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Wednesday, March 07, 2007

El león de Oriente

Religión
«El león de Oriente»

Cuba dijo 'gracias' a Pedro Meurice con una atronadora ovación en la
Catedral de Santiago. El sacerdote José Conrado retrata al ahora
arzobispo emérito.

José Conrado, Santiago de Cuba

miércoles 7 de marzo de 2007 6:00:00

Conocí a monseñor Meurice hace muchos, muchos años. Yo era un
adolescente de 10 años y él había ido al pueblo a casar a una de sus
innumerables primas. Estaba sentado en el alfeizar de la ventana, en la
oficina del párroco, mientras balanceaba las piernas y conversaba, no sé
con quien, quizá con el padre Barbarin, mi viejo y querido párroco, o
quizá con algunos de sus familiares, reunidos para la boda.

No me atreví a acercarme. Él era el otro cura del pueblo. Digo el otro,
porque ya en esa fecha yo había comenzado a querer ser cura. Meurice era
una referencia muy concreta. Con su sotana beige (me imagino para que
aguantara mejor los posibles percances del polvo y la suciedad…) y su
corpulencia incipiente, parecía una versión más joven del viejo
arzobispo, monseñor Pérez Serantes, a quien ya había conocido en sus
visitas pastorales a San Luis.

Un año después yo había decidido mi vocación. Y muy decidido fui a ver a
monseñor Pérez Serantes. Mi abuelita me acompañó. Le expuso al viejo
arzobispo mi deseo de ser sacerdote. Me miró con cariño. Me tomó en
serio desde el primer momento. Y así se lo dijo a mi abuela. Pero
añadió: "antes debe ver al padre Meurice". Meurice era el promotor de
las vocaciones en la diócesis, era el secretario del arzobispo, su mano
derecha, su factótum. Él daría el visto bueno final para que yo entrara
al seminario.

Mi párroco aprovechó el viaje a San Luis para no sé que reunión del
padre Meurice. Al finalizar la reunión, ambos hablaron. Parece que mi
párroco fue muy favorable para mi entrada al seminario. Meurice no tuvo
que hablar mucho conmigo: me hizo algunas preguntas y me dijo que ya
estaba admitido. Que podía entrar al seminario.

Y así fue, lo que un año después. Comencé mis estudios en San Basilio,
el "alma mater" de monseñor Meurice en septiembre de 1964. Allá iba él,
de vez en vez, acompañando al arzobispo. Monseñor Enrique (Pérez
Serantes) le decía en cuanto me veía, "mira, ahí está el gordito de San
Luis". Y soltando el brazo de su secretario, en mi brazo apoyaba su
manaza cuando tenía que caminar.

'Ve y no les tengas miedo'

Monseñor Enrique era una leyenda viviente. Llevaba el signo de su
grandeza en su espíritu y en su enorme cuerpo. En su corazón, lleno de
amor y de bondad. Desde entonces estos dos hombres vinieron a ser
inseparables en mi percepción, en mi memoria. En mi profundo aprecio.

Luego vino la elección de Meurice como obispo auxiliar. Mi abuela
paterna había muerto el 23 de febrero y yo no pude ir a los ensayos de
la "liturgia consecratoria". Por lo tanto, participé en la ceremonia
desde un rincón del presbiterio del Santuario, allá en El Cobre. Nunca
había visto llorar a nadie como lloró aquel día monseñor Meurice.

Hay momentos de la ceremonia que vuelven a mi imaginación, quizá
distorsionados por el paso del tiempo: "apenas si soy un muchacho, que
no sé hablar", de la lectura de Jeremías… "ve y no les tengas miedo,
porque si no yo te meteré miedo de ellos". Los cantos resuenan en mis
oídos: "Marana tha: Ven Señor Jesús".

