El gansterismo comunista en la época republicana
JOSÉ GABRIEL BARRENECHEA | La Habana | 10 Abr 2016 - 11:03 am.
El nombre de Sandalio Junco le dice muy poco a los cubanos del presente.
Comunista en los inicios de la década del 30, no tardó en desencantarse
del Partido por su intento de pactar el control de los sindicatos con el
dictador Machado, y que en un final los "ñangaras" conseguirían algo
después del Hombre Fuerte de la Cuba del posmachadato, Fulgencio
Batista, allá por 1938. Luego se hizo trotskista, y al final de sus días
dirigente sindical auténtico. Toda una personalidad de su época en el
mundo del trabajo cubano, a la que después de 1959 difícilmente se le
haya dedicado una línea. Al menos para algo más que denigrarlo.
La razón de este premeditado olvido tiene que ver con su referida
disidencia del comunismo oficial republicano, pero por sobre todo con
las circunstancias de su muerte: Sandalio Junco fue asesinado a tiros
por pistoleros comunistas en 1942, durante un acto público en memoria de
Antonio Guiteras. Entonces era el alma del sindicalismo auténtico, y por
ende una amenaza para el control monopólico que sobre la Confederación
de Trabajadores de Cuba (CTC) ejercían los comunistas encabezados por
Lázaro Peña.
En la Historia que se enseña en las escuelas cubanas de hoy se hace en
exceso referencia al pistolerismo político que caracterizó la vida de la
nación durante el periodo democrático de los 40, al menos si se compara
con la nula referencia a los incuestionables logros del mismo. Se habla
también bastante de los atropellos que a manos de dicho pistolerismo
sufrieron esas pobres y seráficas almas de Dios, los comunistas, el día
en que el diabólico Gobierno auténtico decidió no continuar haciéndose
de la vista gorda ante el control mafioso que sobre los sindicatos
ejercía el PSP (Partido Socialista Popular, como por entonces decidió
llamarse, a pesar de no ser ni socialista, ni popular), y pasó a apoyar
a su propio sindicalismo.
Ocurrió este cambio en la actitud gubernamental en los últimos meses de
1946 y primera mitad de 1947, a casi tres años de la ascensión al poder
de una coalición auténtico-republicana que históricamente había contado
con la oposición comunista (ellos siempre prefirieron a Batista que a
Grau), y a pesar de que por entonces no podía hablarse de macarthismo en
los propios EEUU, la historiografía oficial sostiene que las razones
para dicho viraje fueron no otras que el deseo del Gobierno auténtico de
congraciarse con esa corriente política ultraconservadora americana.
Un macarthismo antes de McCarthy
Bajo esta denominación, macarthismo, se recoge en los actuales manuales
de Historia dicho cambio en la política doméstica del autenticismo. Sin
para nada detenerse a comprobar sus autores que Joseph McCarthy solo
llegó al Senado de EEUU precisamente por esos mismos días iniciales de
1947, y no comenzó su cacería de brujas más que en febrero de 1950, con
su famosa denuncia de una supuesta conspiración comunista en el
Departamento de Estado.
En esencia, tras leer en sus manuales de Historia acerca de nuestro
último periodo democrático de los 40, a los jóvenes cubanos solo puede
quedarles la impresión de un Gobierno, el auténtico, integrado por
ladrones y gansters carentes de cualquier límite, a los cuales se
enfrentaban los comunistas y los ortodoxos, armados únicamente con su
superioridad moral y su natural altruista. No obstante, la realidad es
que estas no constituían sus únicas armas, al menos en el caso de los
comunistas. (Es justo reconocer que el Partido Ortodoxo, si bien guiado
por una de las más nefastas personalidades de nuestra historia, Eduardo
Chibás, nunca echó mano a la violencia armada en tiempos de democracia).
La responsabilidad evidente que el comunismo cubano compartió en la
promoción del pistolerismo político de los 40 se ha intentado ocultar en
el discurso historiográfico oficial mediante el ocultamiento de datos, o
hasta la cínica tergiversación de la verdad histórica. Por ejemplo, en
el manual de Historia de Cuba de noveno grado en que estudió a mediados
de los años 80 quien esto escribe, se hacía referencia a la muerte de
dos obreros a consecuencia de la campaña que contra el control comunista
de los sindicatos comenzó el Gobierno auténtico en 1946-47. Se los
tomaba como mártires propios, asesinados por pistoleros al servicio del
autenticismo, durante una supuesta ocupación violenta de las sedes de
los sindicatos que hasta entonces dirigían los seráficos ñangaras, solo
gracias a sus muy superiores virtudes.
La realidad de estas muertes fue muy otra, sin embargo. Como puede
colegirse de lo escrito para su sección "En Cuba", de la revista
Bohemia, por alguien tan poco sospechoso de intentar apoyar al bando
gubernamental como Enrique de la Osa. No olvidemos que en las páginas de
esta sección encontró fácil e incuestionada cabida cuanto disparate para
desacreditar al gobierno auténtico se le ocurriera a aquel megalómano
llamado Eduardo Chibás, o que De la Osa sería más tarde el director de
Bohemia, durante las primeras décadas de la Revolución.
