Pages

Monday, September 18, 2006

El dolor de la libertad

Posted on Mon, Sep. 18, 2006

`El dolor de la libertad'
GINA MONTANER

Se me hizo extraño cuando lo leí en las memorias del ex preso político
Armando Valladares. En su importantísimo libro --por el daño tan grande
que le hizo a la dictadura castrista-- recordaba muy brevemente haber
visto a mi madre cargando a un bebé en las visitas a la Cabaña. Aquella
niña de meses era yo. Linda me llevaba a ver a mi padre, quien aún no
había cumplido dieciocho años y ya era un opositor encarcelado. Tiempo
después logró escapar del presidio y la isla. Aún conservo la foto del
reencuentro de mis progenitores en el aeropuerto de Miami. Fue el
comienzo de una larga y azarosa aventura llamada exilio.

Aunque nunca olvidaron su país, muchos en el destierro optaron por
forjarse una vida apartados de los acontecimientos que estremecían a
Cuba. Lo cierto es que, para casi todos, los primeros años se
escurrieron en la premura del trabajo por salir adelante. Pero mi
hermano y yo crecimos al calor de las discusiones políticas. Desde los
tiempos de Puerto Rico, puedo evocar a mi padre conversando largas horas
con dos de las personas que más han influido en su vida: Carlos Varona y
Leví Marrero. Hablaban de su tierra y las trágicas consecuencias bajo el
castrismo. Años después, instalada mi familia en Madrid, uno de los
recuerdos más nítidos que conservo de mi adolescencia y juventud es el
constante movimiento para hacer gestiones por los disidentes que sufrían
persecución. Y en el salón de nuestro piso se reunían escritores,
artistas y presos políticos recién llegados. Noches interminables de
tertulias encendidas y animadas. Papeles, manifiestos, peticiones de
firmas. Por aquel entonces mi padre ya era un conocido intelectual exiliado.

Lo rememoro como si hubiera sucedido ayer: Carlos había viajado a
Canarias para participar en un congreso. Los latinoamericanos hablaron
con sentimiento sobre las atrocidades de las juntas militares. Cuando le
tocó su turno, intentó dar una charla sobre la dictadura castrista. Pero
los abucheos de sus colegas apenas le dejaron hablar. Mi padre salió en
los telediarios y mientras la mayoría exigía su expulsión, sólo unos
pocos como el periodista Federico Jiménez Losantos y el prominente
luchador antifranquista Jorge Semprún se solidarizaron con él. Mi
hermano y yo nos pasamos media vida defendiéndolo en discusiones
acaloradas con nuestros amigos españoles. En los campus universitarios
de la sofisticada Nueva York. A favor de todas las causas, menos la de
la libertad de Cuba.

En la década de los ochenta ayudé a mi padre a crear una red de
columnistas con artículos de los disidentes de Europa del Este. Había
que propagar las voces de los que se habían quedado tras el ''telón de
acero''. Amordazados y furtivos. Viajé a París con la encomienda de
reclutarlos y figuras francesas como el filósofo Alain Finkelkraut
fueron generosas a la hora de ayudar y sumarse a la causa. Leí con
emoción el testimonio del disidente soviético Vladimir Bukowsky, El
dolor de la libertad. Comprendí su aflicción y me identifiqué con ella.

Por cosas de la vocación y del destino me hice periodista como mi padre.
Pero nunca abandoné mi pasión y compromiso por los que luchan contra una
dictadura. Los que se arriesgan y asoman la cabeza en el estercolero. No
hay nada más objetivamente sagrado e inapelable que la búsqueda de
libertad. Creo que lo aprendí en las madrugadas incandescentes. En las
charlas de sobremesa. La única condena posible es la de ser libres. En
mi casa éramos sartrianos. Que nada ni nadie nos cortaran las alas
arbitrariamente. ''El único conflicto de interés es el que puedan tener
con su conciencia''. Nos lo repitieron machaconamente. Y salimos al
mundo con nuestras quimeras y batallas. Son los años de las protestas
por la presencia de un tirano como Castro en las cumbres.
Enfrentamientos con comunistas furibundos que nos insultaron, nos
gritaron y, cuando pudieron, nos agredieron. En Viena, la malvada Hebe
de Bonafini descompuesta a gritos en contra de nuestras preguntas al
entonces líder de las juventudes comunistas de Cuba, ''Robertico''
Robaina. Hoy defenestrado y en plan pijama, como el Castro que ahora
aparece carcomido por un mal terminal. Fueron los años de las pintadas
en la embajada de Cuba en Madrid. Por la liberación de María Elena Cruz
Varela. Por el proyecto de Oswaldo Payá. Por la memoria de Sebastián
Arcos. Por la poesía enclaustrada del prodigioso Raúl Rivero.

Sí. Periodista y militante de la libertad de Cuba. Cruzada de una causa
tal vez perdida. Pero certera y justa como pocas. Ajena a los síndromes
de Estocolmo. A los golpes de pecho de los fariseos. A los miedos de los
cobardes. A los implacables sermones puritanos. Periodista independiente
y rabiosamente libre. Al servicio de mis ideales. Lo aprendí de mi
padre. No tengo otra patria que mi conciencia.

© Firmas Press

http://www.miami.com/mld/elnuevo/news/opinion/15544356.htm

No comments: