Torpes tópicos
En ciertos sectores del exilio cubano, la equivocación se repite y el
alboroto se propaga en relación con el viaje del presidente
estadounidense a la Isla
Alejandro Armengol, Miami | 15/03/2016 3:36 pm
Algunos de los llamados líderes del exilio en Miami, supuestos expertos
y comentaristas de la prensa radial y escrita siguen demostrando una
ignorancia total ―si es posible mayor cada día― sobre lo que ocurre en Cuba.
Agotados desde hace mucho el optimismo incontrolable por el fin del
régimen, los preparativos para formar gobierno desde Miami y el saboreo
anticipado del ajuste de cuentas implacable, es la hora de los que
picotean aquí y allá, en la búsqueda del detalle que dé algún consuelo o
aliento a los empecinados.
Sin ilusión ya para apostar a la muerte de Fidel Castro ―como el
detonante esperado para una transformación rápida, que permita barrer
con un modelo imperante e inoperante por más de medio siglo―, y
constatar la existencia de una sucesión establecida con éxito desde hace
años y una transformación a cuenta gotas en un futuro sin fecha, pocas
opciones quedan a los que se niegan a creer que tantas frustraciones no
solo fueron caídas en el camino, sino una vía hacia la derrota. Hablar
del deterioro económico de la Isla ―que es verdadero― es quizá el
refugio final. Tratar de impedir cualquier mejora en este sentido, en la
situación del país, su objetivo.
Con igual fuerza, el desatino en torno a la "herencia castrista" empaña
el panorama. ¿Raúl se va? ¿No se va? ¿Deja al hijo? ¿y Mariela, qué
hace? ¿Hijo seguroso, nieto torpe, rencillas familiares? Todo un
entramado, salido de una novela o película de gánsteres, que aquí y allá
brinda detalles —no se trata de desecharlos por completo—, pero ello no
explica en su totalidad la situación de la Isla.
Reducir el escenario cubano a esos vericuetos solo enturbia el panorama
cubano. Es asombrosa la persistencia del castrismo en la vida del
exilio. ¿Y en Cuba? Raúl Castro domina. Es un argumento socorrido y
veraz. En última instancia, el presidente estadounidense Barack Obama
viaja a su encuentro. Es el eje de su visita. La puerta mágica. Lo que
la define. Si Castro, el general, no quiere, Obama se queda en
Washington, no va. Así de simple. ¿Pero es tan simple?
Nada inmediato debe impedir analizar que en Cuba está en marcha un
proceso de cambios, casi todos económicos y unos pocos políticos. aunque
limitados y algunos destinados al fracaso momentáneo. Esos cambios
implican la puesta en marcha o la liberación de factores, que siempre se
anheló entrarán a funcionar dentro de la maltrecha situación de la
nación. Para decirlo brevemente, gran parte de los cubanos viven hoy
mejor que años atrás. Qué su vida sigue regida por el principio de la
sobrevivencia, es cierto. No hay grandes mejoras y una ausencia de
futuro lleva a muchos a emigrar. También han crecido las desigualdades.
En algunos casos, estas desigualdades son las mismas que se encuentran
en cualquier país. En otros, peores. Se suponía que el socialismo —no el
capitalismo, porque nunca ha sido su objetivo— iba a poner fin a esa
situación, y lo que ha hecho es empeorarla. Fracasó. indudablemente.
Vuelve entonces a ser, de nuevo, la hora de la economía y no de la
política. Malo que unos pocos miembros del Gobierno y sus herederos se
estén apoderando cada vez más de la riqueza nacional —ahora bajo la
función de empresarios y administradores—, junto a la participación de
un grupo de inversionistas extranjeros. Pésimo. Pero para atajar o
aminorar este hecho no hay que subirse al carro de "Antúnez", porque ese
carro no conduce a parte alguna, no arranca, carece de motor.
