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Sunday, April 10, 2016

Desechar las convicciones

Desechar las convicciones
[10-04-2016 01:13:23]
Alberto Medina Méndez

(www.miscelaneasdecuba.net).- Parece que los principios ya no importan
mucho a la hora de hacer política. Al menos eso es lo que surge al
observar lo que hace la inmensa mayoría de los dirigentes cuando debe
fijar posturas y brindar discursos en público.
Queda en el aire esa sensación de que las decisiones se toman en base a
un conjunto de conveniencias circunstanciales, a un pactado intercambio
de beneficios mutuos y siempre de la mano de ocultos acuerdos que la
gente desconoce, no por azar, sino por expresa voluntad de los
protagonistas.

La política sigue siendo una actividad de escaso prestigio. Las acciones
poco transparentes de quienes la ejercen no ayudan demasiado. La gente
percibe que los que hoy opinan de una manera, mañana pueden hacerlo de
un modo diametralmente opuesto, sin siquiera sonrojarse.

Debe quedar en claro que cambiar de parecer no es un pecado. De hecho,
puede ser el síntoma de una meritoria evolución y sinónimo de una gran
honestidad intelectual. Cuando una visión sobre la realidad es
cuestionada y los argumentos que sostienen esa crítica tienen suficiente
sustento, pueden dar paso a una idea mucho mejor, superadora y con mayor
fundamento. En esa circunstancia, ese gesto de reemplazar opiniones debe
ser aplaudido.

Se requiere, para eso, de una colosal capacidad para dudar de lo que se
ha dicho siempre y estar dispuesto a someter las propias miradas al
complejo desafío de una interpelación constante frente a otras ideas,
contrastándolas con nuevas perspectivas e interpretaciones diferentes y
originales.

Lamentablemente, esto se verifica con mayor frecuencia en los ámbitos
científicos y académicos, que en el mundo de la política, donde la
hipocresía, la versatilidad y el cinismo parecen ser, no solo moneda
corriente, sino una virtud en el desempeño de esa tarea.

Cuesta comprender la falta de escrúpulos de muchos dirigentes que con la
misma potencia que sostenían hoy una visión, luego reniegan de ella.
Vale la pena insistir en esto de que el problema no pasa por cambiar de
posición frente a un tópico cualquiera, sino en la escasa dignidad para
aclarar los motivos de esa revisión, que pudiendo ser genuina, se
desacredita ya no por la eventual mutación, sino por la inocultable
ausencia de explicaciones.

Mucha gente se indigna frente a este tipo de montajes burdos,
excesivamente habituales en la política contemporánea. Pero no menos
cierto es que estas mismas sociedades no han tenido la osadía suficiente
para repudiar con determinación estas acciones que tanto critican por lo
bajo. La queja aparece por poco tiempo, en el intercambio superficial
entre amigos, pero luego se olvida rápidamente con preocupante displicencia.

Ya se sabe que lo que no tiene costo político para un dirigente, lo que
no implica una caída en sus posibilidades futuras, termina
convirtiéndose en un estímulo. Es bueno comprender que en países como
estos, ese tipo de imposturas se reiteran hasta el cansancio,
cíclicamente, justamente porque la sociedad las pasa por alto
borrándolas de su registro.

Todo esto también ocurre como consecuencia de un premeditado proceso de
vaciamiento ideológico que se ha vivido en las últimas décadas con mayor
impulso, bajo el paraguas del endiosado pragmatismo.

Los partidos políticos que se han ocupado expresamente de hacer una
apología de la flexibilidad de sus creencias han generado
deliberadamente este fangoso terreno que les resulta muy cómodo porque
pueden decir lo que sea sin costo alguno y cambiar de visión con total
maniobrabilidad.

En los países más serios, con mayor gimnasia cívica, los partidos
promueven un conjunto de ideas, se identifican con ciertos preceptos y
la gente sabe que esperar de ellos frente a cada tema planteado. Sus
posturas no son sorpresivas y el margen de ductilidad se utiliza solo
para cuestiones instrumentales, pero no para abandonar los principios
básicos.

Mientras se siga idolatrando a los pícaros, mientras se continúe con
esta detestable práctica ciudadana de apoyar a personas despreciables,
los resultados serán estos y habrá que soportar esta maldita inercia.

La política actual prioriza solo sus intereses. Hace acuerdos a espaldas
de todos, canjea favores personales, ofrece ventajas sectoriales y
privilegios de casta. Esa volubilidad le resulta tremendamente funcional
y cuenta con la complicidad de una irresponsable ciudadanía que avala
ese esquema porque prefiere no apegarse a una escala de valores tan
inquebrantable.

Nadie ha "recuperado la capacidad de reflexionar, ni de decir lo que
piensa". En todo caso, sería más apropiado reconocer que hoy resulta
conveniente hacer esto, decir eso y borrar con el codo lo que se
escribió con la mano. Es solo una muestra de la perversidad de un
sistema, del descaro de una generación de políticos y de una sociedad
que tiene mucho que replantearse, porque no solo ha votado a personajes
como esos, sino que aprueba a diario, tal vez sin darse cuenta del todo,
este tipo de conductas que no son aisladas, sino que forman parte de su
inalterable escenografía.

Muchos repiten hasta el cansancio aquello de que "la política es el arte
de lo posible", y utilizan esta frase para justificar su eterna
adaptabilidad y sus ambiguas posiciones. Que estos episodios se hayan
naturalizado más allá de lo deseable no los convierte, de modo alguno,
en éticamente correctos.

El presente no es fruto de la causalidad. Buena parte de lo que sucede
tiene que ver con lo que se hace mal y la clase política no es la
excepción a la regla, sino en todo caso, una prueba irrefutable de la
decadencia moral de una sociedad que, en su vida diaria, funciona de
idéntico modo, con un doble estándar, reclamando a los demás un status
moral que no se pide a sí misma. No solo la política hace siempre lo que
más le conviene. Muchos individuos también han caído en la tentación de
desechar las convicciones.

Source: Desechar las convicciones - Misceláneas de Cuba -
http://www.miscelaneasdecuba.net/web/Article/Index/57098c933a682e17e0af4c67#.Vwo-JqR97ic

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