Aquel júbilo de pueblo, que cantaba atronadoramente, el humo del
incienso llenando el santuario. Y las palabras del padre Pastor, párroco
de Guantánamo y amigo muy querido de monseñor Meurice… y las palabras de
monseñor Pérez Serantes: "ahora puedes dejar, oh Señor, a tu siervo
marchar en la paz…".

Dios lo marca a uno en ciertos momentos de la vida en los que uno
percibe la presencia de Dios, que teje su historia de Amor y Salvación a
favor de los pueblos, siempre llamando a hombres de carne y hueso, para
que lo ayuden a hacer esa historia, a construir su Reino.

En aquel momento, viendo llorar en silencio, con la majestad de una
reina y la sencillez de una sierva, a doña Sisa, yo aprendí muchas
cosas: las historias escondidas de los humildes, que siembran entre
lágrimas para un día, inesperadamente, cosechar entre cantares. Cuánto
amor y cuánta paz transpiraba aquella madre que, como María, acompañaba
a su hijo en una subida, para ojos menos sabios, subida de gloria, para
ojos acostumbrados a las cosas de Dios, siempre subida al calvario, el
único trono desde el que Dios ha querido reinar…

A los pocos días hubo una fiesta en el salón de actos de la parroquia de
Vista Alegre, en la que el nuevo obispo era párroco desde hacía varios
años. "Dice un refrán que no hay hombre grande que lo sea para su ayuda
de cámara —dijo Meurice—, pero eso no se cumple con monseñor Pérez
Serantes… ha sido y es el hombre más grande que yo he conocido, y digo
esto después de ser tantos años su secretario, su ayuda de cámara". No
olvidaré el temblor en la voz cuando se refirió a su madre. Había un
vínculo profundo entre aquellos tres seres: madre e hijo, sacerdote y su
obispo.

Sacrificio por Cuba

Muchos años después supe los entresijos de aquellos acontecimientos.
Monseñor Zachi, el encargado de Negocios del Vaticano, le comunicó de
parte del Santo Padre que había sido elegido como obispo auxiliar del
arzobispo de Santiago de Cuba. Meurice se negó de plano.

Zachi necesitó de todo su poder persuasivo para convencer al joven
sacerdote, hasta que le presentó el último argumento: "Si yo, sin ser
cubano, he renunciado a una carrera en el cuerpo diplomático del
Vaticano, para quedarme como un oscuro encargado de Negocios en esta
isla, por amor a esta Iglesia y a este pueblo, ¿cómo usted, que es
cubano e hijo de esta iglesia, se va a negar a sacrificarse por su
gente?". Meurice aceptó.

Un año después le tocó la difícil sustitución de monseñor Pérez
Serantes, que era una enorme bola de alegría, que transpiraba confianza
en sí mismo y tenía una enorme voluntad y capacidad de contacto directo
con la gente. Su espontaneidad y sentido del humor le ganaban el corazón
del pueblo. Meurice era diferente. Al igual que Benedicto XVI, que no ha
pretendido llenar el enorme vacío del papa Woytila, él supo caminar a su
paso y con su estilo propio. Yo estoy seguro de que monseñor Enrique,
desde el cielo, debe estar orgulloso y contento de su discípulo y sucesor.

A lo largo de todos estos años (mis 12 años de seminarista y 31 de
cura), logramos tejer una amistad, marcada por mi parte por un profundo
respeto hacia este hombre adusto y tímido, al que no se le llega muy
fácil. Una coraza protectora hace difícil llegar a su corazón. Así lo
educaron en el seminario, así llegó a ser, como él mismo dice, por su
oficio de secretario… "el que guarda los secretos". Entre los amigos
sacerdotes le llamamos el búho, porque puede oír y mirar sin dejar
traslucir un sentimiento, una desaprobación o aprobación… pero escuchar,
escuchar, ese difícil oficio de hacer silencio para que el otro sea.