El 13 de abril de 1947, Enrique de la Osa escribió en Bohemia: "más de
100 delegados azucareros del PRC (el Partido Auténtico) iniciaron una
marcha sobre el Sindicato para reclamar sus documentos. Enterarse de
ello en la CTC y salir de allí en tres automóviles llenos de partidarios
de Lázaro Peña fue un solo paso. Disputaron dentro del edificio y se
produjo el incidente. Abundantes disparos partieron de ambos bandos.
Balance: El obrero auténtico Félix B. Palú, muerto, y su compañero
Roberto Ortiz, herido".
Lo ocurrido en verdad fue que en 1947, ya sin la protección de Fulgencio
Batista y con Cuba gobernada por un partido al que los comunistas se
habían opuesto siempre, correspondía la realización del V Congreso
Obrero Nacional. Sin tantas libertades como durante el cuatrienio de
Batista (1940-44) para ejercer libremente sus maneras gansteriles al
interior de los colectivos laborales, los comunistas se encontraron con
que un significativo sector obrero había elegido representantes no
comunistas al Congreso. Centrales azucareros tan importantes como el
Preston, el Delicias, el Chaparra o el Agramonte, les fueron arrebatados
en esas elecciones, en que los auténticos eran ahora los beneficiados
por el apoyo gubernamental. Amenazados de perder su absoluto monopolio
sobre los sindicatos, o incluso de que Lázaro Peña permaneciera al
frente de la CTC, los comunistas, que controlaban las comisiones de
acreditación al Congreso, intentaron revocar muchas de las delegaciones
auténticas o al menos entorpecer el proceso de su acreditación.
El clímax llegó cuando el sábado 5 de abril, cansados de esperar, un
grupo de delegados electos no comunistas marcharon hacia el local del
Sindicato de la Aguja, donde funcionaba la comisión de entrega de las
credenciales, con el fin de obligar a destrabar el proceso. Fue allí
donde se toparon con un nutrido grupo de pistoleros comunistas,
encabezados por el Zar Rojo del Puerto de La Habana, Aracelio Iglesias,
guapo de solar al que la historiografía oficial ha transformado de tal
manera que muy bien podría conseguir la santificación incluso antes que
el padre Félix Varela.
Por cierto, en el nuevo libro de Historia de Cuba de noveno grado,
editado en 1991, se optó por no mencionar a los dos obreros auténticos
muertos. La desaparición del campo socialista ponía en duda la hasta
entonces generalizada creencia en el incontenible avance humano en la
dirección de una sociedad comunista mundial, y por lo tanto también el
que se pudiera de ahí en adelante, en un futuro no solo dominado por
estudiosos comunistas, seguir sosteniendo mentiras tan evidentes. De
este modo se hizo aparecer la decisión gubernamental de anular un V
Congreso, que en realidad había sido tomado cruentamente por los
pistoleros comunistas, de excesiva e injustificada. Solo debida, al
parecer, a las turbias maquinaciones de un gobierno que de esa manera le
pasó por encima a lo decidido pacíficamente por el movimiento obrero cubano.
Batista y Castro ocultan el gansterismo comunista
Aunque invisibilizado en la historiografía oficial, el pistolerismo
comunista existió, y fue en muchos sentidos comparable al auténtico, con
la distinción de que si este último imperó más que nada en los altos
círculos políticos de La Habana, y en la Universidad de La Habana, el
comunista se desarrolló por todo el país y tuvo a los colectivos
laborales como su principal centro de interés.
Esta diferencia explica en parte por qué resultó menos visible en su
momento, ya que su área de actuación se encontraba bastante menos en la
picota pública de los grandes medios periodísticos del país. Sin
descontar tampoco el hecho de que los medios que contribuyeron a fijar
la interpretación del fenómeno del pistolerismo político estaban por
sobre todo interesados en desacreditar al Gobierno auténtico a cualquier
precio, y cayera quién cayera (como la democracia en definitiva, por
ejemplo).
Pero no es esta sin embargo la única razón de su referida
invisibilización intencionada posterior. Lo aparentemente paradójico del
caso es que esa invisibilización no comenzó en 1959, sino desde 1952. Ya
de nuevo en el poder, Batista justificó en buena medida su golpe de
Estado en el pistolerismo auténtico, mas no habló nada del comunista que
había prosperado bajo su gobierno legal, con su total complacencia, y
que en no poca medida había contribuido a su victoria electoral de 1940.
Por ahí anda la entrevista a uno de los generales del castrismo,
publicada si mal no recuerdo en Granma allá por el 2008, en que el
susodicho cuenta cómo en su juventud, ya simpatizante del Partido
Comunista, organizó a una nutrida tropa de guajiros armados con la que
en esa elección impuso a la fuerza la candidatura de Fulgencio Batista
en la zona campesina al centro-oeste de la antigua provincia Las Villas;
en territorios de los actuales municipios Santo Domingo y Cifuentes en
lo fundamental.
