HISTORIA
Crónicas de un verdugo (VIII)
Raúl Soroa
LA HABANA, Cuba - Abril (www.cubanet.org) - "Te voy a presentar a un
amigo de los años. Ese sí es el diablo, y si no, se le parece bastante.
Le decían el Músico", me dijo la última tarde en que conversamos, bajo
el techo de fibrocemento del patio, rodeados de matas de plátano de los
llamados burros, esa especie que según el "Gran Agricultor" iba a
solucionar el problema del hambre en el país en los años 90.
Nos pusimos de acuerdo. Pasé a recogerlo y luego de un interminable
viaje en el "camello" llegamos a nuestro destino. El antiguo Reparto
Eléctrico, donde antes vivían los trabajadores de la Compañía de
Electricidad en casas hermosas con jardín al frente, rodeadas de
árboles. Hoy es un conglomerado de megalitos grises, repetidos hasta el
infinito. Polvo, calles sucias y llenas de baches. Caminamos largas
cuadras hasta llegar a un edificio con el número 40 en uno de sus
costados. "Es aquí", dijo mi acompañante. Subimos las empinadas
escaleras hasta el cuarto piso, y tocamos a la puerta.
Nos abrió un individuo gordo, en bermudas, camiseta y chancletas. A
pesar de lo temprano de la mañana -serían más o menos las 9 y 30- el
tipo olía a alcohol de la peor clase.
"Entren".
Se abrazaron. Luego, el hombre intentó repetir el saludo conmigo, pero
logré impedir el estrujón. El apartamento era pequeño, una típica
habitación de microbrigadas. Dos sillones y una mesa eran los únicos
muebles. En la pared, un cuadro enorme de Fidel Castro. A su lado, Che
Guevara, meditabundo, contempla la lejanía.
"Mira, Raúl, él es Angel Cruz, el capitán Angel Cruz, el rey de la
llanura camagüeyana. El Músico".
El gordo entrecierra los ojos inyectados de sangre. Pequeños ojos de
cerdo rodeados de pestañas rubias. Se golpea el vientre con los dedos
regordetes de uñas largas y sucias. Me mira con desconfianza.
"El compañero trabaja conmigo, es de confianza".
Mete la mano en un maletín que trae consigo y extrae una botella de ron.
Los ojillos de cerdo se iluminan, y entreabre la boca en un inconsciente
gesto de placer. Nos sentamos en los sillones desvencijados. El gordo va
a un cuarto y trae una silla de hierro. Sirve en unos vasos plásticos.
De un golpe se bebe todo el contenido.
"Eso lo aprendí de los rusos, no hay nada comparable", dice, y bebe otro
y luego otro, así de un golpe, sin coger aire. Su rostro se ilumina, la
camiseta fue en mejores tiempos blanco, y enfrente tuvo unos fusiles
cruzados o algo así. Ahora es gris y está cubierto de costurones y
agujeros. De pronto se pone alegre y comienza a hacer chistes picantes,
uno tras otro, sin dejar que mi acompañante ponga una. Me impaciento, no
vine hasta aquí para escuchar chistes de Pepito.
El alcohol sigue corriendo y la botella se agota. El trae otra de la
cocina. "Chispa 'e Tren Añejo".
De la botella brota un espeso olor a queroseno. Se sirve sus habituales
tragos rusos. Espero que de un momento a otro caiga redondo en el suelo,
pero eso no ocurre. Mi acompañante sabe lo que hace, e introduce poco a
poco el tema que me interesa. Va llevando la conversación de la
situación actual a la remembranza.
"Eran otros tiempos, compadre. Entonces no permitíamos esas cosas",
dice, y me palmea con fuerza las rodillas. Mi acompañante habla de
Camagüey, de las UMAP, y dice con tono altisonante:
"Aquí tienes al capitán Angel Cruz, un tipo duro de verdad. El sí te
puede contar cómo era aquello. Con él sí no había cuentos de camino. Fue
jefe de campamento, del mejor campamento de las UMAP".
El gordo ríe halagado, y comienzan a intercambiar elogios, a mencionar
méritos, a contar anécdotas de la guerrilla en la Sierra, a hacer
cuentos del Che, de Fidel, del Vaquerito, y continúan los tragos y salen
a relucir más botellas de "Chispa 'e Tren Añejo".
Pienso que no van a terminar nunca de hablar, y comienzo a hablar de
interrogatorios ficticios en que participo como oficial de la Seguridad.
Hablo de los presos, de lo difíciles que se ponen. Mi acompañante mira
extrañado, pero capta la seña, se da cuenta de que estoy tirando de la
lengua del gordo para llevarlo a donde yo quiero, y entonces dice:
"Cuéntale, capitán, cómo era tu submarino".
El hombre ríe a carcajadas. "Oigame, compadre, eso no lo aguantaba
nadie. Lo aprendí en una película de japoneses. Ponía a una de esas
sabandijas a cantar en inglés cualquier canción de ésas de los Beatles,
a uno de ésos que estaban allí por diversionismo ideológico. Lo mandaba
a buscar para que cantara mientras yo interrogaba a los nuevos
detenidos. Los tipos nuevos gritaban asustados, se orinaban de miedo
cuando llegaban a la cabina de audio, como le decíamos al lugar de los
interrogatorios. Venían con la cabeza tapada por una capucha, y les
dábamos un pase de golpes para ablandarlos. El local tenía mucho eco, y
los gritos ensordecían. Entonces es que llamábamos a uno de los más
viejos, de los detenidos por diversionismo y le pedíamos que nos
cantaran una canción de los Beatles. Si se negaba, le aplicábamos el
submarino amarillo. Si cantaba se lo aplicábamos igual. ¿Por qué? Porque
el objetivo era ablandar al nuevo ingreso, hacerle ver que no tenía
salida, y además era muy divertido. ¿Cómo era eso del submarino? Ya te
dije, lo aprendí de los japoneses".
Se dio otra serie de tragos rusos y quedó un rato en silencio con rostro
plácido. Sin duda recordaba los "buenos tiempos".
"Es fácil, se amarra al individuo a una silla. Mientras alguien le
sostiene la cabeza se le introduce un embudo en la boca y se le comienza
a echar agua. Primero poco a poco, después cada vez más cantidad. Oyeme,
compadre, con eso todo el mundo canta".
No puedo evitar sentir horror ante este tipo. Mi acompañante me observa,
noto que vigila detenidamente mis reacciones.
"Oyeme, cantaban de lo lindo, todo un concierto. ¿Verdad o mentira? ¿Era
así o no era así, compadre?"
Mi acompañante asiente y bebe un trago directo de la botella. Hace una
arqueada. Les pregunto si eso era en la UMAP. Se miran entre sí un
segundo, el gordo ríe divertido.
"¡Estos tipos de ahora! Compañero, eso era en Marianao, en…"
¿En dónde?
Mi acompañante le tapa la boca al Músico. Este le hace una seña
cómplice, y ambos comienzan a reír. Es una risa de borrachos, de
connivencia. Es una risa que me revuelve el estómago.
De pronto, el tipo se descuelga de la silla, queda en una posición
incómoda, de medio lado. La botella vacía rueda por el suelo percudido
de la habitación. Es como si lo hubieran desconectado de pronto. Un hilo
de baba le corre por la comisura de los labios.
"Vamos", dice mi acompañante. "El Músico está liquidado. Acabas de
conocer al diablo".
http://www.cubanet.org/CNews/y06/apr06/20a9.htm
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