La excepcionalidad y el dictador
Puede resultar difícil descifrar cómo se erige un dictador; cómo
millones de personas se vuelven primero crédulas, después adictas y
finalmente obtusas
Alex Heny, Nueva York | 10/09/2015 10:18 am
"It would not be impossible to prove with sufficient repetition and
psychological understanding of the people concerned that a square is in
fact a circle. They are mere words, and words can be molded until they
clothe ideas in disguise"
Joseph Goebbels, empleado de un dictador que se tomó la
excepcionalidad muy a pecho
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"Oye, que ese es el Caballo… ¡El Caballón!", escuché —escuchamos, los
cubanos— con tal frecuencia que nos acostumbramos a pensar que,
efectivamente, tener un dictador equiparable a un equino era la gran
cosa; equino en jefe, venerado con mansedumbre de yegua dominada
—Caballo, ésta es tu anca—. Caballo, que significa que es, además,
excepcional, porque, ¿qué fuera del dictador o dictadura que no se
autoproclamara excepcional?
O, ya que se menciona, ¿qué fuera de un grupo que no se crea tanto de sí
mismo y no se dijera excepcional?
Véase, digamos, Europa.
Cada nación europea se ha sentido en algún momento mejor que las demás,
y lo ha manifestado sin dejar lugar a dudas, por lo general invadiendo
algún país vecino, fundando imperios, destruyendo civilizaciones,
protagonizando guerras mundiales, o declarándose meca de la gastronomía.
No importa que en algún momento otros iluminados, como Gengis Khan, o
los otomanos, cimbraran la autoestima europea con tanto esfuerzo
construida: la excepcionalidad —o la ilusión de poseerla— es, más que
una cualidad, un credo. Y como tal, imbatible. Credo que, por cierto, ha
fomentado naciones de éxito, como los hebreos, o que está recreando el
medioevo en pleno siglo XXI, como eso de los musulmanes.
El pasado sábado, sabbath, veía pasar a judías empelucadas, con
sombreros de atrezzo, dos pasos por detrás de sus judíos —ceñudos tras
sus barbas, enfundados en negros trajes— tocados a su vez con sombreros
alones y kippah, en camino a la sinagoga, a adorar a su Caballo, que los
hace sentir excepcionales. Porque hay cierta excepcionalidad en los
judíos, que no tienen dictadores, pero tienen su religión —y la sopa
matzo, que es una mierda, pero que a mí me queda muy buena. La religión,
que es quizá la única forma de dictadura que trasciende. Esa su
filosofía étnico-religiosa, para variar, funciona: véase el distrito de
los joyeros en Manhattan, los barrios judíos de Long Island, el personal
de los hospitales y clínicas —mi hijo se atiende en el Long Island
Jewish, formidable sistema hospitalario de Nueva York—, o échesele una
ojeada a los laureados con el Premio Nobel.
Ese mismo sábado, un poco más tarde —sábado que por cierto exhibió
excepcional calor y humedad para esta bendecida latitud—, observaba en
el Brooklyn Bridge Park, en un parque infantil repleto de familias y
niños, a una señora musulmana, ataviada con esa enorme vestimenta de
intenso color negro —la tela de notable calidad, orlada de brocados
también oscuros—, la cabeza cubierta, la cara embozada, apenas mostrando
los ojos, casi invisibles en la sombra del rebozo. Atendía a dos niños,
que en nada se distinguían de los demás, y era a su vez cuidada por un
hombre, nada excepcional, vestido a la occidental, que buscaba los ojos
de los que —era inevitable— los examinaban con curiosidad, y hasta con
un poco de aprensión; el hombre miraba entonces con fiera fijeza, hasta
lograr que la otra persona desviara la mirada, desactivando así la
impertinente curiosidad.
Me resultó imposible evitar el cliché prejuicioso pues a su espalda, del
otro lado del East River, se perfilaba Manhattan, y la Liberty Tower,
esa pieza postiza que infructuosamente intenta llenar el espacio que
ocupara la majestuosidad excepcional de las Torres Gemelas.
