Odisea insular
FRANCISCO ALMAGRO DOMÍNGUEZ | Miami | 11 Abr 2016 - 6:00 am.
Las apuestas de que nada pasará en el VII Congreso del PCC están 100 a
1, con tendencia a la baja. Las razones son varias. Casi todas coinciden
en que el régimen no es reformable ni "actualizable". Para estos
analistas, un mínimo cambio estructural desarmaría todo el andamiaje de
control total del Estado. Consideran que de haber algún cambio sería
para centralizar más el poder, y aumentar la represión sobre los focos
disidentes, especialmente los peligrosos, no los que marchan en Santa
Rita sino los que desandan los pasillos del Comité Central. Entre los
que apuestan por un congreso más, también leen la historia: nada
trascendente ha pasado en los anteriores, y, paradojas insulares, cada
congreso sirve para, como el cangrejo, ir en reversa. Además, agregan,
para cambiar las leyes o hacer las cosas sin ellas, en Cuba no hizo ni
hace falta congreso alguno.
Todas esas razones son muy fuertes para negarlas. Pero sucede que, a
diferencia de otros, este congreso del Partido puede ser el último, y
no solo para la llamada generación histórica. A los dictados de la
biología y del mercado no escapa nadie. A ello se sumará, con mucha
seguridad, la abrogación del embargo, y se hará innecesaria la llamada
Ley de Ajuste en los próximos años. Si esas circunstancias llegaran a
concretarse, habrá una ola de hombres de negocio norteamericanos
viajando a la Isla, y los cubanos ya no tendrán en EEUU una válvula de
escape migratoria. Pero si no hay modificaciones internas en respuesta a
estos cambios externos, la ola chocará con una pared, ahogará todo
intento futuro de negociación con los capitales norteños y los cubanos
de la Isla no tendrán más remedio que levantar a presión la tapa de la olla.
Dentro de tantos análisis, a veces se pierde de vista el papel de exilio
cubano, sobre todo el que habita el sur de la Florida. Es una fuerza
efectiva, viable, de cientos de miles de personas sin las cuales no será
posible reconstruir el país en lo económico y lo social. Cubanos y sus
descendientes en su mayoría clase media, quienes han sabido reinventarse
y dirigen una de las ciudades, Miami, más pujantes de EEUU. Ningún
analista serio puede relegar su influencia, porque aun hoy, cuando
todavía muchos cubanoamericanos tienen restricciones para viajar e
invertir en la Isla, si se suspendieran las remesas actuales
provenientes de la "mafia miamense" el Gobierno cubano sufriría un golpe
letal.
Hace algunos años, en diálogo con Monseñor Carlos Manuel de Céspedes,
repasábamos de donde vendría la inversión necesaria para reedificar un
país que se ha quedado con una infraestructura de principios del siglo
XX. Monseñor creía que una parte podría venir de Europa, y otra porción
importante se debería al aporte de los cubanos afincados en otras
tierras; cubanos que tuvieran una especie de deuda moral con su lugar de
origen y pudieran poner a un lado sus diferencias y dolores. No hablaba
Céspedes y García-Menocal de perdón sin justicia. Hablaba de una
justicia con misericordia, de no volver al paredón físico y espiritual.
Hablaba de, como mismo lo vivieron sus ancestros en las guerras de
independencia, poner el deber con la patria por encima de las revanchas
y las glorias personales. Para eso, decía, hay que ser grande de verdad.
Un paso "grande de verdad" pudiera dar el VII Congreso en materia
política y económica mejorando la relación con todos los cubanos, sin
excepción, que viven fuera de la Isla. Habría que hacer cambios en la
Constitución de la República para aceptar la doble ciudadanía, y la
ciudadanía de los nacidos de padres cubanos en otros países —muy a tono
con la aldea global del siglo XXI—; poder viajar a la Isla con el
pasaporte del país del cual se es ciudadano y la excepción de visado o
de la igualmente humillante "habilitación"; que los cubanos radicados
en el exterior puedan invertir en Cuba, incluso aquellos cuyos padres o
abuelos fueron expropiados y nunca recompensados. Y aún lo más difícil:
hacer y aprobar una ley de amnistía para todos los cubanos; comenzar así
un verdadero diálogo nacional, público, participativo. El paso previo a
una suerte de "memoria y reconciliación" que clarifique el
encarcelamiento, la muerte y la desaparición de cada cubano; los nombres
de los autores reales de los bombazos y otros actos de terror.
Los congresistas comunistas deben tomar nota de que la economía
planificada y centralizada es un rezago feudal, y por sus fallos
antropológicos, su visión mecánica-materialista del hombre y de sus
necesidades, ha fracasado en los cuatro puntos cardinales del planeta.
Los congresistas deberán ser críticos con la ruina económica, miseria
material que se traduce en indisciplina social y pérdida de todo
referente ético, como mismo predijera el marxismo original. Pero más que
todo, y para que en el futuro no sean perseguidos como en otras épocas,
los comunistas deberán admitir que hay otros seres humanos que no
piensan igual, y como ciudadanos con los mismos derechos que ellos,
pueden ser presidentes de la República, ciudadanos simples e incluso
entes apolíticos.
Sabemos, por la prensa y amigos dentro de Cuba, que conversaciones entre
cubanoamericanos exitosos y representantes del Gobierno llevan un buen
tiempo sucediendo. Los suspicaces de acá los creen traidores, movidos
solo por el dinero y las ganancias en tierra casi virgen; en eso,
precisamente, coinciden con los suspicaces de allá. Pero sucede que a
Cuba no la hizo grande en apenas medio siglo sus recursos económicos y
los préstamos norteamericanos después de la guerra de independencia.
Fueron los cubanos que permanecieron y los exiliados que regresaron
quienes juntaron voluntades y experiencias para echar hacia adelante un
país devastado por una guerra cruenta. Nadie pide que el otro se rinda.
O que alguien se erija ganador. Ganador, perdedor, ¿de qué? En realidad
todos, cubanos de afuera y de adentro, hemos perdido un bello país. Se
trata, pues, de que todos ganemos algo.
La odisea insular consiste en esos ciclos de exilios y regresos, donde
Ítaca es la Isla y Penélope un pueblo que teje por la mañana un sudario
a la vista de los príncipes y, en la noche, oculto en las habitaciones
calurosas, lo desteje con verdadera pasión. Siempre a la espera de su
Odiseo; de alguien que vendrá de afuera a salvarlos. El espíritu
"odiseico" del cubano no puede renunciar al regreso. Esperemos que esta
vez no prevalezca el aliento numantino entre la feligresía convocada.
Nuestra idiosincrasia no es suicida. Por eso escapamos. Por eso nos
vamos en lo que sea. Pero si quienes tienen en sus manos el destino de
Cuba insisten en tomar el camino de Numancia y no el de Ítaca, entonces
para la Historia será difícil absolverlos.
Source: Odisea insular | Diario de Cuba -
http://www.diariodecuba.com/cuba/1460324433_21581.html
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