Monseñor Meurice no es hombre de decisiones rápidas. Piensa y repiensa
las cosas. Es más hombre de pensamiento que hombre de acción. A lo largo
de estos años su pastoreo se ha caracterizado por dar mucha libertad a
cada sacerdote o agente pastoral (a veces uno podría dudar si está
haciendo las cosas bien. El arzobispo no felicita, ni casi aconseja, a
no ser que uno le pregunte directamente).

Fiel a su conciencia

Hace unos días, el secretario del consejo pastoral, un religioso muy
competente, coordinador de las reuniones pastorales de la diócesis, en
la despedida de las comisiones al arzobispo, dio este testimonio: A lo
largo de tantos años de trabajo, comprobó que cuando no tuvo en cuenta
las advertencias o consejos del obispo, falló. Sin embargo, el obispo
nunca le echó en cara que se hubiera "destarrado" por no haberle hecho caso.

Cuando yo, obedeciendo a mi conciencia y ante el sufrimiento de mi
gente, me lancé por el espinoso camino de la denuncia profética, tuve
oportunidad de comprobar lo dicho por el coordinador de pastoral. En
muchas ocasiones discutimos, incluso hasta acalorarnos. El arzobispo no
siempre estuvo de acuerdo con mis pronunciamientos o mis acciones.

Recuerdo en una ocasión en que, incluso, llegó a advertirme de que me
desautorizaría públicamente ante mis comunidades de entonces, si yo
tocaba ciertos puntos en mis homilías. Le respondí: "Jamás tendrá usted
que llegar tan lejos, basta que usted me lo pida y yo obedeceré. Pero
sepa que si antes actué como lo hice fue en obediencia a mi conciencia y
por cumplir con mi obligación de pastor". Monseñor se echó a llorar y me
abrazó llorando. Me dijo que él también había tenido que callar en más
de una ocasión, aun sin querer, porque también era hijo de la obediencia.

En más de una ocasión esto fue motivo de conversación (y discrepancia)
entre nosotros. Yo le decía que él tenía un sentido militar de la
obediencia, pero que para nosotros, los cristianos, la obediencia pasaba
por el ejercicio de la responsabilidad personal, de la fidelidad a la
voz de la conciencia. "Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres",
le decía. En medio de mi difícil pastoreo en Palma Soriano y
Contramaestre, llegué a sentir una enorme preocupación de si estaba
cumpliendo la voluntad de Dios o sencillamente estaba reaccionando
visceralmente ante la injusticia. Y bien sé que la ira del hombre no
edifica el Reino de Dios.

Por aquellos días vino el obispo Rivera y Damas, auxiliar y amigo de
monseñor Romero, el santo obispo salvadoreño, mártir por su fidelidad a
Dios y al pueblo. Nos vimos en La Habana y le pedí hablar en privado. Le
conté mi caso y mis cosas, y él, con mucha paz, me dijo: "Romero pasó
por esas mismas inquietudes que usted. Pero él llegó a tener claro que
aunque algunos, incluso dentro de la misma Iglesia, no lo apoyaran, o
incluso lo criticaran, él debía ser fiel a su conciencia. Cuando él
rezaba y meditaba las cosas ante Dios, y las conversaba con gente de
Dios, si veía claro la voluntad de Dios, hacía lo que su corazón
iluminado por la fe y la Palabra, le decía".

A pesar de nuestras divergencias ocasionales, sentí siempre el apoyo de
monseñor Meurice. Y es que en el fondo, él respeta profundamente la
libertad y la responsabilidad de la gente, sobre todo cuando sabe que
brota de fuente limpia y de la voluntad de ser fieles al Evangelio. Él
superaba sus conceptos "militares" de obediencia, porque él mismo es
profundamente obediente a la Palabra de Dios.

La ida y la vuelta

Cuando las cosas en Palma Soriano y Contramaestre se pusieron bien
difíciles a raíz de mi Carta Abierta a Fidel Castro y por las denuncias
a las constantes violaciones a los derechos humanos que ocurrían en
aquella deprimida región de nuestra empobrecida provincia, monseñor tomó
la decisión de mandarme a estudiar fuera.

