HISTORIA
Nueva guerra para viejos niños
Miguel Iturria Savón
LA HABANA, Cuba - Septiembre (www.cubanet.org) - Fueron casi doscientos,
llegaron como asesores a partir de junio de 1961. No eran rusos, pero
vinieron desde Moscú, Kiev y Leningrado en vuelos secretos. Eran niños
de la guerra de España refugiados en la Unión Soviética, en la cual
fueron educados bajo la férrea disciplina del Partido Comunista a
solicitud de su homólogo español. En la patria de Stalin sobrevivieron a
otra contienda bélica, en plena adolescencia. Ahora se incorporaban a un
nuevo escenario de combate bajo el sol caribeño. "Todo por la revolución
hasta la muerte", les ordenó Dolores Ibarruri, la Pasionaria, antes de
partir a la Isla.
Los hispanos-soviéticos dejaron atrás la nieve y el susurro de una
lengua extraña. Se sintieron atraídos por un escenario más afín y por
las costumbres y el idioma materno que temían perder entre los camaradas
que suplantaron a sus familiares españoles. Les molestaba un poco la
gritería criolla, pero se sumergieron en la ola revolucionaria y
ayudaron a estructurar un país a imagen y semejanzas de su patria adoptiva.
Trabajaron como traductores de los asesores militares y como
economistas, ingenieros, médicos y profesores. Asistieron a desfiles,
movilizaciones y trabajos voluntarios. Galoparon en la rutina de la vida
tropical bajo un ambiente de consignas y promesas excesivas. Las crisis
habituales marcaron el ritmo de sus vidas hasta mediados de los ochenta.
Algunos regresaron a Moscú y luego partieron al rincón de España del que
habían emigrado en plena infancia. Casi todos conservaron la ciudadanía
española. Los hijos y los nietos también se identificaron como hispanos
a pesar de haber nacido en la antigua Unión Soviética o en la Cuba de
Castro.
Aún queda una veintena de estos niños envejecidos. Siguen aferrados a la
vida y a la familia que se dispersa, a la cual mantienen con la chequera
en euros que les paga el Estado español a modo de compensación.
Entrevisté a la asturiana María de los Ángeles Solar Camino, esposa del
ingeniero vasco Ignacio Ormaechea Ceberio, quien murió en mayo de 2005
en el hospital capitalino Calixto García. Uno de sus hijos acompaña a la
anciana en la "casita de los rusos" del reparto Alamar. A pesar de la
soledad y las decepciones María conserva intacta la memoria. Se
relaciona con su nieta en Madrid y con varios niños envejecidos por el
tiempo, las guerras y el fracaso de tantas utopías.
Otro ingeniero vasco, Carlos Astigarrabia Zabalegui, nos habla en
Miramar del éxodo a la antigua Unión Soviética, de donde fue rescatado
por su padre y trasladado a Panamá. Carlos llegó con su progenitor en
1962. "Me atan los hijos y los nietos. Mis hermanos son académicos en
los Estados Unidos. El viejo murió en San Sebastián en 1989".
Quedan, además, la neumóloga Alicia Casanova, y varios coterráneos que,
bastón en mano, sortean la larga tragedia que les tocó vivir. Son
hombres y mujeres que amaron, sufrieron y vieron crecer a los hijos.
Ahora ven desaparecer los mitos y los sueños del paraíso tropical que
ayudaron a forjar desde 1961.
http://www.cubanet.org/CNews/y06/sep06/14a9.htm
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