Luis Cino
LA HABANA, Cuba, mayo (www.cubanet.org) - "Mira cómo anda, anda sin
camisa enseñando el eribanga", dice la letra de un reguetón muy
escuchado en La Habana. Describe a uno de los tantos muchachos habaneros
que exhiben con orgullo sus tatuajes abakuás, preferiblemente en la
espalda.
Los eribangas están de moda entre los adolescentes y los jóvenes,
principalmente negros y mulatos de los barrios periféricos de la
capital. Su sorda rebeldía marginal se refleja en los círculos cruzados
por rayas y flechas que aparecen pintados en los muros. Son los símbolos
de una secta que regresa con nuevos bríos.
La secta abakuá, fundada por esclavos carabalíes como una sociedad
fraternal masculina de auto-defensa, apareció a inicios del siglo XIX en
La Habana, Matanzas y Cárdenas. Imprimió su huella en la música, la
danza, las artes plásticas, la literatura y el habla popular, pero
durante la República, debido al secretismo de la sociedad y a los
prejuicios racistas, se tejió una leyenda siniestra en torno al
ñañiguismo. El régimen revolucionario barrió a la sociedad abakuá junto
a todo vestigio de la identidad negra que se saliera de lo puramente
folklórico. Los abakuás fueron vinculados por las autoridades a la
marginalidad y el delito.
Rezagos del pasado. Baste recordar lo que escribían sobre ellos en los
años 60 y 70 las revistas Moncada (del Ministerio del Interior) y El
Militante Comunista
Raydel, de 17 años, residente en El Moro, Arroyo Naranjo, tiene tatuado
un "ireme" en el omóplato izquierdo. Un diablito encapuchado que danza y
empuña algo que parece una hoz. Un poco más arriba del capuchón, hay una
frase africana escrita con tinta china. Es la firma del Juego. "Si no
tiene firma, no sirvió, es sólo monería", explica. El muchacho dice con
orgullo que se juró hace más de un año.
Pero se niega a dar más detalles: "De eso no se puede hablar. Sólo hay
que ser hombre y no dejarse pasar una".
Los tatuadores hacen zafra con los eribangas. No averiguan (ni les
interesa) si el cliente es abakuá y está "autorizado" a llevar el ireme
y la firma en su espalda. Por hacerlos, con máquina o con "muletas",
cobran no menos de 15 cuc (unos 365 pesos). Puede costar más, en
dependencia de la calidad del dibujo.
Para iniciarse hay que ser mayor de 17 años y llegar al Juego con la
recomendación de algún padrino. Pero las exigencias han disminuido
últimamente. Mucho de los iniciados son menores de edad.
"Los juramentan tipos irresponsables que no verifican ni averiguan
mucho, sólo les interesa ganar dinero", explica Arístides, un cincuentón
de Centro Habana, hijo de un endure renombrado en el barrio Los Sitios.
"Antes no admitían a cualquiera. Había que ser un tipo correcto y
decente para jurarse. No se podía ser abusador. ¿Por cuánto un ecobio
iba a golpear a una mujer para quitarle dinero?"
Refiere un profesor de la Escuela de Iniciación Deportiva de El Cotorro
que ha sorprendido varios plantes en los dormitorios, y que algunos
terminaron en reyertas.
Una encuesta de la revista Somos Jóvenes realizada a inicios de 2009 a
muchachos de la capital que dijeron ser iniciados en la secta, con
edades entre 16 y 21 años, arrojó que la mayoría se consideran "hombres
probados y que tienen condiciones".
Probar la hombría y "tener condiciones" los convierte, especialmente si
son negros, en objetivos de la policía. Los acusan de ser violentos y
agresivos, y por tanto, proclives a que les apliquen la ley de la
peligrosidad social pre-delictiva.
"Los chamacos han cogido la hermandad para la guapería y la
delincuencia. ¿Qué se puede esperar si nos hemos adaptado a vivir en la
mierda y el descaro?", dice Arístides y abre los brazos, como si
quisiera abarcar todo cuanto le rodea.
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