El ocaso de la militancia
[06-09-2015 23:49:30]
Alberto Medina Méndez
(www.miscelaneasdecuba.net).- El proceso ha sido progresivo. No ha
ocurrido repentinamente. La historia reciente muestra, en todo caso, un
agravamiento de la situación y una profundización de esta tendencia
indudablemente negativa.
El vaciamiento ideológico de los partidos políticos ha destruido lo poco
que quedaba de mística en ellos. En otras etapas la gente se acercaba a
estas estructuras porque entendía que desde allí transformaría a la
sociedad, logrando cambios que mejorarían la calidad de vida de los
ciudadanos.
Ingresar a una agrupación política significaba transitar un sendero de
grandes emociones y de enorme satisfacción. Ese recorrido elogiable
llenaba el alma y estaba repleto de actitudes muy positivas.
Poco a poco, pero sin interrupción, la política se fue complejizando y
también corrompiendo. La acción cotidiana se delego a terceros, buscando
quien solucione cada asunto y perdiendo buena parte de su esencia.
Todo se ha ido profesionalizando y los partidos no se han apartado de
ese rumbo. Las organizaciones políticas, como casi todas las otras, han
decidido que sean los terceros los que resuelvan problemas puntuales,
contratando especialistas en diferentes tópicos para que ayuden a
optimizar esfuerzos.
No es que eso sea incorrecto. Al contrario, es saludable contar con esa
cooperación. Lo preocupante es que el único motor sean los rentados, los
que reciben una retribución por asumir las tareas asignadas.
En una época, el militante pasaba largas horas de su vida en el partido,
meditaba sobre la campaña, escribía panfletos, diseñaba carteles, los
hacía imprimir, salía a colocarlos y distribuirlos con sacrificio
personal, aportando no solo su tiempo y sus ganas, sino también dinero
cuando fuera necesario.
El trabajo militante es sinónimo de compromiso a prueba de todo, de
pasión sublime y de convencimiento absoluto. La disposición para hacer
lo que sea preciso, sin importar la dificultad ni la envergadura de la
labor, solo se puede encontrar en aquellos que sienten a la causa como
propia y que su voluntad nace de las entrañas y no de especulaciones de
coyuntura.
Lamentablemente eso viene desapareciendo a pasos agigantados y no se
vislumbra nada diferente en el corto plazo. Tal vez una excepción a esa
regla sea la que sucede en ciertos sectores de la izquierda más
ortodoxa, en ese respetable socialismo. Allí aún persisten con bastante
potencia estos vigorosos hábitos de la política tradicional.
Sin embargo en el resto de los partidos, casi todo se ha desvirtuado. En
la inmensa mayoría de ellos la aniquilación de las ideologías ha hecho
su parte con éxito. La estrategia premeditada de no fijar posiciones, de
esa versatilidad a ultranza que ha abusado del pragmatismo, solo ha
expulsado sistemáticamente a los más entusiastas y valiosos individuos.
En términos electorales ese plan ha funcionado en muchos casos y es por
eso que su dinámica es imitada. No tener postura definida sobre casi
ningún tema, ha permitido llegar a demasiados votantes. La contracara es
que nadie defiende esas "ambiguas visiones", salvo que se los recompense.
Casi todos los partidos han elegido este indecente criterio de
prescindir del contenido ideológico y apelar a reunir fondos para
contratar los servicios de profesionales que se encarguen de todo. Esa
es la matriz del presente.
Las personas que integran las filas de esos agrupamientos reciben
salarios y en muchos casos son funcionarios. Sin ese incentivo no lo
harían y estarían dedicados a otra actividad. Para ellos la política es
un "trabajo", una profesión, un oficio, una mera ocupación en esta etapa
de sus vidas.
En los espacios afines a las ideas de la libertad parece predominar una
misteriosa modalidad. Allí abundan los que entienden que son "otros" los
que deben ocuparse de hacer que las cosas sucedan.
Una exótica especie de extraños personajes alienta a otros a hacer lo
que ellos no quieren, ni pueden. Proponen que los liberales se deben
integrar a partidos ya existentes para cooptarlos, o crear nuevos
espacios que surjan sin flancos débiles, o inclusive sueñan con
recuperar antiguas instituciones formales para recomponerlas y poblarlas
de dirigentes y votantes.
El problema es que siempre terminan hablando de lo que deben hacer los
demás, y en casi ningún caso, asumen el trabajo de liderar esos audaces
procesos que promueven. Un vicio de ese sector de las ideas, es que las
responsabilidades primarias siempre son ajenas y no se hace autocrítica.
Es por eso, probablemente, que no florecen partidos con esa visión. Sin
recursos suficientes, ni individuos dispuestos a colaborar con tiempo y
esfuerzo con sus propias ideas parece imposible llegar a buen puerto. Lo
que no existe en realidad es la decisión de tener una profunda actitud
"militante", porque eso implicaría resignar tiempos personales y laborales.
El problema general es mucho más profundo de lo que parece. Si los que
pueden poner su pasión y convicciones al servicio de una causa noble se
abstienen de hacerlo, la política quedará siempre en manos de los
inescrupulosos que solo se dedicarán a ello a cambio de una remuneración.
En ese escenario, la política solo representará a los intereses de los
dirigentes mercantilizados, esos que no tienen ni ideología, ni
principios y que solo buscan retener cargos o conseguirlos. Así la
política seguirá siendo una actividad muy redituable para algunos y no
un modo de transformar genuinamente el presente. La política vive ahora
una transición hacia otras formas, pero no necesariamente mejores.
Mientras tanto resulta absolutamente inocultable el ocaso de la militancia.
Source: El ocaso de la militancia - Misceláneas de Cuba -
http://www.miscelaneasdecuba.net/web/Article/Index/55ecb4ea3a682e175423f3a8#.Ve1YLfmeDGc
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