Para mí fue muy duro dejar a mis queridas comunidades, en las que tanto
había trabajado. Y más duro aún, porque hacía pocos meses habían llegado
a mis parroquias las hermanas de la Caridad de la Madre Joaquina de
Vedruna, después de mucho luchar para tener esas monjas, con las cuales
hice un empate inmediato y muy profundo. Pero comprendí. Y finalmente
acepté.

Salí para mi "destierro dorado" en Salamanca (España), en septiembre de
1996. En la última de una serie de "conversas" con el obispo sobre si
debía salir a estudiar y qué debía estudiar, Meurice me dijo, ya al
punto de perder su proverbial paciencia: "José Conrado, te tienes que
ir. Si quieres, estudia 'corte y costura' o lo que te dé la gana, pero
te tienes que ir". Después de eso, por supuesto, no hubo mucho más que
discutir. Salí por dos años a estudiar Periodismo y terminar la
Licenciatura en Teología en la Universidad de Salamanca.

Dios me concedió poder volver a Cuba para la visita del papa Juan Pablo
II. En el mes de octubre de 1997 había esperado a monseñor Meurice en
Miami, a donde él viajó para visitar a su familia. Mis clases habían
comenzado en Salamanca, pero perdí los primeros días con tal de
conversar con mi obispo. Nos encontramos en casa de María Cristina
Herrera, una querida amiga común. Por más de una hora conversamos… por
decirlo de alguna forma. Porque si él dijo cuatro frases, dijo mucho.

Le expuse mi pensamiento: "sería una vergüenza que el Papa venga a Cuba
y nadie le diga la realidad de lo que el pueblo está sufriendo". Le dije
que "a mi entender, si él, Meurice, no hablaba, nadie se atrevería a
hacerlo". Que como primado de la Iglesia era a él a quien correspondía.
Y que yo pensaba que eso era lo que hubiera hecho Pérez Serantes.

Terminé diciéndole: "Yo espero que el León del Oriente ruja". En aquel
largo monólogo se le llenaron los ojos de lágrimas en más de una
ocasión. Me miraba fijamente, entrecerrando los ojos o abriéndolos,
según el curso de la conversación. Oyó, sin decir una palabra, mi larga
perorata.

Y el león rugió

Llegué a Santiago de Cuba dos semanas antes que el Papa, justo el sábado
10 de enero de 1998, en el primer vuelo de Cubana de Aviación, que
aterrizaba a las siete de la mañana. Me pasé la mañana hablando con mis
padres y al mediodía fui a almorzar con mi obispo. Estaba solo, pues
todos los curas estaban enfrascados en los preparativos de la inminente
visita del Papa. Cuando terminamos el almuerzo y el arzobispo ya iba
camino de su acostumbrada siesta, se viró a mí y mirándome a los ojos me
dijo: "muchacho, el león es un ratón, pero va a rugir de todas maneras".

Y el león rugió. Y de qué manera. Pienso que el gobierno nunca entendió
las palabras del arzobispo. O más bien, quiso malentenderlas. Son un
cúmulo tal de verdades, dichas en tan pocas palabras y con tal
precisión, que darían pie para escribir toda una enciclopedia sobre la
realidad cubana. Las trece ovaciones del pueblo a aquellas dos densas
paginitas fueron la mejor comprobación de que el obispo fue certero en
lo que dijo, y que la gente se vio retratada en las palabras de su
Pastor. Y el pueblo jamás olvida al que se sacrifica por él.

En cualquier lugar de Cuba, en cualquier celebración religiosa de
cualquiera de las diócesis cubanas, cuando se menciona el nombre de
Pedro Meurice, o cuando él está presente, la ovación no falta. Así fue
cuando el nuncio, hace apenas una semana, habló de él en la Catedral
santiaguera, en su despedida como arzobispo y recepción del nuevo
arzobispo, monseñor Dionisio García Ibáñez.

