2007/03/17 22:16 por Miguel Saludes.
El mes de febrero de 1996 anunciaba un gran evento para la oposición
interna en Cuba. Concilio Cubano, una propuesta unificadora de las
diferentes corrientes de la disidencia habían concertado una gran
reunión tomando como fecha el 24 de dicho mes, día en que se conmemora
el inicio de la que Martí denominó "Guerra Necesaria". Todas las
expectativas del exilio, una gran parte de la población en la Isla y
muchos medios internacionales estaban puestas en el evento convocado por
Leonel Morejón Almagro con el apoyo de la mayoría de los líderes opositores.
El viernes 23 de febrero noté una presencia extraña en las afueras de mi
casa. No tuve duda de quienes se trataban. El responsable de la
Seguridad del Estado en Habana del Este, acompañado por los factores
políticos de Cojímar, venía para disuadirme de hacer cualquier salida a
la mañana siguiente. Los motivos eran claros, no iban a permitir la
realización de Concilio. Desde horas antes estaban siendo advertidos los
organizadores y miembros de grupos en todo el país. A las cinco de la
madrugada me sorprendió un toque fuerte en la puerta. En el umbral se
encontraba el mismo oficial para conducirme detenido hasta la unidad de
policía local. Allí estaban otros disidentes de la zona. Poco después
del mediodía fuimos liberados con la condición de permanecer en nuestros
hogares. Frente a los mismos fueron apostadas varias personas para
vigilar nuestros movimientos mientras cada cierto tiempo se producía la
ronda de un auto patrullero y otros vehículos estatales. El estruendo de
dos aviones de combate sobrevolando el pueblo habanero fue un
presentimiento de que algo trágico se avecinaba. No transcurrieron
muchas horas para saber lo acontecido. Dos avionetas de Hermanos al
Rescate habían sido derribadas por la fuerza aérea cubana y se esperaba
la respuesta del gobierno de Estados Unidos. Esta no se hizo esperar a
través de la firma de la Ley Helms Burton por el entonces presidente
Bill Clinton.
Escuchando la intervención de Antonio Rodríguez Menier en el programa A
Mano Limpia [Canal 41, Miami] el pasado 28 de febrero, recordaba una vez
más aquel, triste suceso. La cuestión de si los pilotos violaron o no el
espacio aéreo de la Isla queda al margen del crimen cometido. No había
necesidad de derribar los débiles aparatos. Pero lo que es más
importante aún se esconde detrás de aquel hecho, que de haber seguido el
curso que analizamos a los días siguientes del derribo, hubiera
propiciado uno de los mayores crímenes políticos en la historia cubana.
Cuando el espía Pablo Roque fue presentado ante la televisión nacional
como agente al servicio de la Seguridad del Estado se exhibieron varios
documentos que probaban los presuntos planes de Hermanos al Rescate. Nos
preguntamos entonces como era posible que después de pulverizar las dos
avionetas, fueran salvados del fuego y el agua aquellos legajos en tan
buen estado. La otra cuestión era el por qué Pablo Roque llegaba a Cuba
un día antes del vuelo fatal. Conclusiones hechas por los que vivimos
aquellas horas amargas dentro del país, coincidían en señalar que si
todas las avionetas hubieran sido derribadas, como se suponía ocurriera,
Roque no saldría a la palestra asumiendo el rol de sobreviviente
capturado in situ para declarar ante las cámaras la misión terrorista
que les había llevado a esta acción.
¿Bombardeo? ¿Acto desesperado en apoyo de los mercenarios internos?
Nunca lo sabremos. La orden de disparar, aparentemente descabellada,
tenía varias variantes a su favor. Con ella sacaban de paso a toda la
oposición interna vinculándola a un acto terrorista y desvirtuando su
rostro pacífico ante la opinión pública internacional. El mayor
inconveniente consistía en la respuesta que pudiera dar el gobierno
estadounidense.
La carta era difícil pero no impredecible. Según cuentan, en la Casa
Blanca se barajó desde una declaración de guerra hasta el ataque a los
aeropuertos militares en el territorio cubano. Entre ellas apareció la
tercera variante con la firma de una Ley que nadie acababa de rubricar.
Y fue precisamente esta la que decidió el mandatario norteamericano,
algo que no podía ser sorprendente teniendo en cuenta que era de los
males el menor. Si la decisión recaía sobre alguna de las otras dos,
entonces se produciría un choque armado de difícil pronóstico pero
siempre con una ventaja para el gobierno de La Habana, basada en su
posición de país pequeño, agredido por una superpotencia, con pruebas de
un acto de terror en su contra y para rematar la presencia de un enemigo
capturado que daría fe de las acusaciones. No dudamos entonces que de
abrirse la vía de la fuerza, las cabezas de todos los disidentes
hubieran rodado aquella jornada de 1996. Para eso estábamos bien
localizados en nuestras casas, estaciones de policía o previamente
encarcelados. Todos éramos rehenes.
Desgraciadamente cuatro jóvenes cubanos perdieron sus vidas aquella
mañana de febrero. Las consecuencias de la barbarie hubieran sido mucho
mayores en caso de no cumplirse lo planificado por los estrategas de la
inteligencia cubana. En definitiva la firma de la Ley Helms-Burton era
algo que Fidel Castro estaba pidiendo a gritos sordos y lo que menos le
convenía entonces era el acercamiento a Estados Unidos. El enemigo
fuerte siempre es vital a los dictadores. Si no ¿de qué van a vivir? Lo
que menos les importa es la cuenta de vidas que aparezca en el registro
de sus actos. Aquel día bastaron cuatro.
http://democraciaparticipativa.net/mambo/component/option,com_simpleboard/func,view/id,1439/catid,4/
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