HISTORIA
Crónicas de un verdugo (IV)
El Chino
Raúl Soroa
LA HABANA, Cuba - Marzo (www.cubanet.org) - "El hombre no hablaba.
Camejo le había dado con todo, y el tipo permanecía en silencio. No sé
si serían ideas que yo me hacía, pero el hombre sonreía. Del cuerpo
escuálido por los días de hambre, del rostro demacrado, casi
irreconocible a consecuencia de los golpes, emanaba una energía, una
fuerza indefinida que causaba molestia.
"Se lo llevaron casi a gatas por el pasillo a oscuras, el rostro tapado
por una capucha negra, desnudo. Camejo desesperaba, llevaban una semana
de interrogatorio y el detenido no decía palabra. Lo llevaron a la sala
especial, al sótano.
"Era el único capturado con vida del grupo de Polito, vinculado al MRR
en Las Villas. Un delator nos había señalado el escondite del grupo
clandestino de propaganda. La sorpresa nos permitió acabar con ellos sin
encontrar apenas resistencia. Eran seis hombres y una mujer. La mujer
murió en la acción, los demás fueron ametrallados por orden del
comandante Camejo en el pasillo que conducía a la calle. El único
sobreviviente del grupo fue capturado minutos después, al intentar,
desconocedor de lo acontecido, penetrar en la vivienda del reparto
Capiro, en Santa Clara.
"Entre Camejo y dos de los soldados que nos acompañaban desarmaron al
contrarrevolucionario, lo condujeron a uno de los cuartos de la vivienda
y lo amarraron a una silla con su propio cinto. Ahí comenzaron a
golpearlo, sin mediar preguntas, por puro odio. Golpeaban ferozmente,
sin método, por cualquier parte. Uno de los soldados arrancó el cable de
una lámpara de noche y comenzó a dar corriente en las tetillas, en los
labios y los oídos del hombre.
"Un teniente de la Seguridad del Estado intentó llevarse consigo al
prisionero, cosa que Camejo no permitió, argumentado que pertenecía, el
detenido, al Puesto de Mando de Operaciones Especiales. Al final, el
teniente se marchó y el hombre fue conducido a una casa en las afueras
de la ciudad, una bella mansión convertida en centro de detención e
interrogatorios para detenidos especiales.
"Era una sucursal del infierno. Los presos eran sometidos a todo tipo de
humillaciones y maltratos. Permanecían encapuchados y desnudos desde su
llegada. Les daban poco agua para beber, no les permitían asearse, la
comida escasa les era suministrada a horas diferentes del día.
Permanecían encerrados en habitaciones con aire acondicionado en algunas
ocasiones o en unos calurosos sótanos en otras, o alternaban ambos
lugares. Les azuzaban perros pastores mientras eran conducidos a las
salas de tortura. Durante los tres primeros días caían en manos de
Camejo y su grupo. Era el período de ablandamiento, donde eran sometidos
a golpizas, choques eléctricos, eran humillados. Camejo acostumbraba a
obligar a los presos a beber su orina, les embarraba heces fecales, los
escupía, los ponía a ladrar como perros, etc. Al tercer día, si el preso
no confesaba, los cogía El Chino.
"En el caso que nos ocupa, Camejo se había tomado la cosa como algo
personal. Aquel hombre sonreía a sus verdugos, y de sus labios apenas
escapaba una queja. No sabíamos su nombre, nada de él, guardaba
empecinado silencio. Era una masa amorfa, cubierto de moretones,
inmundicias y sangre coagulada. Camejo le había quitado la capucha el
segundo día porque el hombre no emitía sonido. Llevaba una semana
interrogándolo, al menos quería saber su nombre, pero el tipo le miraba
con lo que le quedaba de ojos, y sonreía. Las preguntas caían con furia,
machaconas. Nombre, dirección, nombres y direcciones, danos un nombre y
te salvas de este calvario. Pero nada, silencio, ni una palabra, ni para
ofender.
"A la semana, el comandante Camejo, jefe del Puesto de Mando de
Operaciones Especiales, verdugo voluntario y por placer, desistió y
cedió su lugar al especialista, al Chino.
"Era un hombre viejo, un chino viejo. Vestía siempre de civil y no
conversaba con nadie. Hacía su trabajo y luego se marchaba sin decir
palabra. Su rostro no reflejaba emoción alguna. Era fama que quien caía
en sus manos hablaba a los pocos minutos.
"Ese día llegó, se acercó al preso, lo contempló unos minutos y luego
solicitó que todos se marcharan de la habitación. Luego, repentinamente,
pidió un ayudante. Camejo me ordenó quedarme.
"Miró fijo a los ojos del preso, abrió su maleta de cuero negro y
extrajo un envoltorio de tela gris que desenvolvió sobre una mesita de
metal niquelado. Pude ver agujas de distintos tamaños, pinzas, bisturís,
unos pequeños martillos y otros artilugios desconocidos. Se los mostró
al hombre.
"Tomó una de las agujas y se la introdujo al tipo en una zona del
cuello. Despacio, muy lentamente, la aguja fue hincándose en el cuello.
El Chino la hacía girar. Unas gotas de sudor aparecieron en el rostro
del prisionero, nada más, ni un gesto de dolor, nada. El Chino se sentó
en una banqueta alta a observarlo. El hombre le sonrió.
"El Chino tomó una jeringuilla e inyectó algo al hombre en las venas.
Luego le dio un pequeño tajo con el bisturí en una de las rodillas. A
los pocos minutos otro bien cerca del primero, en la articulación,
después bajo el brazo. Preguntó: nombre, dirección. 'Di tu nombre o vas
a sufrir'. Movía de vez en cuando la aguja. El hombre no emitía sonido
alguno.
"Introdujo otra aguja, ahora en el hombro, y le dio un corte en la
axila, en la otra axila, en la articulación del codo. 'Nadie aguanta la
tercera aguja', dijo, y removió las dos que sobresalían del cuerpo
martirizado. El prisionero le miró fijo a los ojos y le sonrió. ¿Cómo
era posible? 'Habla de una vez', le dije, 'habla', y el tipo me miró con
desprecio. Sí, había un profundo desdén en su mirada.
"Llegó la tercera aguja, y luego la cuarta. Una en la espalda, otra
entre los ojos y más cortes de la cuchilla. La sangre y el sudor corrían
juntos por el cuerpo del hombre, que ya no sonreía, pero tampoco decía
palabra. Unos pequeños estremecimientos le recorrían el cuerpo. 'Habla,
por favor', le pedí. 'Habla, coño, termina con esto'. El bisturí cortaba
con una calculada frecuencia, y el cuerpo del tipo se estremecía.
"A las seis horas de interrogatorio, El Chino recogió sus instrumentos y
se marchó. Camejo entró y dio la orden: 'Este no va a hablar, mátenlo'.
Lo llevaron al patio trasero de la casa y le dieron un tiro en la nuca.
"Era una hermosa casa en las afueras de Santa Clara, cerca de donde está
el motel Los Caneyes. Estilo moderno, con grandes ventanales de cristal
verde al frente. Tiene dos plantas, sótano y una piscina pequeña en
forma de frijol. En el patio trasero hay una fosa común. En ella yacen
cientos de hombres y mujeres, casos especiales. No hay testigos, de esa
casa nunca se salía vivo".
http://www.cubanet.org/CNews/y06/mar06/16a9.htm
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