Les funciona entonces, eso de ser nación con cinco milenios de edad y
una religión estricta, a los judíos.
A los musulmanes contemporáneos, estancados en el tribalismo y el
fanatismo, ya no les funciona.
Resulta imposible asociar a Abu Ali al-Husayn ibn Abd Allah ibn Al-Hasan
ibn Ali ibn Sina, el ilustre Avicena, eminente pensador de la época
dorada del islamismo, o a al-Khwaarizmi (guarismos, babe, guarismos…) y
Omar Khayyam, genios excepcionales que desarrollaron el álgebra en la
Edad Media, con el Ejército Islámico que, mientras escribo, está
asesinando civiles y destruyendo reliquias de la civilización asiria en
Iraq.
En qué momento el islamismo perdió el rumbo y embarrancó en lo que es
hoy, no lo sé. Quiero pensar que esa pérdida de la excepcionalidad tiene
que ver con que es el Islam la más joven de las religiones abrahámicas
pero a la vez quiere ser, como todas las religiones, la única verdadera,
y en ese afán recurre a la violencia y el oscurantismo.
Religión joven entonces, pero con algún aspecto atractivo que se me
escapa, pues tiene muchos seguidores, aunque su número sea todavía menor
que el de los cristianos, gracias a la labor tenaz de los Cruzados, Fray
Tomás de Torquemada, Roma, España y Portugal (el caldo verde portugués
es una sopa con salchichas excepcionalmente buena); los musulmanes,
infelices, no comen caldo verde ni salchichas de cerdo pero, decía, son
numerosos: de todas las razas, diseminados por todo el planeta, hablan
los más disímiles lenguajes, rezan azuzados por sus muecines, disfrutan
de fabulosas riquezas por casualidad y no por su talento, y forman parte
ahora de un enorme problema que por su inmediatez empequeñece incluso la
amenaza del cambio climático.
2
Se ha demostrado también que los musulmanes necesitan a sus dictadores;
esos Caballos briosos, excaciques tribales que se encabritan y hacen
bramar de orgullo a sus adoradores, que los obedecerán sin chistar.
Estados Unidos, paladín de la libertad, bastión del american
exceptionalism, la nación más exitosa, la mano que sostiene el poder,
que lo tiene todo, todas las libertades, todas las posibilidades, todo
el sentido común, una Constitución de primera, y una pésima tradición
gastronómica, en los últimos veinticinco años desató un par de guerras
inútiles y se encargó de derribar a varios de esos dictadores que
constituían el dique entre la excepcionalidad occidental y la decadencia
islámica; con ello desestabilizó, probablemente para siempre, a la zona
más volátil del planeta, con consecuencias cuya gravedad aún está por verse.
Hay naciones entonces que necesitan tanto de su religión como de
dictadores para mantener lo que entienden por excepcionalidad.
Cuba, y los cubanos, parecieran necesitar dictadores; o más libertades,
se escucha con frecuencia. Veamos esa hipótesis.
Muchos cubanos pertenecemos al par de generaciones que se educó bajo el
embate de la megalomanía de Fidel Castro, y hemos logrado alcanzar
niveles educacionales y académicos excepcionales si se comparan, en
época, ocasión, y proporción, con el resto del Tercer Mundo.
Disfrutamos de esa ventaja, y aun volamos con esas alas prestadas; alas
que en última instancia se le deben al derroche de recursos con que la
ex Unión Soviética et al. financiaron el izamiento de las banderas de la
educación, la salud pública y el deporte en Cuba, estandartes de la
ficticia excepcionalidad isleña. Las putas, cuya supuesta supresión en
algún momento fue incluida en las estadísticas de Cuba la Exitosa,
regresaron por sí solas al oficio y fueron desechadas como argumento, si
bien se dijo entonces que al menos eran putas muy educadas.
Los soviéticos, por cierto, por arte de Gorbachov devenidos en rusos, y
un rosario adicional de naciones y etnias, se ufanan de ser
excepcionales también, pero a escala global. Cuentan incluso con un
equivalente ruso-soviético para cada invención o logro científico de
Occidente: la ciencia y la tecnología parecen haberse inventado dos
veces, una acá, y otra en una suerte de mundo paralelo que, de dársele
crédito a los rusos, ha tenido lugar allá en la Trans Europa, donde las
alfombras se cuelgan en las paredes.
