Carlos Alberto Montaner
Raúl y la insoportable sombra de Fidel
Supuestamente, Raúl controla al estamento militar. Pero ni remotamente
posee el carisma de su hermano ni se relaciona con la oficialidad de la
misma manera. Tradicionalmente, los expertos dividen a los militares en
fidelistas y raulistas, pero hay una diferencia fundamental: los
fidelistas se sienten subordinados al Máximo Líder por el implícito
reconocimiento de un liderazgo casi sobrehumano.
Carlos Alberto Montaner
16 de agosto de 2006
Fidel Castro preparaba con esmero la fiesta de sus ochenta años.
Ocurriría el 13 de agosto. Alguna nota oficial hablaba de ´´miles de
invitados internacionales´´. Sería su apoteosis. En el mundo clásico
apoteosis era la ceremonia que confería la condición de dioses a los
héroes. Pero no pudo transformarse en dios. Se interpusieron sus
divertículos, pequeñas úlceras que laceran los intestinos y, a veces,
los hacen sangrar. La hemorragia fue tan intensa que tuvieron que
operarlo urgentemente. Dada su edad, la cirugía era muy riesgosa, pero
no intentarla se convertía en inevitable muerte.
A partir de este punto comenzaron las maniobras sospechosas. Tras la
operación, con carácter provisional, como señala el documento oficial
media docena de veces, Fidel Castro le transfirió sus poderes y
responsabilidades de gobierno a Raúl, su hermano menor, un anciano
general de 75 años, adicto al whisky, las peleas de gallos y los chistes
procaces. Poco después declararon que el Comandante se reponía, pero se
decretó su salud un ´´secreto de Estado para no darle armas al
imperialismo yanqui´´. Peor: se las dieron a la fantasía. Los rumores
estremecieron a Cuba. Algunos lo dieron por muerto. Otros aseguraban que
estaba muy grave y pronosticaban una lenta y dolorosa convalecencia de
la que saldría sin la capacidad física requerida para recuperar el
poder. No hubo fotos ni partes médicos oficiales.
Supuestamente, Raúl controla al estamento militar. Pero ni remotamente
posee el carisma de su hermano ni se relaciona con la oficialidad de la
misma manera. Tradicionalmente, los expertos dividen a los militares en
fidelistas y raulistas, pero hay una diferencia fundamental: los
fidelistas se sienten subordinados al Máximo Líder por el implícito
reconocimiento de un liderazgo casi sobrehumano. La lealtad no es a la
revolución. Es al caudillo. Haga lo que haga. Los raulistas, en cambio,
saben que el hermano menor del Comandante es un ser humano sin ningún
atributo excepcional. El fidelismo es la gloria de la epopeya. El
raulismo sólo un sistema de complicidades burocráticas y económicas
concebido para mantener o adquirir privilegios.
No es la única diferencia. Fidel Castro ha segregado una forma de
gobierno basada en su personalidad pendenciera y en su sentido del
espectáculo. A lo largo de casi cincuenta años, se ha peleado (o
reconciliado) con todo el mundo y ha convertido esas riñas en cruzadas
nacionales que suelen culminar en desfiles infinitos en los que los
cubanos, sudorosos y cansados, gritan pareados y agitan banderitas. En
su primer gran discurso, al triunfo de la revolución, una paloma blanca
se le posó en el hombro en lo que parecía ser una señal divina de bendición.
Raúl es distinto. Es parco y racional, sus discursos son breves, y si lo
sobrevuela una paloma será, seguramente, para defecarle en la cabeza.
Raúl, por ejemplo, no montaría jamás el show con el niño Elián, ni
desataría andanadas de balseros contra las costas americanas, ni
llamaría lamebotas al ex presidente argentino Duhalde o fiurercillo de
bolsillo a José María Aznar. Su vocación es el orden y la eficiencia. En
la década de los ochenta se enamoró del modelo reformista chino y dio
instrucciones a algunos de sus oficiales para crear empresas dentro del
ejército administradas con criterios capitalistas. Fidel, un terco
colectivista empeñado en el igualitarismo, lo obligó a abandonar esos
planes. Raúl, seguramente, ahora sueña con retomar ese viejo proyecto.
La ironía es que hoy no gobierna ninguno de los dos. Fidel no puede
porque está atado a una cama por medio de unas sondas, condenado al
silencio, un castigo espantoso para un hombre aquejado de incontinencia
oral crónica, pero Raúl tampoco es capaz de gobernar porque no puede
tomar ninguna iniciativa que contraríe los criterios de su hermano. Eso
lo paraliza. Por eso se mantiene en silencio. Por eso no se atreve a
asumir públicamente el mando y mucho menos transmitir una visión
personal de los conflictos o de sus soluciones. No le teme a las
reacciones de los yanquis, sino a las de Fidel, implacable e irascible,
siempre inconforme, que no ha dejado de intimidarlo ni un minuto de su
vida y hoy lo observa entre las brumas de los analgésicos desde una cama
del hospital CIMEQ de La Habana. Sabe que si da un paso en falso y el
Comandante consigue remontar la crisis, lo castigará de alguna forma
ostensible y humillante.
No estamos ante un gobierno provisional, sino ante un impasse. Para
asumir el mando, Raúl primero tiene que leer ante las cámaras de
televisión el parte de defunción de su hermano y no hay manera de
predecir cuándo ocurrirá ese suceso. Simultáneamente, teme y desea que
Fidel se muera. Hoy es el hombre más acobardado y triste de Cuba.
http://www.eldiarioexterior.com/noticia.asp?idarticulo=10828
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