Llama entonces la atención que quienes dicen son partícipes de una
ideología que prioriza el mercado y la empresa privada, comiencen a
desvirtuar las funciones de estos factores a la hora de hablar de Cuba.
Si bien es cierto que el control económico que ha impuesto ―y espera
conservar― el Estado cubano es enorme, por qué no contribuir a su
debilitamiento, en la medida de lo posible y de forma paulatina, con la
cooperación pautada de Estados Unidos, pero en lo fundamental desde
dentro de la propia Cuba. Esta es la intención de la Casa Blanca.
Es difícil de comprender ese afán en favor de que fracase el
limitadísimo plan de reformas del Gobierno cubano, cuando lo que en
verdad debería interesar a un exilio preocupado por el bienestar de
quienes viven en la Isla es iniciar los intentos de incorporar ―de forma
independiente y sin ataduras políticas e ideológicas― al capital y el
conocimiento del exilio moderado. Contribuir a que en Cuba la reforma
pase del "chinchal" a la empresa familiar e incluso la pequeña propiedad
mercantil.
Se puede argumentar que este objetivo es muy difícil de alcanzar o que
el Estado cubano nunca jugará limpio o no lo va a permitir. Sin embargo,
si quienes dirigen el proceso cubano han tenido que ceder en puntos que
hasta hace poco era lógico apostar a que no lo harían —como el permitir
el empleo de fuerza laboral contratada— bajo qué razonamiento se puede
negar por completo la posibilidad de esta vía.
Reformas económicas, pero también políticas. Cuba continúa siendo un
Estado policial, pero con pequeños agujeros. Un muro con nichos. Un
mismo concepto no puede emplearse con dos sentidos opuestos para
explicar una misma situación. Si en Cuba el movimiento opositor no puede
avanzar más es por la represión imperante. Perfecto. Una explicación
correcta. Si en Cuba la oposición ha avanzado es precisamente porque
esos métodos represivos han cambiado. Son los mismos en una noción
general —no ceder parcelas de poder o este en su totalidad—, pero no son
iguales en un sentido particular, ya que los opositores viajan al
exterior, pronuncian discursos en contra del régimen y regresan sin que
les ocurra nada; son reprimidos cada domingo, pero vuelven al siguiente;
son detenidos y están de vuelta en el mismo lugar la próxima semana; se
denuncian encarcelamientos y desapariciones que quedan sin efecto a las
pocas horas. La explicación de lo que ocurre no debe limitarse a ciertas
simplezas. No es un problema de valentía o desacato —¿los que por hechos
similares cumplieron largas condenas no lo eran, y más— y mucho menos de
solidaridad internacional —las visitas de jefes de Estado se suceden con
una frecuencia inusual— o crisis económica —¿no quedamos en que esta ha
sido perenne en la Isla?—, sino de reconocer que estamos ante una nueva
situación. ¿Obedece todo ello a las bondades del régimen? Ni soñarlo.
Este no ha cambiado, lo que han cambiado son sus circunstancias. No es
que ha pasado la hora de denunciar los abusos que se cometen a diario.
Es que estas denuncias deben tener un mínimo de seriedad para ser
compartidas. El resto es un problema de fe. Constatar la existencia de
una situación en Cuba que no nos gusta, que preferíamos cambiara
sustancialmente, no implica una satisfacción ante ella y tampoco un
acuerdo con lo que ocurre. Pero negarse a ver la realidad es cuestión de
fanatismo.
Asistimos así a una polarización extrema desde el exilio —pongamos a un
lado que dicha posición se asume tras el desayuno, el almuerzo y la cena
asegurada—, donde los reclamos giran fundamentalmente en torno a una
serie de supuestos, algunos válidos en el orden ético y patriótico
—pasando por alto también el desgaste y abuso de este término—, pero de
capacidad limitada a la hora de ganar seguidores en la realidad cubana.
