Cuatro generaciones sin cambios
HILDEBRANDO CHAVIANO MONTES | La Habana | 17 Mayo 2016 - 8:30 am.
Es una noticia publicada en el diario Granma: Cuba cerró el año 2015 con
una población de 11.239.004 habitantes, de los cuales el 19,4% nació en
o antes de 1955. De ellos, una buena parte eran niños o adolescentes en
enero de 1959. Si a estos 2.180.366 cubanos sumamos los nacidos entre
los años 1956 y 1959, nos percatamos que de los cubanos que en enero de
1959 dieron su apoyo a la revolución fidelista quedan con vida, si
acaso, unos cientos de miles de jubilados, achacosos, frustrados y
llenos de resabios.
Si descontamos, por supuesto, a los menores de edad que asistían entre
asustados y extasiados a la entrada triunfal del ejército rebelde en La
Habana y que hoy peinan canas, el número de cubanos que según el régimen
votó por la revolución en 1959 y más tarde en el año 1961 por el
socialismo, no llega al 20%. Pensar que el total de esos ancianos sigue
apoyando hoy lo que fue su revolución, es burlarse del sentido común.
Entonces, ¿de dónde le viene al castrismo su capacidad de reciclarse de
generación en generación, embaucando a unos y comprando a otros? Un poco
se debe al carisma indiscutible de Fidel Castro. Su verborrea
incontenible, llena de fanfarronadas, promesas y elucubraciones
apocalípticas, contribuyeron a crearle un aura de héroe mítico que, a
pesar de los múltiples fracasos y las profecías incumplidas, permaneció
incorporado a la vida de los cubanos como un mal crónico que solo ahora,
cuando su deteriorada imagen personifica el deterioro de la propia
revolución, parece llegar a su fin.
Ni atentados ni potencias amigas caídas en desgracia, ni embargos ni
invasiones: el propio caudillo ha destruido su imagen porque vivió
demasiado, no se retiró a tiempo y se le acumularon los incumplimientos,
las poses dejaron de impresionar, y de pronto todo el mundo lo ve en su
verdadera dimensión, como un anciano desgastado y enfermo, responsable
del sufrimiento de su pueblo y sin voluntad para reconocerlo porque el
ego en él es demasiado. Ahora se complace en recibir visitantes curiosos
y repetir el mismo discurso anticapitalista que nadie escucha.
La revolución, que envejeció con su líder, ya perdió la capacidad de
reciclarse, y la apatía y la simulación sustituyen al fervor
revolucionario capaz de convertir los reveses en victorias o al menos
creerlo. Los nacidos dentro de la revolución, el 80% de la población de
la Isla, no están identificados con los barbudos de la Sierra Maestra, y
solo por referencias conocen de Playa Girón y la Crisis de Octubre. La
intervención de las tropas cubanas en la guerra de Angola y la
exportación de guerrillas a Latinoamérica carecen de sentido para una
población joven que canta mal el himno nacional, prefiere el fútbol a la
pelota y definitivamente no les interesa ser como el Che.
Una población envejecida, pero a la vez nueva, merece su oportunidad de
escoger el tipo de país que prefieren, y no aceptar servilmente el que
les fue impuesto hace casi 60 años, cuando la mayor parte de ella no
había nacido. Igualmente, tampoco está obligada a seguir a un partido
político fracasado en sus propósitos y autoerigido guía supremo y eterno
del destino de los cubanos.
Los cubanos de 2016 no conocen de una URSS nuclear y amamantadora de
caudillos derrochadores y utópicos, y hoy asisten a un mundo donde
Rusia, China y Vietnam son países capitalistas. La otrora empobrecida
América Latina nos envía ayuda y nos compra servicios médicos; el santo
padre de la Iglesia Católica Romana es un argentino; el presidente de la
nación más poderosa del planeta es negro y, para colmo, se declara amigo
de Cuba, nos visita y le estrecha la mano al representante de la
dictadura que convirtió el derrotar a EEUU en su razón de vivir,
llegando al extremo de la amenaza atómica.
Definitivamente, los gobernantes cubanos y su sistema político y
económico no tienen nada que ver con la realidad del mundo y del pueblo
cubano del siglo XXI. Una vez más, Cuba se queda atrás en la historia de
los cambios. Fue el último país del continente en liberarse del
colonialismo español y ahora le disputa encarnizadamente a Corea del
Norte el título de último reducto del comunismo.
Una constitución que acoja los Pactos Sobre Derechos Civiles, Políticos
y Económicos de las Naciones Unidas y la promulgación de leyes
complementarias sería lo primero que tendrían que hacer los gobernantes
para abrir Cuba al mundo y a esa inmensa mayoría de cubanos que no creen
en las bondades del comunismo, bondades que nunca nadie conoció.
Source: Cuatro generaciones sin cambios | Diario de Cuba -
http://www.diariodecuba.com/cuba/1463470219_22376.html
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