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Tuesday, April 15, 2008

Fidel Castro es un bastardo

Mundo
12/04/2008
Fidel Castro es un bastardo

No soy ni ofensivo ni bromista. Cuando nació Castro, en los años veinte,
ser bastardo en Cuba quería decir ser un paria social de por vida. Sin
ninguna esperanza, aquellos que nacieren naturales eran registrados en
el Registro Civil como SOA, sin otro apellido. Contrario a la usanza
española, los bastardos no tenían derecho a tener dos apellidos.

Ser bastardo en Cuba era ser descastado. Consideren ahora, por favor,
las implicaciones del caso Castro. Su madre y la madre legítima de sus
hermanos y hermanas compartían la misma casa. La situación se volvía
psicológicamente compleja cuando la madre, la feroz Lina Ruz, era la
criada de la madrastra. La trama era un drama –rural porque vivían en el
campo–. El sitiero o el sitio se hizo pedazos cuando Castro, un muchacho
llamado Fidel por un mercante local, creció y se hizo hombre.

Recuerdo una noche en la oficina del director del periódico Revolución,
que era el vocero de Castro, y éste entró echando humo (entonces el
Máximo Líder fumaba) para gritar ya desde la puerta: "¡Franqui, quiero
que en tu primera plana llames a ese hermano mío bastardo!". Ramón
Castro, ése era su hermano, había declarado que la reforma agraria era
injusta. (Ramón, que era el hermano mayor, había heredado la finca de su
padre, el jefe del clan Castro). Sus declaraciones habían sido primera
plana del periódico de la noche cuyo nombre era anatema para Castro.
Cuando Castro llamó bastardo a su hermano, nos miramos asombrados.
¿Quién se creía que era? ¿El hermano bastardo de su hermano que no era
bastardo? Raúl, hermano menor, no era bastardo. Pero los hermanos Castro
se convirtieron en una dinastía. Ramón, perdonado por Fidel (familia
obliga), corre con una granja llamada Cuba. La mujer de Raúl es una
suerte de cuñada Macbeth, y Raúl, por su parte, está obligado a ser Mr.
Hyde para el Dr. Jekyll Castro. Pero ahora, viendo a Castro firmar un
documento que prometía la democracia, la libertad y la defensa de los
derechos humanos, yo sabía que su pluma estaba cargada con tinta
invisible. No se le podría llamar, técnicamente, tinta simpática porque
es, siempre ha sido para él, tinta antipática. Este hombre nunca ha
creído en elecciones ni en libertades que él llama, al uso comunista,
burguesas, ni respeta los derechos humanos porque cree que sólo debe
haber un hombre libre en Cuba: él mismo.

Castro, el que se preciaba de cruzar cualquier salón político con tres
zancadas militares, ahora subía las escaleras vacilante y atravesó toda
la conferencia a pasos cortos, sus pasos largos acortados por la edad y
el peso de un terco terno hecho en Holanda. El traje estaba hecho a su
medida, pero las mangas le quedaban largas. Exactamente como su
presencia en Chile. Al final firmó un documento que hablaba de
democracia, libertad y derechos humanos: todo lo que ha estado ausente
de Cuba durante el largo de su demasiado largo mandato. Las mangas nunca
mienten y dan la verdadera medida de su dueño.

Lo que Castro nunca ha entendido son los límites del poder. Habrá podido
enviar guerrillas a Venezuela, Colombia y Argentina con idénticos
resultados desastrosos y envió a su supuesto álter ego, Che Guevara, a
la muerte en Bolivia, y ha enviado ejércitos a Angola, el Congo y,
asombroso, Etiopía, porque en definitiva las decisiones han sido suyas,
ya que gobierna solo. No hay nadie en Cuba capaz de oponerse a sus
decisiones personales, y aun los que lo han hecho de manera renuente han
corrido la suerte peor que la muerte de un juicio abyecto, y en el caso
de su general y héroe de la revolución, Arnaldo Ochoa, los dos destinos.
Pero el poder unipersonal siempre corre el riesgo de terminar cuando
termina la persona que lo detenta. Aunque Raúl Castro ha sido siempre el
Mr. Hyde del Dr. Jekyll de Castro, nunca podrá gobernar solo en Cuba y
siempre será, delfín o infante, un heredero dudoso. Para terminar con el
poder de Castro habrá que terminar con Castro. No importa si su fin es
vertical o será horizontal, la posición definitiva de Ceausescu. En todo
caso, la nación, la república, la isla tardará mucho tiempo en
recobrarse, en volver a ser ella misma como siempre lo quisieron Martí y
Maceo, los protagonistas del aparente fracaso de la lucha contra el
poder colonial español. Pero Cuba, la llamada "isla de corcho", flotará,
y una vez más la geografía determinará la historia.

Contrariamente a lo que se dice y a veces se piensa, las últimas fintas
de Fidel Castro no cambiarán una jota el desesperado presente cubano ni
alterarán el inevitable futuro de la isla. Las apariciones de Castro son
el adiós de un actor que se despide.
Castro es ahora gallego, cuando su desastrosa aventura de Angola fue
afrocubano; hace poco, para refutar a Colón, reclamó antepasados indios,
y, por supuesto, cuando era íntimo de Olof Palme se hizo el sueco. Pocos
políticos ha habido en el siglo más oportunistas, y decir que es un
camaleón es insultar a los camaleones por tener los colores fijos. Hay
una interpretación borgiana tal vez menos conocida, pero más justa:
Castro es un hombre de sucesivas y opuestas lealtades.

Con La Habana en ruinas, con la economía cubana hecha trizas, con la
isla demolida, ¿qué sostenia a Castro en el poder? Físicamente, la
permanente policía política; personalmente, el orgullo desmedido, pero
también la conducta de un criminal que sabe que la revelación de la
escena del crimen le será aún más onerosa que la permanencia. Hitler,
con la guerra perdida, lanzó sus últimas campañas suicidas para evitar
que, con su derrota, se revelaran todos los crímenes del nazismo, como
sucedió al terminar el conflicto. Castro no hace menos, y las
revelaciones de lo que ha ocultado su largo gobierno servirán para hacer
conocer al mundo, con la vergüenza de los que lo han apoyado hasta el
amargo final, el horror de su régimen.

© Guillermo Cabrera Infante

http://bolsonweb.com.ar/diariobolson/detalle.php?id_noticia=14041

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