Guillermo Fariñas
14 de noviembre de 2007
Santa Clara, Cuba – El pasado día 8 de septiembre de 2007 amaneció
lluvioso en la ciudad de Santa Clara. Bastante fueron los feligreses
auténticos que pensaron que habría poca asistencia a la misa de la
Caridad del Cobre, la santa patrona de Cuba. Pero Dios es todo poderoso
e hizo que las gotas de agua dejaran de caer pasadas las 7 de la noche.
Ya a las 8 la Iglesia Buen Viaje, sito en la esquina conformada por las
calles Unión de Buen Viaje y Marta Abreu, estaba repleta de cristianos
anegados en sudor, porque los ventiladores no daban abasto.
Las calles aledañas comenzaron a llenarse de personas que se conformaron
con oír al obispo Arturo González Amador por los audios exteriores.
Unos casi 50 opositores pacíficos residentes en la capital de Villa
Clara, junto a unos pocos de los municipios cercanos, se prestaron a
acudir frente a la virgen, para pedir que la isla sea libre y
democrática y que los prisioneros políticos salgan de las cárceles
cubanas, las cuales están caracterizadas por el matonismo más rampante y
la falta de higiene.
Otros 250 miembros activos o auxiliares de la policía política y
miembros de la paramilitar Asociación de Combatientes de la Revolución
Cubana, también recibieron la peculiar orden de ir a escuchar misa. Lo
estrambótico estuvo en que estos seguidores del sistema político del
gobierno actual, en su inmensa mayoría, no profesan a Dios.
A dos cuadras de allí, en el cuartel de bomberos de la calle Gloria,
funcionó el puesto de mando de la contrainteligencia. Los muchachos de
enfrentamiento a la actividad subversiva enemiga, los que vigilaban la
manifestación religiosa.
Los disidentes que pasaron por frente al cuartel de marra, se pudieron
percatar con asombro que toda la oficialidad en el sitio reunida del
departamento de enfrentamiento, les era totalmente nueva y desconocida.
Ya no se acechaban Vladimir Méndez, Pablo Echemendía, Bagué, Vidal
Menéndez, Rubén González, Pedro Pérez, Alexander Hernández y muchos otros.
Ahora cuando se inició la procesión tras lar urnas de la Virgen del
Cobre, los pro demócratas villaclareños no sabían de quienes debían
cuidarse. El terror los embargó, pues no conocían a los represores de
estos tiempos. La inseguridad y la angustia hicieron mella en ellos.
No obstante a esto, los disidentes se fijaron en unos jóvenes con
camisetas de camuflaje del ejército estadounidense y pulóveres con
letras en el idioma de William Shakespeare. Por cierto, la lengua del
enemigo yanqui. Todos estos cadetes, se distinguían por estar pelados
bien bajitos, con patillas cortadas a lo militar y espaldas demasiado
atléticas.
Se hacían notar por lo incisivo en su manera de mirar, como miran los
policías en cualquier parte del mundo, escrutando y sospechando de todo.
Pero todos portaban un inocente audífono en el oído, conectado a un
equipo MP3, y como quien no quiere las cosas, cada cierto tiempo
hablaban por algún micrófono cercano a sus cuellos. La represiva había
jubilado a los más conocidos.
Los civilistas en la mayor ciudad del centro de la isla reconocieron a
los nuevos oficiales al acecho. Trataron de no olvidar las nuevas caras.
Les extrañó no ver entre ellos a ninguno de raza negra. Ni tan siquiera
un mestizo. Sin dudas la jefatura de la dirección general de
contrainteligencia en Villa Clara padece el defecto de ser racista. No
quiere oficiales negros en enfrentamiento.
La misa de la Patrona de Cuba, por lo menos en Santa Clara, sirvió para
algo bueno, pues en ella desfilaron, por distintas motivaciones,
patriotas con ideologías encontradas e incompatibles, y no existieron
provocaciones o agresiones por ninguna de las partes. Dentro de la
sociedad totalitaria isleña, es un paso adelante en la tradición cristiana.
http://www.bitacoracubana.com/desdecuba/portada2.php?id=5781
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