De un país calcinado
El rock cubano de hoy tiende a plantear una disidencia radical, sin
programa político
DIEGO A. MANRIQUE
16 MAY 2016 - 00:00 CEST
Lo habrán oído, seguro. Gustan los cubanos de presentarse como la gran
potencia musical del mundo, compitiendo únicamente con Estados Unidos y
Brasil. Sin embargo, cualquier observador atento detecta un hueco, una
ausencia estridente: no hay rastro del rock en las crónicas oficiales de
la música de la Cuba revolucionaria.
Al menos, en sus primeros cuarenta años. Toda una paradoja, ya que uno
de los primeros combos en traducir el rock and roll al español fueron
los habaneros Llopis. Luego, un misterioso vacío que llega casi hasta el
presente, donde dominan los grupos extremistas, practicantes de todas
las variedades del heavy metal y el punk no necesariamente cantadas en
español. Parece como si el rockero cubano quisiera calcinar la realidad,
borrar el entorno, abjurar de la cultura en la que han crecido.
No es exactamente así. Alguien debería editar aquí Hierba mala: una
historia del rock cubano, del crítico musical Humberto Manduley. Los
asuntos que trata son universales: la identidad nacional, las políticas
culturales, la institucionalización de músicas antaño perseguidas.
Asegura Manduley que nunca se dejó de tocar rock en Cuba. Pero fue un
rock alicorto, más preocupado de calcar las propuestas anglosajonas que
de crear algo propio. Respondía al achatamiento de la oferta: en los
sesenta, se vetó la difusión de discos británicos o estadounidenses; a
cambio, se emitían las grabaciones de conjuntos españoles. En términos
prácticos, eso suponía que se difundían las canciones de The Beatles en
versión de Los Mustang.
Manduley rescata algunos anatemas de los hermanos Castro. Fidel, en
1963, parecía dudar de la virilidad de esos jóvenes que "andan por ahí
con unos pantaloncitos demasiado estrechos; algunos de ellos con una
guitarrita en actitudes elvispreslianas". Por su parte, Raúl, ministro
de las Fuerzas Armadas en 1972, relacionaba directamente la escucha de
un programa musical de la BBC con "actividades contrarrevolucionarias y
antisociales".
No vean maldad en recordar esas frases desafortunadas: se trata de
evidenciar una censura que ahora se niega pero que no por sigilosa fue
menos efectiva. En 2000, ya en una etapa de mayor tolerancia, el
entonces ministro de Cultura, Abel Prieto, tranquilizaba a Fidel durante
la inauguración de la estatua de John Lennon en La Habana: no se honraba
a un músico sino a "un hombre de ideas muy avanzadas" [sic].
Hierba mala explica la imposible tarea de desarrollar un rock creativo
en una sociedad que durante décadas consideró que esa música escondía
"diversionismo ideológico". Una música tan underground que apenas
generaba actividad económica: hay que asumir las carencias de todo tipo
para entender la casi total ausencia de grabaciones o la pobreza sonora
de las pocas que se hicieron.
Son pocos los grupos que tienen un modus vivendi en su música. Pocos… y
mal avenidos. Los metaleros son separatistas. En el memorable argumento
de Juan Carlos Torrente, líder de Combat Noise, "el metal creció en la
barriga del rock durante los años setenta y ochenta". "Pero después de
un parto feliz, se ha desligado completamente y ya no es un subgénero
dentro de la música rock".
Hoy, el rock cubano tiende a plantear una disidencia radical, sin
programa político. Leyendo a Manduley, se aclaran anomalías que a los
visitantes nos parecían delirantes: por ejemplo, el rechazo de los
aficionados más militantes al rock autóctono que se fusiona con
elementos nítidamente cubanos; se trata de un "rock oficial", por lo
tanto, sospechoso. Como suele ocurrir en la isla, hay una lógica pero
muy retorcida.
Source: De un país calcinado | Cultura | EL PAÍS -
http://cultura.elpais.com/cultura/2016/05/15/actualidad/1463327939_308498.html
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