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Friday, May 12, 2006

El empecinado fantasma de Marx

POLITICA
El empecinado fantasma de Marx
Luis Cino

LA HABANA, Cuba - Mayo (www.cubanet.org) - Pocas veces un libro llegó a
mis manos tan oportunamente. Sesionaba en La Habana el tercer encuentro
"Carlos Marx y los desafíos del siglo XXI" mientras yo leía con avidez
"El Fantasma de Marx", de Juan Benemelis. La habitualmente lúcida
argumentación de Benemelis obró de antídoto. Me ayudó a reorganizar el
desorden de ideas que dejó mi época de pésimo estudiante de marxismo
leninismo en los ya lejanos años 70.

Me es imposible abordar el tema de Marx sin zarpar del puerto de la
decepción. Me asombra la resistencia del mito marxista a los descalabros
de la historia y de la vida. Es una de las grandes sagas de la terquedad
y estupidez humana en su lucha por imposibles costosos e inútiles.

Carlos Marx no anticipó cómo funcionaría la economía en las sociedades
socialistas. Cegado por el determinismo económico y aspirando a la
destrucción del Estado, tampoco elaboró una ciencia política. Confió
demasiado en que el capitalismo contenía su antítesis proletaria.

Su análisis, dogmático y seudo científico, limitó la historia de la
humanidad a un aburrido recuento del desarrollo de las relaciones de
producción en Eurasia. El resto del mundo quedó olvidado en su
esquemática y artificial construcción teórica.

Marx se encaprichó en atribuir el origen de las clases sociales a las
relaciones de producción y a la condición jurídica de la propiedad. No
le dijo nada el hecho de que esclavos y siervos fueron meros
espectadores en las pujas entre esclavistas y colonos o entre la nobleza
feudal y la burguesía.

Las profecías de Marx fallaron estrepitosamente. La globalización
capitalista no tiene nada que ver con el capitalismo que previó Marx.
Resultó que el majadero de Berstein tenía razón en cuanto a la capacidad
de adaptación del capitalismo.

Hoy, en definitiva, ni el Estado en los países capitalistas
desarrollados es un instrumento de la burguesía ni los Estados del
socialismo real fueron instrumentos al servicio del proletariado.

En ningún sitio fue más patente el fracaso del marxismo que en los
países donde logró apoderarse del poder. En ellos no existió la
dictadura del proletariado, sino la feroz dictadura del Partido
Comunista sobre los trabajadores.

La Revolución Rusa de octubre de 1917 fue uno de los mayores fraudes de
la historia. La revolución, que fue más bien un golpe de estado, no
ocurrió en octubre sino en noviembre. No derrocó al Zar, que había
abdicado meses antes, sino al gobierno democrático de Kerensky. El papel
de Trostky fue más decisivo que el de Lenin. El llamado Poder Soviético
instaurado no fue el de los Consejos Obreros, sino la dictadura del
Partido Comunista.

El Comité Central sobrepasó al Partido. El Politburó, creado con
carácter provisional durante la guerra civil, se convirtió en el mega
aparato que suplantó al Comité Central. Primero Lenin y luego Stalin,
secuestraron el Buró Político.

La misma historia se repitió, más como tragedia que como farsa, en
Europa Oriental, China y Cuba. El mito de la Revolución, arrullado por
el marxismo, fue la fórmula perfecta para la implantación de tiranías
totalitarias en medio mundo. En todas primaron los peores rasgos del
capitalismo, la retórica marxista en los discursos, la policía política
y los gulags.

El Renacimiento y las Revoluciones Francesa y Americana rescataron al
individuo de las tiranías teocráticas y le garantizaron derechos y
libertades. Los regímenes marxistas jugaron un papel retrógrado al
imponer al estado sobre el individuo y conculcar sus libertades civiles
y políticas.

El marxismo fue el cuerpo legitimador de las dictaduras comunistas. Marx
no avizoró, como Bakunín, la emergencia de una nueva forma de propiedad,
la de la nueva clase. Dirigentes, burócratas y militares, invocando los
intereses de los obreros, se atrincheraron con sus privilegios tras el
Estado, el Partido Único y la administración de empresas.

En las sesiones habaneras del evento marxista proyectado al futuro, el
inefable presidente del monocorde parlamento cubano, Ricardo Alarcón, en
plan de Gran Magistrado de la causa perdida, abogó por la vigencia del
pensamiento de Marx.

"No como verdad acabada y perenne", dijo, "sino como manantial de
sugestiones para seguir luchando en las condiciones prácticas y
concretas del mundo contemporáneo, con un capitalismo hegemónico pero en
fase terminal".

Vaya fe inconmovible y jihaidista en el Profeta de Soho la de Alarcón.

Como si hablara de extraterrestres, Alarcón atribuyó "al dogmatismo
filosófico generado en la experiencia soviética" la reducción al mínimo
del pensamiento anticapitalista. Alarcón debe saber bien de lo que
habla, porque la experiencia verde oliva no difirió mucho de la de sus
camaradas moscovitas, georgianos y ucranianos.

Como del árbol caído, los sobrevivientes del naufragio quieren hacer
recaer todas las culpas sobre ellos. Como si el estalinismo no hubiera
sido la más pura y dura expresión del marxismo. "No una aberración, sino
su esencia misma", dijo certero Jean Francois Revel.

¿Acaso no lamentarán Alarcón y sus amigos las debilidades de Gorbachov,
Jaruzelski y Honecker? Al carnicero de Georgia no se le hubiera caído el
Muro de Berlín. Ni a Cuba la subvención soviética.

Ajenos a la experiencia histórica, olvidados de costos humanos, los que
hoy reclaman la vigencia marxista vuelven a apostar por el
totalitarismo, la redistribución de riquezas donde no las crean y la
planificación económica, centralizada y absoluta. Es el único aporte que
les deja un marxismo mal estudiado y peor comprendido.

El marxismo sigue produciendo sus pro hombres. Como ayer, Lenin,
Trostky, Stalin y Mao, hoy son Castro y Chávez, traducidos por Heinz
Dieterich. La magnitud de los líderes muestra la incapacidad de sus
seguidores y la falta de conciencia crónica de las masas. Ellas siempre
son incapaces de estar a la altura de sus elevados designios.

Con tácticas difusas y sin nuevos contenidos, el marxismo sigue en
crisis, pero pataleando. Los socialismos de hoy, varios y diversos, más
que por el marxismo, están conectados por la negación del capitalismo y
por el antiamericanismo visceral. Una demasiado pobre perreta para
cambiar el mundo.

Delirantes mediums en La Habana o Caracas siguen invocando la
infalibilidad del más desatinado de los profetas. El fantasma empecinado
y aturdido de Marx sigue recorriendo el mundo.

http://www.cubanet.org/CNews/y06/may06/11a5.htm

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