POLITICA
Nadie puede matar los sueños
Jorge Olivera Castillo
LA HABANA, Cuba - Enero (www.cubanet.org) - En el último instante pudo contemplar el cielo. Con un resuello se despedía de las multitudes que lo aclamaron por su perseverancia en alcanzar la justicia, la igualdad de derechos.
El disparo, la sorpresa dibujada en un rostro bronceado desde su alumbramiento, el descenso gradual e inmerecido sobre aquel balcón del motel Lorraine con una bala empotrada en el cuello absorbiendo su aliento, consumiéndole el alma. Era la muerte. Allí estaba sin disfraz, ni disposición a la clemencia. Se lo llevaba definitivamente en un rapto fuera de cualquier duda.
Una fatal puntería ponía de relieve un asesinato. Moría un hombre con una breve, pero profusa historia de hechos memorables. Un baluarte del amor, un tenaz contendiente del atropello tendido bajo las estrellas de Memphis, la ciudad donde se organizaban diversas actividades en busca de reivindicaciones sociales.
Sus esfuerzos por darle forma e inspiración a las protestas eran una constante, un desvelo que alternaba con su devoción cristiana.
El sureño estado de Tennessee quedaría en el recuerdo como el sitio donde se truncó una vida y se multiplicaron los sueños de un hombre negro que creía en la convivencia pacífica, en lo absurdo del racismo, en la bondad, en la no violencia para combatir los desafueros y lograr la emancipación.
"Si muero, será para que tú seas libre", así dijo alguna vez Martín Luther King presintiendo el peligro de abogar por los desposeídos y denunciar los efectos del segregacionismo que por aquella época constituía un padecimiento crítico para la población negra ubicada en la zona meridional de los Estados Unidos.
El 4 de abril de 1968 expiró en un hospital, con el semblante a prueba de rencores y convencido de sus esfuerzos a favor de la tolerancia. Su ideario permanece, trasciende, contagia, espiritualiza. Es, sencillamente, un pilar desde donde alzarse y observar el lado frontal de las virtudes, el ejemplo de la consagración, los antídotos contra la pusilanimidad y el miedo.
Hasta Cuba llegaron esos efluvios desde su tumba allá en el cementerio de Ebenezer, la iglesia bautista donde recibió las primeras enseñanzas del Evangelio en la década del 30 del pasado siglo.
Lo imagino, en Georgia, con sus 12 años, inmerso en sus estudios bíblicos y atento a los sermones de su padre, el pastor de aquel templo situado a dos cuadras de la casa.
Allá, en el sureño estado de Atlanta muy cerca del sepulcro, se encuentra el Centro para el Cambio Social No Violento que lleva su nombre. Un espacio para perpetuar la memoria de un líder ajeno a la gloria e inexpugnable a la arrogancia.
Yo lo sé porque he sido su alumno, lo saben muchos cubanos, negros y blancos, que también me han acompañado en esas aulas de la entereza y el decoro. Juntos, hemos visto a Martín Luther King vivo, en plenitud de facultades, combativo e incansable. Él nos cautivó con su filosofía de amar al prójimo y convencer sin el poder de la fuerza.
Por una Cuba en democracia bregamos con el optimismo que King hizo realidad en Montgomery, Alabama; cuando el boicot al transporte público por el arresto de una mujer negra que se negó a ceder su asiento a un pasajero blanco.
En Birmingham, lideró, con ardor de titán, una campaña que exigía derechos civiles para lograr el censo de votantes negros, acabar con la segregación y conseguir una mejor educación y alojamiento en los estados del sur.
"Sueño con el día en que esta nación se levante para vivir de acuerdo con su creencia en la verdad evidente de que todos los hombres son creados iguales", así se expresó ante 250 mil personas el 28 de agosto de 1963 en Washington. Después de 43 años los éxitos en este sentido pudieran ser calificados de notables, al margen de victorias absolutas.
Yo también tengo un sueño: Constatar que en Cuba no se encarcele por formular criterios diferentes a los oficializados por el Partido Comunista, que se permita la libertad de asociación sin condicionamientos políticos, que se liberen a todos los presos por delitos de opinión y que se respete constitucionalmente la integridad física y moral del ser humano.
Martín Luther King, no murió en Memphis. Sobrevive en mi conciencia, me anima a continuar por los caminos de la transparencia y el honor por el bien de blancos y negros, porque todos los cubanos podamos coexistir soportándonos unos a otros. La diferencia ideológica no debería ser un motivo de estigmatización, sino una herramienta para integrarnos en la diversidad que emana de las sociedades modernas.
James Earl Ray apretó el gatillo agazapado en las sombras. Su fin era ajusticiar a un hombre, pero sin quererlo inmortalizó la esperanza. Creo que nunca lo supo.
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