El libro de Ricardo y la vida de todos
RAUL RIVERO
Uno de las grandes intelectuales de Europa, el polaco Adam Michnik, me
dijo hace poco en Varsovia que la lectura de una crónica de Ricardo
González Alfonso, escrita en la cárcel, le había renovado su confianza
en el periodismo y en el ser humano.
Michnik, que cumplió seis años de prisión bajo el régimen comunista y es
ahora el director del más influyente diario de su país, hablaba a la
nota titulada Emigrar al patíbulo, escrita por Ricardo después de
compartir celda, en la primavera del 2003, con el joven Lorenzo Enrique
Copello Castillo, fusilado junto a otros dos cubanos en medio de aquel
ataque de rabia y odio de la dictadura.
Muchos profesionales cubanos, españoles y de otros países coinciden en
esa opinión sobre una pieza, redactada en el estalaje adusto de un
calabozo, con el lujo del dominio de la palabra y sin dejarse desbordar
por el melodrama trivial y la cursilería. Unas hojas manuscritas donde
la emoción evocada no pasa de ser poesía.
Y este domingo quiero hablar de esa temperatura, ese misterio del
lenguaje humano, porque Ricardo González Alfonso es el único poeta
cubano que ha publicado todos sus libros encerrado en una prisión.
Primero, se dio a conocer, en Miami, por Ediciones Plantados, Hombres
sin rostros, con un prólogo del poeta Angel Cuadra. Después, en Madrid,
Historia sangrada, editado por Amnistía Internacional.
Ahora, acaba de salir de la imprenta de la Editorial Hispano Cubana, el
cuaderno (Con)fines humanos, una colección de versos de 145 páginas, con
una nota de presentación, precisa y cercana, del poeta y periodista
Orlando Fontdevila.
Es, a mi modo de ver, una poesía de madurez y de indagación. Una apuesta
por encontrarse él mismo y todos sus recuerdos, como si el autor, en vez
de pasear una espejo por la sociedad y el mundo exterior, lo enfocara
hacia adentro y se dedicara a dejar escritas las imágenes que se dejan ver.
Hay en (Con)fines humanos más altura en el vocabulario y más
complicaciones, veredas, serventías, derivas y enredaderas en estos
poemas. Aunque el poeta no abandona su pasión por jugar con el idioma en
lo que puede ser su empeño porque una sola palabra trasmita, desde
sitios diferentes y mediante un cambio de acento o de postura, los
mensajes, las contraseñas que él quiere que el lector reciba.
Ricardo entra en ese cachumbambé idiomático desde la primera página. En
una introducción que él llama intromisión, escribe qué se propone con su
libro. ``Andar a versos por los confines humanos --y traspasar sus
límites-- es la intención e intensión de algunas zonas... La poesía,
entre otros riesgos, es un recurso lúdico e impúdico.''
En estos poemas de Ricardo González Alfonso uno puede ver también y
recordar a los otros poetas presos. A todos los presos políticos
sometidos a la misma miseria humana y material. Retenidos en la misma
experiencia que el poeta hace pasar por ese espejo que menciono arriba.
Creo en esta poesía y en su permanencia. En la frágil y prevista
eternidad de los versos porque no está sentida y lanzada al aire por la
víctima de una dictadura, sino por un poeta que conoce la libertad. Y la
trata con confianza en esa otra vida que vivimos en los sueños. Unos
sueños que se dan a toda hora, al resistero del sol al mediodía o en las
madrugadas frescas y claras, cuando los trenes pasan más cerca de las
300 cárceles de Cuba.
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