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Thursday, January 12, 2006

El reverso de la solidaridad

Sociedad
El reverso de la solidaridad
¿Han encontrado los médicos cubanos una válvula de escape, sin importarles los fines para los que son utilizados?
Oriol Puertas, Ciudad de La Habana
lunes 9 de enero de 2006

¿Puede negarse un médico cubano a cumplir una misión encomendada por el gobierno de Fidel Castro? En teoría, sí, por supuesto que puede. Nadie osaría quitarle al ser humano la capacidad de decir "no" ante la duda o el inconveniente. Pero en la Cuba actual, dar un paso de tal naturaleza trasciende con mucho las voluntades individuales y las posibilidades de elección.
El simple acto de una negativa conlleva demasiados riesgos. Uno de ellos, quizás el mayor, es la imposibilidad de acceder a determinados privilegios. He ahí la piedra de toque para comprender cómo Fidel Castro, al armar su peculiar "tráfico de cerebros", mantiene cierto consenso, aunque sea momentáneo, entre la grey científica.
Para empezar, pongamos en duda que lo primero que le pasa por la cabeza a un médico cubano, cuando es escogido para cumplir una misión en Venezuela, Bostwana o Pakistán, sea su "carácter solidario" o el "afán de justicia", tan repetido por los voceros del régimen y los medios de comunicación en la Isla.
El programa de ayuda médica a otras naciones está conformado por hombres y mujeres que no están fuera ni al margen del fuerte mecanismo represivo de una dictadura totalitaria, cuyos tentáculos pueden llegar hasta el último confín del planeta, en virtud de un bien urdido entramado de chantajes y presiones diversas que van desde el individuo que logró viajar fuera de las fronteras cubanas, hasta la familia que quedó dentro de la Isla. Romper definitivamente con ese estado degradante de cosas no es tan sencillo, ni son muchos los que se atreven. Es la triste verdad.
¿Por qué lo hacen?
A los colaboradores médicos cubanos se les ha impuesto un duro régimen de vida en otros sitios, lejos de sus hogares. En muchos casos están expuestos a enfermedades, sufren privaciones, padecen el excesivo calor o el crudo invierno, se incomunican durante semanas con sus familias y, encima, deben tolerar que el Estado les pague sólo con algunas migajas, después de apropiarse del dinero que ellos deberían devengar íntegramente.
¿Por qué lo hacen entonces? ¿Cómo pueden arriesgarse tanto? Es cierto que durante varios meses se mueven, conocen y se benefician de la libertad que prevalece en esas otras naciones. Incluso, algunos reconocen que han cambiado su manera de pensar, luego de vivir en países donde existe libre mercado, prensa sin censura y pluralismo generalizado.
Su asentimiento y conformidad vienen dados precisamente por el estado de cosas imperante en Cuba, el que, por cierto, será muy difícil de superar en este año 2006 que recién se estrena. No son muchas las formas de salir a flote con que cuentan los cubanos, en medio de tantas penurias y la incertidumbre reinantes casi en todos los órdenes de la vida aquí dentro. Como piezas de un engranaje que muele a todos, los médicos no están fuera de ese tinglado, pero han encontrado una oportuna válvula de escape, al parecer sin importarles demasiado con cuántos fines son utilizados.
Durante décadas, esos médicos han sentido que su trabajo es poco reconocido, sus salarios no alcanzan y las condiciones laborales en la mayoría de los casos son precarias. Han envejecido a la par que sus proyectos de vida, sus viviendas, sus padres y los hospitales o consultorios en los que han ejercido, sin ver la solución a sus problemas, la luz al final del túnel de sus días.
Encima, ni siquiera tienen decisión sobre el futuro de sus carreras, imposibilitados como están de montar clínicas privadas o viajar fuera del país por su cuenta. Ocho años debe esperar un profesional de la medicina para obtener el permiso estatal si desea reunirse con su familia fuera de Cuba.
Forzosamente leales
La maquinaria propagandística del castrismo se empeña en mostrar el rostro humano de la labor que en decenas de países realizan los especialistas cubanos. Recientemente se estrenó, con muy escaso éxito en los cines habaneros —a propósito del Festival de Cine, donde compitió en documentales—, la obra Montaña de luz, realizada por un equipo de la televisión nacional. Este material reúne testimonios de varios de esos colaboradores en intrincados lugares de Centroamérica, Haití y África.
Curiosamente, en una de sus secuencias, el médico realiza un riesgoso parto de urgencia, apenas sin condiciones, y se escucha su voz pidiéndole a la madre que recuerde que ese nacimiento fue posible gracias a un medico cubano. En otra secuencia, se muestra un hogar de atención a niños con sida y VIH, levantado por una activista norteamericana en un monte de Guatemala, adonde llega como caída de una nube, una médico cubana. Extraño paralelismo entre gestos humanistas: la solidaridad espontánea y el verdadero altruismo de la activista frente al carácter forzado de una médico enviada por un gobierno que además cobra bien caro por esos servicios.
En el reverso de tanta "solidaridad" cacareada, subsisten profesionales imposibilitados de elegir sus destinos, hombres y mujeres a los que no se les deja otra opción que ser forzosamente leales a un régimen que los usa a su antojo.
Por menos que eso, es difícil darle crédito a tanta hueca palabrería en boca de un gobernante ducho en manipulaciones.
 

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