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Sunday, January 06, 2008

La eternidad en el poder

Publicado el sábado 05 de enero del 2008

La eternidad en el poder
VICENTE ECHERRI

Qué habría pensado el pueblo de Cuba si la víspera del Día de Reyes de
1958 (hace exactamente hoy medio siglo) se hubiera estado discutiendo en
la prensa y en los comentarios de la calle si el presidente José Miguel
Gómez, advenido al poder 49 años antes, abandonaba el gobierno o,
aferrándose a él, se ''postulaba'' una vez más? La pregunta es absurda
porque el escándalo, la cólera y la sorna que tal argumento hubiera
podido provocar en tiempos de nuestra malograda república eran posibles
precisamente porque ni el presidente Gómez (que ni siquiera aceptó
reelegirse para un segundo período) ni ninguno de los mandatarios que le
sucedieron logró estar, de grado o por fuerza, más de ocho años
consecutivos en el poder.

Ese fenómeno de la tiranía caudillista y dinástica lo hemos vivido los
cubanos en los últimos cuarenta y nueve años con secuelas pavorosas que
no se detienen en la supresión de las libertades fundamentales ni en el
colapso de las instituciones ni en el envilecimiento de la ciudadanía. A
todas ellas habría que agregar el estupor general y la congelación del
tiempo: la inmovilidad que impone la gestión totalitaria al convertir el
tiempo real de cualquier sociedad en una eternidad infernal.

Para los que alcanzamos a vivir en Cuba antes de que el país ingresara
en la parálisis castrista, el tiempo tiene una marcada separación casi
puntual en aquel enero de 1959 en que el abrumador triunfo
revolucionario inauguraba una suerte de sagrada unanimidad.

El entusiasmo popular por Castro era tan general que cualquier
discrepancia se tornaba inadmisible y sacrílega. Fue así que pasamos, en
medio de una oleada de fervor, del tiempo de la historia, donde se
habían forjado nuestras instituciones, costumbres y tradiciones, a la
viscosa intemporalidad de los imperios sacros (Egipto antiguo, China)
donde la acción política no pasa de ser la reiteración de una liturgia.

Por eso, aunque los años que median entre el comienzo del gobierno de
Gómez hasta la llegada de Castro al poder sean los mismos que van de
aquel aciago enero hasta la fecha, los primeros los vemos llenos del
dinamismo y de los múltiples acontecimientos que suceden en una sociedad
viva y, por tanto, nos parecen más largos; mientras los segundos se nos
presentan como una gris y siniestra extensión que, por su previsible y
repetido acontecer, por su ausencia de retos y auténticas innovaciones,
se hace mucho más breve. Esta impresión es más poderosa y convincente,
desde luego, en aquellos que tuvimos algún atisbo del tiempo antes que
en nuestro país se implantara la eternidad (los que eran demasiado niños
o nacieron después pueden llegar a creer --en algún momento de sus
vidas-- que esa noria a la que van uncidos es el mundo real).

De ahí por qué haya aún muchos cubanos que sigamos percibiendo la saga
de la revolución y los acontecimientos de finales de los años cincuenta
y de la década del sesenta (hace ya tres generaciones) con una engañosa
cercanía y que esos hechos sigan provocando en nosotros --sea cual fuere
el bando en que nos encontremos-- una respuesta apasionada.

El día que Gómez --quiero decir Castro-- desaparezca de la vida cubana
(y no sólo su odiosa persona, sino toda su herencia ideológica y
familiar) los cubanos, junto con todo el repertorio de derechos,
libertades e instituciones recobrados, podremos reingresar en el tiempo.
Atenuadas entonces las pasiones que ha exacerbado por tantos años esta
falaz inmediatez, seremos capaces de ver los orígenes del castrismo con
la misma serena distancia con que veíamos los comienzos de la república
cuando la eternidad llegó al poder.

© Echerri 2008

http://www.elnuevoherald.com/opinion/story/138971.html

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