Consecuentemente, el que Batista guardara conveniente silencio sobre la
existencia de un pistolerismo comunista del que era también responsable,
y que de darse a la luz pública habría desacreditado el discurso sobre
el que justificaba el cuartelazo del 10 de marzo, resulta razonable. No
lo es ya para nada, al menos desde una visión maniquea de la historia,
el que muchos de los lugares comunes de la crítica al pistolerismo de
los 40 fueran adoptados por la propaganda política posterior a 1959
directamente y casi sin reelaborar de la que siguió al 10 de marzo de 1952.
Y es que como a Batista, a Fidel Castro le importaba desacreditar por
completo el periodo democrático de los años 40, ya que solo así podía
comenzar a soñar con justificar su futuro gobierno autocrático. Pero
además, para llevar lo soñado a la realidad necesitaba del apoyo de los
jerarcas del comunismo, cambiacasacas y camajanes de altura nunca
igualada en este país que habían conseguido desde muy temprano un
privilegiado lugar en el nuevo Gobierno revolucionario. Así, por
necesidad política castrista, se evitó desde muy temprano en tiempos de
revolución sacarle sus trapitos sucios al comunismo nacional, y de paso
se mantuvo sesgada la percepción del gansterismo político cubano de los 40.
Una revisión del fenómeno del pistolerismo político permitiría entender
un poco mejor la suicida campaña que, para en esencia recuperar el
prestigio comunista dentro de la Federación Nacional de Trabajadores
Azucareros (FNTA), emprendió algún tiempo después Jesús Menéndez por la
provincia de Oriente. O por qué, tras perder su control gansteril sobre
los sindicatos, el comunismo cubano retrocedió de la manera catastrófica
en que lo hizo entre 1948 y 1951. Téngase en cuenta que pasó de obtener
142.972 votos en las elecciones presidenciales de 1948, a poco menos de
60.000 afiliaciones en la reorganización de partidos de noviembre de 1951.
Y es que como en Nido de ratas, la famosa película de Elia Kazán
protagonizada por Marlon Brando, el comunismo cubano ejercía un control
mafioso sobre el mundo del trabajo cubano, que en buena medida debía al
apoyo de Fulgencio Batista (los tiros comunistas sonaron durante unos
cuantos años en Cuba con la bendición de los mismos que en los cuarteles
administraban abundantes raciones de palmacristi), y para cuyo
mantenimiento el Partido no dudó nunca en echar mano de las armas y
matar a quién hubiera que matar.
Quizás el mejor arquetipo del pistolero cubano que surgió para ejecutar
estos lineamientos partidistas haya sido el ya mentado Aracelio
Iglesias, a quien los pistoleros auténticos mataron en octubre de 1948
más que nada por su mala costumbre de vengar a sus muertos, en este caso
las víctimas del Sindicato de la Aguja, y no por alguna específica
política gubernamental de ejecuciones extrajudiciales.
Lo incuestionable es que la pugna entre auténticos y comunistas por los
sindicatos cubanos en los días previos al V Congreso Obrero Nacional,
aunque insertada en el contexto internacional previo al macarthismo y en
los albores mismos de la Guerra Fría, tenía como causa única el pulso
que ambas corrientes ideológicas cubanas mantenían desde mucho antes.
Si bien es cierto que el autenticismo atacó el monopolio comunista sobre
los sindicatos, debe de tenerse en cuenta que ello ocurrió solo cuando,
tras múltiples gestiones, no consiguió la alianza o al menos el apoyo
comunista, un disciplinado grupo político que siempre les había ido en
contra desde septiembre de 1933, y que contaba con muy buenos vínculos
históricos con su archienemigo, Fulgencio Batista. (Durante la dictadura
de Batista, los órganos represivos sabía muy bien dónde estaban
"escondidos" Blas Roca o Carlos Rafael Rodríguez). No olvidemos que fue
precisamente Batista quien terminó por barrer al autenticismo mediante
su cuartelazo del 10 de marzo de 1952, y que en no escasa medida la
política doméstica de Ramón Grau San Martín iba dirigida contra quien
consideraba una amenaza latente a la democracia en Cuba.
Una vez rotas las hostilidades, era muy poco probable que el
autenticismo consiguiera contener a unos pistoleros que no le rendían
cuentas directamente, y con cuyas armas contaba en todo caso para
defenderse de cualquier conspiración dentro del ejército. Unos
pistoleros a quienes su aval revolucionario en la lucha contra Machado y
Batista, junto a las amplísimas libertades de que se disfrutaba en el
periodo democrático de los 40, les permitía ejercer la llamada justicia
revolucionaria (la venganza política) con bastante holgura, y que ahora
buscaban vengar a más de uno de los suyos, muertos a manos del otro
importante bando pistolero cubano de la época: el ñángara.
Source: El gansterismo comunista en la época republicana | Diario de
Cuba - http://www.diariodecuba.com/cuba/1460247394_21569.html
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