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Wednesday, May 03, 2017

Cómo derrotar al Ejército de una dictadura?

¿Cómo derrotar al Ejército de una dictadura?
FERNANDO MIRES | Oldenburg | 2 de Mayo de 2017 - 06:08 CEST.

Daniel R. Headrick, profesor de Historia y Ciencias Sociales en
la Universidad de Roosevelt, describe el pretorianismo como
un militarismo hacia el interior, propio de las naciones de orden menor,
que no pretende hacer ni ganar guerras, sino mantener su influencia en
el sistema político, controlar las decisiones que afecten a sus
intereses o apoyar a una facción política.

Dejando de lado la frase "políticamente incorrecta" relativa a que hay
naciones de orden menor, la definición aplica a lo que son o han llegado
a ser las FANB en Venezuela: un ejército al servicio, no de un Estado,
sino de un partido enquistado en el poder: el PSUV.

Porque definitivamente es así. Bajo la conducción del general Vladimir
Padrino López, el Ejército ha dejado de ser una institución defensora de
la Constitución y de las leyes. Ni siquiera es —de acuerdo al léxico
marxista-leninista— un aparato represivo al servicio de una determinada
clase. Es simplemente la tropa de un grupo de poder que ha roto con la
Constitución. Un grupo (mafia o pandilla) que mantiene secuestrado al
Estado y a sus instituciones, en contra de la voluntad de la inmensa
mayoría de la ciudadanía.

Podríamos discutir si bajo una dictadura el Ejército asume siempre un
carácter pretoriano. Pero lo que debe quedar fuera de toda discusión es
que toda dictadura, por definición, es militar. No basta por lo tanto
decir que en Venezuela hay dictadura. Hay que decirlo con toda sus
letras. Se trata de una dictadura militar aunque quien ocupe el gobierno
sea un bailarín. El Ejército venezolano es parte de la dictadura. En
consecuencias, derrotar a la dictadura es derrotar al Ejército.

Muy fácil decirlo, me dirán. ¿Cómo piensas tú derrotar a un ejército
armado hasta los dientes? La pregunta sería imposible de responder si
ciertas experiencias históricas no hubieran mostrado que derrocar a
dictaduras militares, incluso a las más feroces, es perfectamente posible.

También en Venezuela —aunque nadie puede determinar con exactitud el
cómo y el cuando— la dictadura será derrocada. Tengo la impresión,
incluso, de que ese momento ya está cerca. Pues ese momento ocurre no
cuando una dictadura es ilegítima (todas las dictaduras lo son) sino
cuando la ilegitimidad se hace presente en los propios cuarteles militares.

Los militares, como el resto de los seres humanos, no son (todos)
autómatas. Pueden cometer horrorosos crímenes, eso está fuera de duda.
Pero muchos los cometen porque creen en razones superiores que los
justifican. Hasta que aparece la duda. ¿Existen de verdad esas razones
superiores? ¿No me estaré condenando al infierno si aprieto el gatillo y
asesino a ese joven sin armas que nunca me ha hecho nada?

Hasta los monstruos necesitan del aura de una mínima legitimidad.
Pinochet, un asesino de tomo y lomo, alguien que no vacilaba en mandar a
matar a antiguos compañeros de armas, cuando fue derrotado por el
plebiscito (5 de octubre de 1988) eludió su responsabilidad y solicitó
al Estado Mayor que decidiera cómo actuar frente a esas multitudes que
se agolpaban en las calles. Probablemente esperaba que sus generales
optarían por un segundo golpe de Estado similar al del 11 de septiembre
de 1973. Afortunadamente, el general de aviación Fernando Matthei
decidió reconocer públicamente la derrota electoral antes de que se
impusiera la locura. Los votos de un pueblo políticamente organizado
lograron así derrotar al ejército mejor armado del continente.

Una escena similar aparecería poco tiempo después en Berlín Este, el 9
de noviembre de 1989, cuando multitudes al grito de "Nosotros somos el
pueblo" avanzaron hacia ese muro que en pocas horas sería convertido en
ruina arqueológica. Erich Honecker, tan desesperado como Pinochet,
reunió a los dirigentes del Partido. La pregunta pudo haber sido la
misma: "¿Qué hacer?". El resto es conocido: Margot Honecker, la
dictadora —así la llamaban "cariñosamente" los alemanes— exigía lanzar
las tropas a las calles. Pero los comunistas de la RDA, al igual que los
generales de Pinochet, entendieron que ya no contaban con ninguna
legitimidad para embarcarse en un genocidio de gigantescas magnitudes.
Entre ser juzgados por tribunales competentes o pasar a la historia como
grandes asesinos, eligieron la primera alternativa. Hicieron bien. Los
que todavía viven reciben todos los meses el dinero de su jubilación.

Ese día de octubre terminó una historia cuyos comienzos inmediatos
tuvieron lugar en mayo de 1989 cuando grupos de disidentes organizados
en "Das Neue Forum" se decidieron a protestar en las calles en contra
del fraude electoral que tuvo lugar en las elecciones comunales. La
consigna principal de la oposición, hasta el día de la caída del muro,
fue "Queremos elecciones libres". En marzo de 1990, cuatro meses después
de la caída del Muro, tuvieron efectivamente lugar esas elecciones.
Ellas consagraron el fin de la dictadura y la unidad de la nación. Como
en el Chile de 1988, en la RDA de 1989 los votos derrotaron a las balas.

