La transición de Castro a Castro: ensayando el futuro
«Estas incertidumbres institucionales y las rivalidades existentes entre
los dirigentes pueden dar lugar a una lucha de poder interno, una vez
que desaparezca o se debilite el liderazgo de Castro».
SUSANNE GRATIUS/FUNDACIÓN PARA LAS RELACIONES INTERNACIONALES Y EL
DIÁLOGO EXTERIOR (FRIDE)
Ochenta años son demasiados años para seguir cumpliendo funciones de
Estado», había dicho Fidel Castro en una charla con su amigo Tomás
Borge. Dos semanas antes de cumplir 80 años, Fidel entregó
(provisionalmente) el poder a un selecto grupo liderado por su hermano
Raúl. Pareció haber llegado el gran momento de los transitólogos
cubanos: el postfidelismo. Pero nuevamente se equivocaron todos los
futurólogos: sólo unos días después de la intervención quirúrquica, el
Comandante resucitó. En vez de dirigirse a la nación, charló largamente
con su hijo ideológico Hugo Chávez, afirmando la estrecha alianza entre
ambos. Aun así, la entrega temporal de sus funciones por motivos de
salud marca el principio del fin de Fidel como líder omnipotente del
país. Todo indica una sucesión de Castro a Castro que podría dar
comienzo a una transición gradual hacia otro tipo de régimen.
El lema del franquismo, «después de Franco, las instituciones», podría
aplicarse al castrismo. A diferencia de Fidel, Raúl Castro no es un
líder carismático, sino más bien un fiel soldado de dos instituciones
claves del régimen cubano: las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y
el Partido Comunista de Cuba (PCC). Las FAR son el factor dominante en
la economía cubana y el PCC es el garante ideológico de la Revolución.
Mientras que no caben muchas dudas en cuanto al papel de las FAR y el
liderazgo de Raúl, la constelación de poder de las demás instituciones
es menos clara. Aunque la Constitución lo define como «fuerza dirigente
superior de la sociedad y del Estado» (art. 50), el PCC siempre ha sido
subordinado al liderazgo personal de Fidel Castro. Muestra de ello han
sido las estructuras paralelas de poder que creaba el Comandante desde
los inicios de la Revolución: primero el «gobierno de sombra integrado
por él y Ché Guevara». Después el Equipo de Coordinación y Apoyo al
Comandante que actúa al margen o por encima del PCC y las demás
instituciones. Otra señal de su debilidad es la escasa afiliación al PCC
y la celebración de su último congreso hace casi diez años.
Aparte de las FAR, el poder clave en Cuba no es el PCC sino el
ejecutivo. En su mensaje al pueblo cubano, Fidel traspasó el poder a
siete personas que pertenecen al máximo órgano de gobierno: el Consejo
de Estado. Este íntimo círculo de poder no incluye a ninguna mujer y,
salvo Carlos Lage y Felipe Pérez Roque, todos sus miembros son
personajes históricos de la Revolución o pertenecen al grupo de los más
duros. También llama la atención que esta lista no incluye a ningún
representante del máximo órgano de Estado: la Asamblea Nacional del
Poder Nacional (ANPP). El gran ausente es su presidente, Ricardo
Alarcón. Esta omisión no parece casual, puesto que el Parlamento cubano
es la única institución que dispone de una cierta autonomía o al menos
ocupa un papel aparte dentro del régimen.
La Constitución no establece una clara jerarquía institucional. Según su
artículo 95, la máxima autoridad de gobierno es el Consejo de Estado.
Como órganos subordinados están mencionados el Consejo de Ministros y la
ANPP. Pero, tanto los miembros del Consejo de Ministros como del Consejo
de Estado rinden cuentas a la ANPP y son controlados por el Parlamento.
Esta constelación ambigua podría crear problemas en el futuro, máxime
teniendo en cuenta que, después de los hermanos Castro, Ricardo Alarcón
es considerado el número tres del régimen cubano. Además, Alarcón es el
mejor conocedor de EE UU, sin duda, un factor clave para el futuro de Cuba.
Estas incertidumbres institucionales y las rivalidades existentes entre
los dirigentes pueden dar lugar a una lucha de poder interno, una vez
que desaparezca o se debilite el liderazgo de Castro. Por tanto, es
probable que el líder será sustituido por un gobierno colectivo y no por
una mera sucesión de Castro a Castro en el poder. Esto plantea una serie
de incertidumbres con respecto al liderazgo de Raúl y la unidad y la
duración de un régimen colectivo.
Aunque ambos casos son distintos, hay elementos en común entre el fin
del franquismo y del fidelismo. Igual que Francisco Franco, Fidel Castro
dejó temporalmente el poder por cuestiones de salud. Igual que en la
España de los años setenta, es altamente probable que la renovación
política en Cuba sea el resultado de la solución biológica. También,
después de la muerte del dictador, el cambio político en Cuba
transcurrirá desde arriba y no desde abajo. Y de forma similar, el
escenario político más probable en Cuba no es la transición sino la
sucesión prescrita por la Constitución. En este sentido, igual que
Franco, Fidel quiere dejar «todo atado, bien atado».
Pero allí acaban las semejanzas. A diferencia del caudillo español, el
sucesor de Fidel no es el Rey, sino su hermano. Y diferente a España, en
el caso cubano no queda nada claro que la sucesión desembocará en una
transición hacia la democracia representativa y la economía de mercado.
Por dos razones. Un factor es la sucesión familiar. Aunque Castro dijo
de su hermano que «sus méritos y el lugar que él ocupa en la Revolución
no tienen nada que ver con el nexo familiar», su nombramiento como
sucesor es, sin duda, un ejemplo de nepotismo. Por tanto y siguiendo la
trayectoria política de los últimos 47 años, es poco probable que Raúl
Castro sea ni siquiera un Carlos Arias y mucho menos un Gorbachov cubano.
Aparte del nexo familiar, es importante mencionar los diferentes
contextos regionales. Si la perspectiva de integrarse en una Comunidad
Europea democrática y próspera fue un aliciente para la transición
democrática en España, en Cuba hay tres importantes factores regionales
adversos a un escenario similar: la política hostil de EE UU, que busca
restablecer el status quo anterior, el auge de gobiernos de tinte
izquierdista (de corte populista y socialdemócrata) en América Latina, y
los pocos incentivos que ofrece la UE a una transición cubana.
http://www.diariovasco.com/pg060915/prensa/noticias/Opinion/200609/15/DVA-OPI-366.html
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