En Cuba la gente no habla, o porque no puede hablar o porque no quiere
buscarse problemas. Pero cuando alguien dice lo que el pueblo piensa y
siente, aunque no se atreva a decir, la gente lo apoya con su aplauso. Y
no son los aplausos prefabricados del "compromiso", hijos del temor. Son
aplausos salidos del corazón, aplausos de liberación y de esperanza.

Las palabras de Meurice en la Plaza Antonio Maceo, ante el Papa y ante
la Virgen de la Caridad, que sería coronada por el Santo Padre poco
después, ante el pueblo cubano y ante el mundo, son la coronación de su
largo pontificado santiaguero. Fue como el acto supremo del profeta que
debe defender la verdad, del sacerdote que ofrece a Dios el culto,
amasando el trigo de su pan y el vino de su cáliz, con el dolor de su
gente, con sus sueños y su vida. Del Pastor que defiende las ovejas, al
tiempo que da su vida por ellas, arriesgándose por su rebaño.

Pedro Meurice está convencido de que nunca ha estado a la altura de la
responsabilidad que Dios le impuso cuando lo llamó a ser arzobispo de
Santiago y primado de la Iglesia en Cuba. Creo que por eso le
avergüenzan los aplausos y le molestan las alabanzas. En el fondo, él
piensa que los primeros sólo deben dárseles a Dios y las segundas no son
justas. Hay en él algo así como el complejo de Lord Jim, el personaje de
Joseph Conrad. Tiene una aguda percepción de sus limitaciones y
carencias, y un elevadísimo sentido de la responsabilidad. En cierta
manera, es el antilíder por antonomasia.

Un símbolo para la nación

En Cuba, donde la presencia del "líder máximo" lo llena todo, este
hombre sin ambiciones, a quien molestan los aplausos, que por vocación
tiende a esconderse, sin una gota de ese afán de protagonismo tan típico
de los cubanos (¿o habría que decir de los humanos?), es "alguien
diferente". Y es esto lo que lo hace diferente, lo que lo ha convertido
en un símbolo para la nación. Es el líder que deja ser a los demás,
porque no tiene afán de mandar, sino de servir.

La imagen que más me conmueve de mi amado arzobispo es la de ese hombre
que sale de la salita en la que recibe, por largas horas, al pobre
pueblo que va a contarle sus penas y angustias. Al hombre que tiene que
mandar a buscar unas chancletas para subir a su habitación, porque
regaló a un pobre sus zapatos. Al hombre que gastó su vida, hasta la
última gota, para servir a los despreciados del mundo, a los más pobres,
a los que nadie se para a escuchar. La otra imagen que me conmueve de él
es cuando lo veo rezar en su capillita del Arzobispado, presentándole a
Dios lo que el pueblo le llevó a él.

Y no es que piense que Pedro Meurice sea imprescindible, o que no tiene
limitaciones y defectos, o que no sea yo capaz de verlos. Hay un verso
del salmo que expresa muy bien lo que ahora quisiera hacer comprender:
"es inútil que madruguéis, que veléis hasta muy tarde, que comáis el pan
de la fatiga… Dios lo da a sus amigos mientras duermen".

Pedro Meurice es de los que primero buscan el Reino de Dios y su
justicia… por eso Dios le da lo demás, aquello que la gente busca en la
vida como si fuera lo más importante: respeto, admiración, cariño. Sus
limitaciones, sus fallos… le son perdonados, "porque al que ama mucho,
mucho se le perdonará".

Me atrevo a revelar que sus curas le armamos un pequeño complot al
arzobispo. Hace unos meses nos reunimos para pedirle al obispo de Bayamo
si estaba dispuesto a aceptar ser arzobispo coadjutor, y así monseñor
Meurice, ya bastante enfermo y limitado, podría seguir siendo el
arzobispo de Santiago. Monseñor Dionisio, que lo quiere como un padre,
nos dijo que él estaba dispuesto a venir como un simple obispo auxiliar,
si con ello ayudaba a monseñor Meurice. Dios quiso que las cosas fueran
por otro camino. Pero dice mucho de un hombre, que después de 40 años,
sus colaboradores quieran mantenerlo como padre y amigo.

