SOCIEDAD
El sacrificio de dos médicos
Tania Díaz Castro
LA HABANA, Cuba - Mayo (www.cubanet.org) - Las razones que tienen los
médicos cubanos para ausentarse de sus hogares y trabajar en tierras
extrañas son muchas. Muy pocos son, por ejemplo, quienes creen todavía
en los cantos de sirena de la revolución. La mayoría, a juzgar por lo
que se escucha en la calle, lo hacen con el propósito de adquirir moneda
dura, y también porque dejan atrás la monotonía de un centro laboral que
no les proporciona un salario adecuado ni siquiera para adquirir un par
de zapatos.
Pero los casos más tristes son aquellos médicos que abandonan a sus
pequeños hijos con el fin de proporcionarles alimento y ropa mientras
ellos estén ausentes, a través de una ayuda en divisas que aporta el
Estado a las familias que quedan en la Isla.
Hace unos días visité en una zona del reparto habanero Alamar a un
matrimonio de edad avanzada que cuida de sus nietas de 4 y 7 años. Dos
niñas preciosas que pusieron mucha atención mientras conversábamos sobre
sus padres.
El abuelo, muy conversador, nos hizo saber que la hija, médica desde
hace poco tiempo, se marchó a Venezuela con el esposo, también médico,
porque quieren arreglar su apartamento radicado en otra zona del mismo
reparto.
Al apartamento de la pareja, según me dijeron, no se atreven a entrar.
Ha sido tomado por las ratas y las ranas que abundan por sus
alrededores, seguramente en busca de cucarachas o del comején que se
come a diario puertas y ventanas. Hace unos días, me cuenta la abuela,
entraron con una vecina, con el propósito de limpiarlo y una rana le
saltó a la cara. Hasta ahí fue simpático el relato.
Luego vino lo serio, y lo más triste. Las niñas sufren mucho la ausencia
de los padres. No se acostumbran. Es posible, dicen los abuelos, que
hasta hayan cambiado el carácter. Están irascibles, desobedientes.
Lloran con frecuencia sin razón aparente y preguntan constantemente
cuándo regresan mamá y papá.
La abuela se esmera en prepararles las comidas, pero ellas se muestran
inconformes porque mamá cocina mejor.
Así van las cosas en este hogar, a pesar de que reciben 50 chavitos,
equivalentes a 50 dólares para comprar en las shoping, algo que no
podían hacer antes, cuando los hijos médicos trabajaban en la
policlínica del barrio.
Lo peor de todo, dicen, es cuando recibimos cartas o llamadas
telefónicas, algo que apenas pueden hacer los padres desde Caracas,
porque cada llamada cuesta muy cara. Entonces lloran las niñas aquí, y
los padres allá.
- ¿Cree que el sacrificio vale la pena? -le pregunto al abuelo.
- No sé -me responde. A veces creo que es demasiado el sacrificio, que
dejará para siempre recuerdos muy duros en nuestra familia. Pero ellos
así lo prefieren. En parte están tranquilos porque las niñas se
alimentan mejor y además, porque cuando regresen, que será dentro de un
año y medio, podrán reparar el apartamento que está en muy malas
condiciones. Es el último del edificio y tiene serias filtraciones
porque el Poder Popular no ha podido arreglar la azotea.
Al despedirme, sabía que las niñas habían comprendido lo que conversamos
en su presencia. Quizás por eso sus rostros estaban serios. Tomo la mano
de una muñeca venezolana para despedirme también de ella, porque un rato
antes me la habían presentado. Sólo cuando le hablaba a la muñeca vi
dibujada en los rostros de las niñas una sonrisa.
- No, la ausencia es demasiado costosa. No vale la pena -me dije
mientras me alejaba de la casa.
http://www.cubanet.org/CNews/y06/may06/11a4.htm
No comments:
Post a Comment