Mientras nada llega
VERÓNICA VEGA | La Habana | 26 Ago 2013 - 6:30 am.
Del pan matutino a la eterna espera en las paradas de ómnibus y el
cinismo de la juventud. Una crónica de la crisis.
Un amigo francés me confió que al leer mi primera novela, publicada en
París en 2010, perdió el deseo de venir a Cuba. El panorama que describe
la obra, (el día a día de varios cubanos de a pie en el año 2007), le
pareció "infernal".
Tal vez por vivir más hacia adentro que hacia afuera, he tardado en
llegar a esa conclusión lapidaria, pero a veces, involuntariamente,
recibo flashazos de lo que podría ser la mirada de un turista del primer
mundo, y confieso que también me sobrecojo.
Por ejemplo, en un acto tan simple como enfrentarme al pan matutino, la
frustración al probar lo que parece sólido y se descubre misteriosamente
inconsistente. Doble fracaso tras haber superado el impacto de su
apariencia, que revela cómo se amasó y coció con amargos pensamientos.
Entonces, cómo no recordar aquello que expresó el poeta Khalil Gibrán
sobre el "pan hecho sin amor que solo saciará a medias el hambre…"
Llega el momento de admitir que el panorama que asustó a mi amigo es
incluso peor que el de hace seis años.
Salgo a la calle. El agua de lluvia se fermenta en los baches junto a la
mugre que jamás se remueve, al detritus de los perros, a las aguas
albañales que viajan por efecto del estatismo, en agonía ralentizada, a
algún tipo de muerte.
Perros famélicos buscan en la basura cada vez más expandida en la
hierba, el hedor omnipresente se impregna, se incrusta en la memoria. Un
anciano pasa sobre su pudor y su instinto y registra el vientre de un
latón desbordado.
Las paradas de ómnibus son templos desteñidos y sucios consagrados al
dios de la espera. En una, para combatir la vieja y asfixiante sensación
de estatismo, escribí en el piso con acrílico blanco: "Espero… que algo
pase mientras espero: que algo nazca, algo crezca, que algo se transforme".
Cuando tomaba las notas de mi novela en una parada, en la guagua, en la
playa donde buscaba caracoles para las artesanías con que sobrevivía, la
idea original era hacer una obra a tres manos: una artista cubana en
Múnich, un poeta en Centro Habana, una escritora en Alamar. El proyecto
se disolvió porque los otros co-autores lo abandonaron.
Al hacerla resurgir con otro título, intenté que ellos también
estuvieran en ese itinerario de búsquedas, de aferramientos, de afectos.
Cubanos que enfrentan día a día el simple y terrible reto de la
nostalgia (en el exilio), o de la supervivencia en Cuba.
O los que atrapados en un proyecto de ciudad abortado y olvidado
(Alamar), intentamos redimensionarlo con grafitis, performances,
lecturas de poesía. Lo importante es seguir, no rendirse, mientras nada
llega…
Mientras se van amigos, familiares, mientras miramos cómo los bichos
abandonan el cuerpo de un animal muerto en la calle. Mientras nos
preguntamos si solo se huye de lo que está por descomponerse, por
hundirse. Mientras tomo la grave decisión de quedarme por amor a alguien
que no podrá irse conmigo. Mientras arrastro en esta decisión a mi hijo
que sueña con ser "libre" cuando crezca, con escuelas donde un varón
puede tener el pelo largo.
No es una novela, es un documental literario.
Recorro los escenarios de hace seis años y palpo la vigencia del
naufragio: el parque donde solía jugar mi hijo, azotado por la
indiferencia y el maltrato. El taller que fue un espacio de
reverberación artístico, que nos hacía olvidar el tiempo, salpicado por
la lluvia a través de persianas ausentes. El grupo con que entonces
compartíamos la vida y el arte, (OMNI-ZONAFRANCA) fue expulsado de esa
sede en 2009 por el viceministro de Cultura.
Descubrir que hemos estado girando en un carrusel creyéndolo un
desplazamiento… ¿Admitir acaso que la solución para quebrar esa gravedad
(horizontal), es quebrar la línea, romper el círculo? Porque, como
retitulé la novela, reivindicando la frase que oigo desde niña: "Aquí lo
que hay es que irse…" Porque "la vida se separa rápido de un cuerpo
muerto, en cuanto se detiene el flujo, la reverberación dentro del
mecanismo". Porque Cuba es solo una estación, no un lugar para fundar,
para permanecer.
Me dejo caer en un muro roto del parque donde todavía oigo la voz
infantil de mi hijo antes de que mutara a ese timbre viril que aún me
cuesta reconocer. Evito la mirada de la gente que pasa, escurro las
lágrimas que resbalan obstinadamente bajo las gafas. Miro el edificio
donde viví tantos años, en el hipnotismo paralizante de la espera, en el
atropello de sueños, actos, resistencia.
Y vuelvo a sentir que ahí, donde debía haber un movimiento de expansión,
algo oprime hacia adentro, hacia atrás, hacia abajo. La diástole
retenida, estrujada en un puño. La sístole como única alternativa.
Estoy a punto de darle la razón a mi amigo, el que perdió el deseo de
venir a esta isla, cuando recuerdo lo que vi al entrar al cielo de Cuba,
en un avión procedente de Francia.
Un país que nunca había visto desde arriba (el viaje de ida fue en un
vuelo nocturno), un país que me jalaba como si estuviese cosido a mi
ombligo. El dolor como un aura, rodeando a Cuba. La Habana allá abajo,
allá lejos, una maqueta dispareja, ¡tan pobre y frágil! Carros viejos,
gente desgastada en la intermitencia de la ilusión y la desesperanza.
Todo en medio de un crepúsculo cuya belleza cortaba el aliento.
Y empiezo a darme cuenta…
De que los movimientos telúricos surgen en lo oscuro, en lo invisible.
De que ese país ajeno que veo en la televisión se desmiente en las
calles, en este parque en ruinas. En carteles desteñidos, en edificios
que se desploman, en oficinas donde se respira abulia, en escuelas donde
se venden calificaciones y exámenes, donde se murmura el himno nacional
por más que desde un balcón o podio alguien exija cantar con entusiasmo.
En esos niños escépticos, en esa juventud irreverente, hasta cínica. En
las multitudes endurecidas por el hastío.
Recuerdo que lo que omite la televisión salta de oído a oído, de celular
a memoria flash, a computadora, a CD. De pensamiento a pensamiento. Que
el silencio se volvió rumor, reprobación, miradas tácitas. Que ningún
maquillaje basta para disimular el desastre.
Y concluyo que mi amigo no tiene toda la razón, aun cuando el resultado
del impacto (por vista, olfato y sentimiento), se parezca tanto al infierno.
Que todavía hay que seguir, no rendirse. Porque algo, no tan lejano como
indefinido, lenta e inevitablemente, está llegando por fin.
Source: "Mientras nada llega | Diario de Cuba" -
http://www.diariodecuba.com/cuba/1376898236_4692.html
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