Y recuerdo a aquel sacerdote, muy amigo mío, a quien su obispo fue a
cambiar de parroquia. Los feligreses no aceptaron el cambio, y fueron a
ver al obispo. Este argumentó que el padre llevaba mucho tiempo al
frente de esa parroquia, que era política de la iglesia que nadie
estuviera tanto tiempo en el mismo lugar, que el cambio era bueno. Pero
la gente le dijo al obispo: a los funcionarios quizá sería bueno
cambiarlos, ¿pero quién ha visto que un padre se cambia o se jubila? ¡El
padrecito siguió en su parroquia!

Un aplauso para que lo oiga Dios

Desconfío visceral y profundamente, casi por instinto, de aquellos
arribistas que buscan el poder, sea el político o el religioso (¿se
puede decir esta barbaridad que ahora digo?), que en buena teología
nunca será poder, sino servicio. Cuando veo a un cura buscando mitra, me
asusto. Y hago todo lo posible para que no le caiga en la cabeza… desde
mi humilde rincón en la Santa Madre Iglesia.

Con Pedro Meurice, nunca me ha cabido la menor duda: no lo buscó. Dios
lo llamó, y muy a su pesar, se convirtió en obispo "con temblor y
temor", respondiendo a la llamada de su Dios. Cuando Dios le pidió
"llegar más lejos" y servir al pueblo arriesgando el pellejo propio, o
lo que es más difícil para un buen pastor, la supervivencia de la
institución o la tranquilidad y seguridad de su gente, no dudó, o si
dudó, acabó por hacer lo que debía. Porque la Iglesia no es un fin en sí
misma. Está para servir al Reino, para "promover la gloria de Dios, que
consiste en que el hombre viva", como tan certeramente expresó Ireneo ya
en el siglo II.

Un aplauso, una ovación, puede ser el fruto de la compulsión o del
temor, del halago servil al poderoso, o una manera de convertirse en
masa anónima para no buscarse problemas. Pero hay aplausos y aplausos.
La atronadora ovación que desbordó la Catedral santiaguera el sábado 24
de febrero, cuando el nuncio apostólico se refirió a monseñor Meurice,
lo sentí como un "gracias", que no salía del entrechocar de las manos,
sino de lo profundo del corazón de todos los presentes.

Era el aplauso ante toda una vida, como el que le rinde el pueblo romano
al Papa cuando su cadáver vuelve a entrar en la Basílica de San Pedro
para ser enterrado. Es un aplauso para que lo oiga Dios. Es una forma de
reconocer la valentía de un hombre que, dejando de pensar en sí mismo o
en sus propios intereses o conveniencias, se dio entero.

Pero como dijo Martí en su insuperable semblanza a la muerte de Cecilio
Acosta: "Quien se entrega a los hombres es devorado por ellos, y él se
dio entero; pero es ley maravillosa de la naturaleza que sólo esté
completo el que se da; y no se empieza a poseer la vida hasta que no
vaciamos, sin medida y sin tasa, en bien de los demás, la nuestra. Negó
muchas veces su defensa a los poderosos; no a los tristes. A sus ojos el
más débil era el más amable. Y el necesitado era su dueño. Cuando tenía
que dar lo daba todo; y cuando ya nada tenía, daba amor y libros…".

Adiós, padre. No pienses que vas a descansar, porque los pobres seguirán
tocando a tu puerta. Y tus curas seguiremos necesitando de tu consejo,
en especial nuestro hermano Dionisio. Que Dios te bendiga por todo lo
que nos has dado en estos años, y por lo más grande que de ti hemos
recibido: tu corazón, tu ejemplo.

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