Siempre ha sido así. La consigna central que ha llevado al fin de todas
las dictaduras ha sido la de elecciones libres. Lo fue incluso en la
Cuba de Batista, cuando Fidel Castro entró a La Habana a hacerse del
poder abandonado por la dictadura, frente al clamor creciente por
elecciones libres de una oposición organizada en cuatro partidos
(Ortodoxo, Auténtico, Partido Socialista Popular y 26 de Julio), la
Iglesia y los sindicatos del país.

El mismo Fidel Castro, desde su discurso titulado La Historia me
absolverá (1953), había insistido en dos temas: la vigencia de la
Constitución de 1940 y la celebración de elecciones libres. Que Fidel
Castro haya traicionado después a la revolución democrática sobre la
cual se montó, es otra historia. Pero sin ese clamor general por
elecciones libres, los guerrilleros nunca habrían podido hacerse del
poder. Quizás habrían sido exterminados como conejos, como ocurrió a la
guerrilla del Che en Bolivia, la que nunca exigió elecciones o algo
parecido.

En fin, podríamos recurrir a muchos otros casos hasta completar un
libro. Pero esa no es la idea. (Por cierto, también me acuerdo del Grupo
de los 12, que reunía a las principales organizaciones antisomocistas,
una de cuyas exigencias centrales era la celebración de elecciones
democráticas en Nicaragua).

Para decirlo en forma de síntesis: en todos los modernos procesos de
democratización encontramos la misma constante histórica; y es la
siguiente: la caída de las dictaduras, y por ende, la derrota de los
ejércitos dictatoriales, ha ocurrido, no cuando las dictaduras han
perdido su fuerza militar, sino cuando han perdido su legitimidad. El
deterioro de esa legitimidad, a su vez, se hace manifiesto cuando la
ciudadanía comienza a luchar por derechos avalados en constituciones,
incluso en aquellas impuestas por la dictadura. El principal de esos
derechos —podríamos decir, el derecho de todo derecho— es el derecho a voto.

En Venezuela ese derecho mantuvo su vigencia durante todo el periodo de
Chávez. Si solo fue así porque Chávez se sabía ganador, carece de
importancia. El hecho objetivo —lo ven incluso algunos chavistas— es que
Maduro aparece, aun ante sus partidarios, traicionando al legado de Chávez.

No olvidemos: la adhesión de las fuerzas armadas venezolanas al gobierno
de Hugo Chávez provenía de tres fuentes:
- El carisma político del caudillo
- La pertenencia profesional de Chávez al Ejército.
- El origen constitucional de su Gobierno refrendado en elecciones
periódicas.

Ninguna de esas tres razones tiene valor durante la dictadura de Maduro.
El presidente carece en términos absolutos de carisma. Nunca ha sido
militar. Y, no por último, ha violado a la propia Constitución de
Chávez, hoy hecha suya por la inmensa mayoría del pueblo venezolano.

Esas son las razones que explican por qué las reivindicaciones exigidas
por la oposición —entre las que se cuentan, la liberación de los presos
políticos, la soberanía de la Asamblea Nacional, el fin de las
inhabilitaciones, la aperturas de canales humanitarios, y otras— cobran
sentido en la medida en que se articulan a la exigencia por elecciones
libres.

Gracias a esa palabra, elecciones, todo el mundo democrático apoya hoy
día al levantamiento popular, democrático y nacional que tiene lugar en
Venezuela. Elecciones es la palabra que ha hecho posible a la
insurrección popular en contra de Maduro. Es la que despoja a las balas
asesinas de cualquiera legitimidad. Es la que llevará a la derrota del
ejército dictatorial. Es, en fin, la palabra a la que no se puede renunciar.

Si esas elecciones serán de carácter regional o general, lo determinará
la oposición a su debido momento, según las circunstancias que se
presenten en el futuro más próximo. Las regionales aparecen hoy como las
más adecuadas para continuar la ruta constitucional. Pero la
anticipación de elecciones generales las podría provocar el mismo
régimen si continúa obstinado en usar a la tropa para masacrar a un
pueblo que quiere ejercer, antes que nada, el derecho a voto. Ese mismo
derecho consagrado en la Constitución venezolana y en todas las
constituciones democráticas de la Tierra. Las elecciones, y nada más,
son las fuentes de la legitimidad política de nuestro tiempo.

Venezuela no tiene por qué ser una excepción a la regla histórica. La
razón política deberá imponerse mucho más temprano que tarde a la razón
militar. Allí, también, como en tantos otros países, los votos
derrotaran a las balas.

Este artículo apareció en el blog Polis. Se reproduce con autorización
del autor.

Source: ¿Cómo derrotar al Ejército de una dictadura? | Diario de Cuba -
http://www.diariodecuba.com/internacional/1493658940_30785.html
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