Silvio, el cautivo
By ALEJANDRO RIOS
El cantante poeta llenó de esperanza a toda una generación. Se apareció
en un show de variedades de la televisión cubana con espejuelitos a lo
John Lennon, desgarbado, unas greñas ralas por donde asomaban sus orejas
y botas cañeras. Era una presencia insólita en un programa de
lentejuelas y glamour cabaretero. Parecía que no sobreviviría el susto
de estar ante una cámara.
En esa época, años sesenta, la informalidad estaba de moda, era un canon
impuesto por la llamada contracultura norteamericana. Luego le dieron
hasta su propio espacio en la pequeña pantalla, tanta había sido la
aceptación. Quizás, desde entonces, la policía política, siempre
hacendosa, pensó que podía moldearlo a sus intereses.
Su generación no había encontrado un lugar estable en las jerarquías
revolucionarias cubanas, lo cual era muy necesario para abrirse paso,
sobre todo en el campo de la cultura artística. Algunos de sus amigos
cercanos como el Chino Heras y el Rojo Nogueras fueron duramente
castigados en sitios laborales hostiles.
Mientras labró su carrera, no libre de obstáculos políticos, tuvo la
sagacidad de hacerse el lobo solitario porque supo, desde temprano, que
los grupos en aquella sociedad no eran bien mirados.
Tal vez pensó que su humilde origen provinciano y la temporada infernal
que pasó en el llamado Servicio Militar Obligatorio, habían sido el
bautismo de fuego que el proceso revolucionario le exigiría para
progresar. Pero no fue así.
Un atorrante de apellido Serguera se hizo con los destinos de la
televisión de donde el cantante fue vetado de manera ominosa. Su
programa Mientras Tanto se acabó e incluso su presencia durante una
transmisión del Festival de Varadero fue duramente cuestionada. A
Serguera lo dejaron hacer. Nadie, durante un tiempo, defendió al
desprotegido músico. El miedo era una buena manera de hacerlo entrar por
el aro.
Al final, dos castristas ortodoxos con disfraz de liberales, la
Santamaría, de linaje moncadista, y Guevara, el del cine, no el
guerrillero, terminaron por salvaguardarlo de la tormenta que se
avecinaba. El trovador tenía madera de redención, no había que
aplastarlo como hicieron con otros creadores tozudos empeñados en
cultivar la libertad y la rebeldía. La vida les dio la razón.
Todavía en el año 1970 el cantante se fue para una aventura hippie
convocada por la Unión de Jóvenes Comunistas en el Campamento Venceremos
del central azucarero Habana Libre. Antes de que aquella utopía florida
fuera abruptamente interrumpida con cierta violencia, el famoso trovador
ya había escapado como si alguien lo hubiera mantenido al tanto de los
acontecimientos por venir.
En el año ochenta repudió públicamente a un colega que le dio por irse
del país como una escoria cualquiera. Y a otro, un tal Pérez, lo llevó
contra la pared por asociarse con apátridas.
De un largo recorrido que hiciera en el barco de pesca Playa Girón
regresó totalmente reeducado. Con el éxito que estaban teniendo sus
canciones en otros países y al constatar lo bien que vivían trovadores
de su misma filiación en España y América Latina, el cantante poeta
decidió que ya no sufriría más calamidades y se mantuvo distante del
pueblo que un día lo aclamó.
Al renunciar a su supuesta rebeldía, se hizo de toda la libertad que
necesitaba en medio de una tiranía agobiante. Nunca más debió abordar un
ómnibus. No supo qué eran las libretas de racionamiento. Sus hijos
siguieron tomando leche después de los siete años. Viajó todo lo que
quiso para poder respirar. Se hizo de una buena casa y hasta de un
estudio de grabaciones mientras a su amigo Pablo le prohibían una
Fundación. Todas las represiones a intelectuales y artistas amigos o
conocidos le resbalaron por el lomo de la guitarra.
A todas estas debió esperar bien entrados los años ochenta para recibir
la bendición personal del dictador que lo había ignorado ex profeso. El
encuentro se produjo en Casa de las Américas en medio de tremendo corre
corre. Castro se sentó a conversar con él y Pablo. Realmente ellos
enmudecieron y el comandante monologó como siempre.
in embargo, no lo hicieron partícipe de las tertulias en casa de Antonio
Núñez Jiménez con Gabriel García Márquez, como le hubiera gustado.
Ha hecho lo indecible por ganarse la confianza del poder, hasta se
alistó en el parlamento, que aún hoy lo vigila y acosa porque nunca se
sabe con los artistas. Basta saber que tiene un hijo rapero al borde de
la disidencia.
Cierta vez, para defender la revolución, incluso se dejó entrevistar por
un impertinente periodista gay peruano que lo hizo lucir muy mal en
televisión y ahora acaba de interrumpir una polémica pública con otro
enemigo que hubiera puesto en peligro su buena vida y el concierto que
tiene programado para el prestigioso Carnegie Hall el próximo mes de junio.
http://www.elnuevoherald.com/2010/05/11/v-fullstory/716135/alejandro-rios-silvio-el-cautivo.html
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