Hay quien le adiciona a la excepcionalidad ruso-soviética la capacidad
de esos eslavos norteños para trasegar litros de vodka —no solo el
caviar, sino el arenque ruso es muy bueno también; ni se diga del
esturión ahumado—, y su resistencia para soportar un frío de espanto; yo
pienso que tiene mucho que ver con esa inusual transición de un
feudalismo tardío a país socialista y de ahí a nación capitalista de
medio pelo, con zares, dictadores y tiranuelos para cada etapa.
Tal vez ese andar atropellado —y el alma rusa, esa russkaya dusha que
evoca a un tipo nostálgico, en suéter cuello-de-tortuga, cantando una
melancólica balada mientras rasga una tosca guitarra en un bosque de
abedules— sea el que ha dejado a Rusia atorada en ese limbo que llaman
BRIC (Brasil-Rusia-India-China), grupo de naciones que también pudiera
denominarse Sí-Pero-No; un grupo cuya excepcionalidad parece radicar en
estar parcheados por igual de tecnología, finanzas, riqueza, pobreza, e
inestabilidad.
Los problemas de los cubanos son diferentes.
A pesar de aquel impulso CAME que duró unas tres décadas, tan
desproporcionado a las posibilidades reales que representaban azúcar,
tabaco, concentrado níquel-cobalto y naranjas, los cubanos hoy no
tenemos —no tienen— ni tecnología, ni finanzas, ni ciencia, ni
religiones a las qué aferrarse; no hay ninguno de los nuestros en las
listas de Premios Nobel, el deporte cubano se ha desmoronado, la salud
pública colapsa y la educación escasamente produce profesionales
tercermundistamente competitivos.
Lo que resta (además de nuestra crujiente dieta de grasas y almidones)
son unos políticos cubano-americanos acá, en Estados Unidos, cuyo
discurso a veces huele a polvo de lugares abandonados; allá, en Cuba,
una familia de dictadores ineptos, administradores miserables, y
viceversa; y en todas partes, donde haya cubanos, la idea fija de que
somos excepcionales.
Qué debería ocurrir para que la realidad nos acabe de caer como un
mazazo de gracia que deshaga tanto delirio y nos eche a andar, la verdad
no lo sé. Quizás otro dictador deba aguijonear con púa fresca allá en la
Isla las fantasías nacionales, a ver si la creatividad y el talento por
fin se imponen y vencen la abulia nacional, visto que las libertades
—estas ajenas que aquí en EEUU tan orondos disfrutamos— tampoco han
hecho de la nación emigrada nada excepcional.
A los cubanos entonces —a esa no-nación dispersa por naturaleza— parece
que no nos salvan ni las dictaduras ni las libertades, con lo que la
hipótesis queda rechazada.
3
Puede resultar difícil descifrar cómo se erige un dictador; cómo
millones de personas se vuelven primero crédulas, después adictas y
finalmente obtusas: habría que preguntar mucho, detenerse en cada
encrucijada, desandar años de camino para poder, quizás, encontrar una
respuesta.
Pero más desconcertante resulta el indagar en los porqués de la ilusión
de la excepcionalidad; es como abrir un arca donde se dice había un
tesoro, y encontrarla vacía.
"Oye, que ese es el Caballo… ¡El Caballón!", y "¡Es que nosotros los
cubanos somos de pinga!" son entonces dos de los pilares que sostienen
el absurdo de la cubanidad contemporánea —cubaneo cotidiano, parece más
apropiado—; mientras sigan en su lugar, apuntalando la cobija del bohío
nacional, los cubanos seguiremos siendo solo lo que hoy somos: una
nación ilusa y sumisa que danza, alucinada, alrededor de un plato con
chicharrones.
Source: La excepcionalidad y el dictador - Artículos - Opinión - Cuba
Encuentro -
http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/la-excepcionalidad-y-el-dictador-323583
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