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Tuesday, June 13, 2006

Coctel habanero: El gerente

SOCIEDAD
Cóctel habanero: El gerente
Raúl Soroa

LA HABANA, Cuba - Junio (www.cubanet.org) - Siempre con el celular junto
al oído, viste ropa de marca, usa perfumes caros y en su muñeca exhibe
un rolex (imitación). En el garaje tiene parqueado un moderno auto
japonés. Uno de sus placeres es fregarlo todas las tardes frente al
edificio donde vive. Disfruta pasar la esponja mojada sobre el metal
reluciente, pero lo que más placer le provoca es ver la cara de envidia
de los vecinos mientras él acaricia su auto.

Se considera un triunfador. Durante su carrera universitaria no fue de
los mejores estudiantes. Más bien fue un mediocre, pero siempre supo
aprovechar las oportunidades, y sobre todo sobresalir en la carrera
política, siempre presto a ser el más "combativo", uno de los primeros
en los actos políticos, en las concentraciones de masas, en los mítines.
Militante de la UJC, dirigente de la FEU, etc., etc.

Como economista no es gran cosa, pero es un tipo fiable, de confianza.
Cuando crearon la empresa mixta, mi amigo pensó en él, y ahí está. Nadie
puso reparos a su elección para el cargo. En su carrera laboral aplicó
la fórmula conocida, la que tan buenos resultados le trajo durante los
estudios. También aprendió el arte del traspiés, de la puñalada trapera.
Su primera víctima fue el amigo que le consiguió el puesto. Así llegó a
subgerente y luego a gerente.

Vive bien. Se casó con la hija de un diplomático, un reconocido miembro
de la nomenclatura. Tiene un hermoso apartamento con todas las
comodidades. Otro arte que ha desarrollado con gran destreza es el de
robar, robar a más y mejor, aceptar sobornos de los empresarios
extranjeros, de los suministradores, y hasta de la competencia.

Nunca creyó mucho en eso del paraíso de la clase obrera ni en el triunfo
del proletariado mundial ni en ninguna de las otras monsergas
comunistas. Eso sí, era fidelista, siempre admiró al máximo líder,
siempre el Comandante Victorioso fue su ejemplo y paradigma. Muchas
veces no le comprendía bien, pero bueno, hacía falta, sólo tenía que
hacer lo correcto.

Ahora es un hombre respetado, uno de los poderosos. No de los más
poderosos. Llegar a esa escala es muy problemático y se requiere mucha
paciencia, mucho esfuerzo, mucha inteligencia y, sobre todo, muchas
relaciones. A la construcción de esas relaciones dedica cuerpo y alma.

Sin embargo, el gerente no es un hombre feliz. Se sabe permanentemente
vigilado. Sabe que todos sus movimientos son controlados. Supone, y no
sin razón, que le dejan hacer, que está jugando a una especie de juego
de gato y ratón. Donde, por supuesto, él es el ratón.

Poco a poco ha terminado odiando al jefe. Fue un proceso, un camino que
fue tornándose ancho y claro en la medida en que su ambición crecía.
Mira a su alrededor con disgusto. Nada es de él, ni el carro japonés, ni
el celular, ni el apartamento. Ha logrado esconder algunos dólares en el
extranjero, pero casi nada. Todo su poder, todo su bienestar dependen de
los caprichos de un anciano megalómano. Puede amanecer un día convertido
en uno de ésos que ve pasar frente a su edificio, mal vestidos y peor
alimentados, sudados, amargados. Su peor pesadilla es viajar en uno de
esos camellos repletos de gente que ve pasar por la avenida.

Un día pueden desaparecer sus trajes caros, sus zapatos finos, su auto
flamante, sus putas de 200 dólares, sus cenas elegantes, sus viajes al
extranjero, todos y cada uno de sus privilegios.

Teme cada vez más también a esas miradas de odio, a esas miradas que le
dirigen sus vecinos, cargadas de malos presagios, cargadas de malos
deseos. Se sabe blanco de muchos rencores. Se sabe representante de una
clase que el pueblo odia. ¿Y si un día estalla esa ira contenida?
¿Quiénes van a ser los primeros blancos de ese rencor?

Nunca fue creyente, pero desde hace un tiempo le ha puesto un pequeño
altar a la virgencita de la Caridad del Cobre. Le pone velas y le pide
que esclarezca su mente, que le libre de la contradicción terrible que
le dicta por un lado el deseo de que el anciano jefe desaparezca de una
vez, y por otro lado el temor a que esto ocurra y pierda sus
privilegios. ¿Será capaz de ser un vencedor en una sociedad libre? La
duda le corroe. Sun dudas, el gerente no es un hombre feliz.

http://www.cubanet.org/CNews/y06/jun06/13a5.htm

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