Guaguas peligrosas
Antes eran escasas y venían repletas. Ahora lo mismo, pero más
inseguras, con actos criminales y satanismo incluido.
Federico Fornés, La Habana
lunes 10 de marzo de 2008 6:00:00
No estaba ni Río ni en México DF, sino en La Habana y a pleno sol.
En un viaje de rutina, el bibliotecario HS pensó en la muerte cuando dos
furibundos jugadores de chapitas sacaron sus armas blancas. Sentado
justamente a mitad de la escena, el testigo sólo atinó a cerrar los ojos
para huir del filo de los cuchillos.
"Montaron en el Cerro y, en combinación con otro que subió dos paradas
después, hicieron el numerito", relata el empleado que todos los días
toma el ómnibus de línea número 20 para acudir a su trabajo en la Habana
Vieja.
Los jugadores convirtieron el vehículo en un casino rodante. El
conductor ni se inmutó, al parecer por temor a represalias. No pasaban
de las dos de la tarde.
Se trata de un viejo juego, supuestamente de azar, que floreció a
principios de los años noventa, en plena crisis.
El jugador debe adivinar cuál es la chapa marcada en su envés. Para
ello, el dealer mueve con rapidez de aleteo las fichas de lugar sobre un
pequeño tablero, al parecer aleatoriamente, pero siempre sabiendo ubicar
el objeto marcado. A veces se deja ganar un par de tandas, para luego,
al subir las apuestas, acaparar todo el dinero.
La farsa, entre dos o más supuestos desconocidos, es la carnada para que
otros prueben fortuna. Finalmente son embaucados con la miel en los labios.
Sin embargo, puede haber un error de cálculo en el timador, y eso fue lo
que hizo estallar la violencia en la ruta 20.
"El que había ganado reclamó su dinero y los delincuentes se negaban a
dárselo. Entonces uno de ellos sacó un cuchillo, mientras el otro —el
estafado— hizo otro tanto. Me quedé atónito. Nunca pensé que había tanta
gente armada en este país y mucho menos que en las guaguas pasara eso",
recuerda aún atribulado el bibliotecario.
Las apuestas llegaron hasta los 20 CUC, equivalentes a 500 pesos, casi
el salario de un especialista en Medicina General Integral, que dado el
costo de la vida es una mensualidad volátil.
¿Alguien iría a las cuchilladas por 20 CUC?
"Hasta por menos que eso", responde una enfermera del hospital
Ameijeiras, un gigante que domina la chatedad urbanística del centro
capitalino, atestado de solares y vecindarios amalgamados donde vive la
mayoría de los malhechores. La casbah, le llaman los culteranos,
aludiendo a los barrios laberínticos y pobres de Argel.
'Cada día más jóvenes'
El cuerpo de guardia del hospital, de cara al malecón, atiende todo tipo
de lesiones y contusiones de reyertas diarias, sobre todo nocturnas y de
fin de semana.
Para esta experta en reanimación, lo peor "es que cada día son más
jovencitos los que llegan con heridas o fracturas" de armas blancas o de
fuego. "Dicen que en La Habana ya hay hasta talleres clandestinos para
fabricarlas. ¿Quién para eso?", se pregunta alarmada.
Es posible que la delincuencia esté migrando hacia los yutong, ómnibus
chinos que en número superior a los doscientos entregan cierto alivio al
transporte en la capital, cuyo movimiento de pasajeros decreció en nueve
veces desde fines de la década de los años ochenta hasta 2006.
Decretos de última hora han endurecido las penas para los portadores de
armas blancas en la vía pública.
Recién la policía montó operativos diarios en los llamados "camellos",
que, dado el hacinamiento y el paso farragoso de los usuarios, han sido
el paraíso de los cacos.
Los rateros se arman de cuchillos afiladísimos y pequeños, a los que no
colocan empuñaduras, sino que terminan entizados en cinta adhesiva. Al
no ser gruesos, caben dondequiera. Casi siempre viajan disimulados en
libros y periódicos o enfundados en bolsas de nylon, un artículo que
forma parte del atuendo de cualquier cubano.
Con esos filosos instrumentos estos cirujanos del robo rajan las
carteras y bolsos de las víctimas sin acudir a métodos violentos. Por lo
general, los hurtados se percatan del hecho demasiado tarde. A veces al
llegar a sus trabajos o casas.
"Y ni se molestan en declararlo a la policía. ¿Pa' qué?", interviene un
ex guardia de seguridad que ahora vive de la pesca furtiva de corales.
Lo declara sin rubor.
Reconocimiento oficial
Las indisciplinas, los atracos y la violencia también llegaron a las
páginas de la prensa, que siempre guarda mucho recato en publicar
episodios de ese tipo.
En enero pasado, el diario oficialista Juventud Rebelde, único
autorizado a tocar ciertos temas escabrosos, redactó un largo reportaje
acerca del vandalismo en ómnibus metropolitanos de línea.
Dos policías que llamaron al orden en uno de los vehículos, fueron
atacados de repente por quince hombres en una fría madrugada de
diciembre de 2007, luego que la algarabía y el toque de rumba en los
asientos hacía el viaje insoportable.
"En medio de la 'piñacera', golpearon a los policías, los agredieron con
picos de botellas e incluso intentaron desarmarlos… Desde abajo, después
de lanzarse precipitadamente del ómnibus, varias de las personas que
habían provocado el incidente atacaron a pedradas el autobús y
fracturaron varias ventanas sin importarles quién resultara herido",
relató el periódico.
Los gamberros fueron posteriormente detenidos y están en espera del
fallo del tribunal. Según la fuente, desde septiembre de 2007 se han
efectuado una veintena de "juicios ejemplarizantes... en un intento de
las autoridades por hacer ver que nadie saldrá impune si altera el orden
público y con sus acciones intenta detener, consciente o de manera
irresponsable, la mejora del transporte público".
Durante todo 2007, sólo en la capital, se produjeron 246 hechos
vandálicos a bordo del transporte público, de los cuales 56 fueron en
metrobús o "camellos", 174 en ómnibus convencionales, incluidos los
flamantes yutong, y 16 en taxis.
Irma Paredes, una especialista en rehabilitación de adictos, se lamenta
que ya no sale a ver teatro, su "verdadera pasión".
Una noche, de regreso a casa en el barrio de La Víbora, presenció
aterrorizada como un grupo de muchachos vestidos de negro, tatuados
hasta los pelos y, evidentemente, drogados, se autocortaban para
"chuparse la sangre los unos a los otros" en la ruta 174.
El chofer intentó bajarlos. Fue imposible. Entretanto, no apareció
ningún policía y los gritos, cantos y jerigonzas fueron la tónica del
viaje satánico. Desde entonces, el telón bajó para esta diletante. Sus
amigas la animan a que retome la vida cultural, pero ella responde que
"es mejor cuatro paredes que cuatro velas".
http://www.cubaencuentro.com/es/encuentro-en-la-red/cuba/articulos/guaguas-peligrosas/(gnews)/1205125200
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