¿Cuántos se suman, semana tras semana, a la marcha que organizan las
Damas de Blanco? La respuesta inmediata es de nuevo la represión como
causa fundamental de la falta de apoyo. El miedo y el terror: balas de
plata, ungüentos mágicos, respuesta sabelotodo. Argumento donde el uso y
el abuso se confunden. Uso porque es cierto que por décadas el Gobierno
de La Habana ha usado y usa el terror como instrumento de dominación, en
sus facetas más variadas. Abuso porque evocar la represión se ha
convertido en un mantra repetido a la ligera. De esta forma se insiste a
diario y sin pudor sobre las "golpizas" que reciben, semana tras semana
las Damas de Blanco, sin detenerse un minuto a reflexionar que tal
exageración solo contribuye a distorsionar un hecho: el uso del poder y
la fuerza para impedir una manifestación pacífica.
Puede contestarse que, en última instancia, el ejercicio de un mecanismo
represivo es condenable con independencia del grado en que se ejercite.
Es cierto, pero también lo es que basta contemplar lo que ocurre,
durante manifestaciones y actos públicos en cualquier país democrático,
para comprender que cualquier reclamo tiene que partir de una base real
para ganar adeptos mundiales.
Lo demás queda a una valoración política extrema: conmigo o contra mi.
El Gobierno cubano es malo, malo, malo, y todo lo que se aparte de
definirlo en esos términos es ponerse de su parte.
De lo contrario se reparten críticas, condenas y elogios de acuerdo a
criterios ideológicos o partidistas, a la usanza de los gobiernos de
desaparecida Unión Soviética o la propia Cuba.
Lo malo es que esa práctica de la polarización extrema repite
precisamente el canon establecido, desde sus comienzos, por el enemigo
que se trata de combatir.
Es simplemente invertir los extremos, pero manteniendo el extremismo a
salvo. Algo similar a la práctica soviética de contar con un comisario
político en cada unidad militar: el soldado no solo debía combatir bien,
sino de acuerdo a la ideología comunista.
La prioridad ideológica es lo que rehúye el enfoque de Obama hacia el
caso cubano. Y en este sentido encuentra su oposición tanto en el
Gobierno cubano —en algunos sectores con más fuerza que en otros— como
en una parte del exilio. Como siempre, vuelve a cumplirse el viejo
axioma de que los extremos se tocan.
La clave del enfoque de la Casa Blanca es intentar lograr un individuo
menos dependiente del Estado, no un adepto en uno y otro sentido, al
tiempo que se preservan, en su formulación, ciertas normas básicas y
universales.
En esto último es donde entran criterios elementales en favor de la
libertad, los derechos humanos y la sociedad civil (una etiqueta que
últimamente se emplea sin definición plena).
Obama realizará una visita de Estado, lo que implica que viaja como
mandatario de un país al encuentro del gobernante en otro. Quienes
hablan de la "traición" de Obama no saben lo que dicen —para juzgarlos
amablemente—, porque sencillamente nunca ha sido su propósito declarado
lograr un cambio inmediato de régimen en Cuba (a diferencia de
presidentes republicanos anteriores, no ha caído en falsas promesas) y
porque… no es cubano.
Pedirle al presidente de EEUU que asista al sitio emblemático de reunión
de las Damas de Blancas, con ha hecho Berta Soler, es demostrar una vez
más, la ignorancia que la caracteriza.
Obama viaja a Cuba con fines muy precisos y esperanzas extremadamente
limitadas. No hay que esperar algo extraordinario de dicho viaje y
tampoco despreciarlo por inútil o caer en la trampa idiota de
considerarlo como una forma de legitimidad dada al régimen.
Mientras tanto, en ciertos sectores del exilio la equivocación se repite
y el alboroto se propaga. Pero al final ese es solo su problema. No el
de EEUU y mucho menos el de Cuba.
Este trabajo recoge y amplía criterios expresados en Cuaderno de Cuba.
Source: Torpes tópicos - Artículos - Opinión - Cuba Encuentro -
http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/torpes-topicos-325079
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