar la República de Cuba.
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