La Cuba soviética aún latente en el imaginario institucional
Desprenderse de una fe ideológica cuesta demasiado. Incluso cuando la
realidad demuestra su ineficacia.
Iván García Quintero
mayo 13, 2014
La fe en un Dios cualquiera, la ideología o los vicios, cuesta
sepultarlos. Para otros, como Vladimir, la pasión por aquella etapa
soviética, al igual que por los viejos roqueros, nunca muere.
Hijo de padres comunistas, cursó estudios universitarios en la antigua
Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Habla el ruso como un
moscovita y aun lee a Gorki o los poemas de Yevtushenko en su lengua
original.
En un estante de pino reposa una caterva de escritores soviéticos al
estilo de Borís Polevói, Nikolái Ostrovski, Mijaíl Shólojov o Ilya
Ehrenburg, que escribieron sobre la epopeya del Ejército Rojo en la
Segunda Guerra Mundial. Vladimir no se considera un fanático. En su
cuarto no cuelgan lienzos de Stalin, tampoco de Marx o Lenin. "La URSS
puede parecer periódico viejo. Pero no está muerta del todo. En Cuba la
gente no extraña los muñequitos rusos ni la carne en lata. Es en la
estructuras del poder donde aún siguen latentes ciertos mecanismos de la
era soviética".
Desmontar ese tinglado es una tarea ardua. Desde un gobierno vertical,
policía secreta omnipresente, amplio sector de la economía planificada y
la habitual unanimidad a la hora de aprobar leyes en el aburrido
parlamento nacional, son vestigios de la Cuba oficial soviética que se
resiste a morir.
Cubanos como Vladimir durante años trabajaron en la creación de
instituciones calcadas de la Unión Soviética. Desde la Constitución
hasta la organización de pioneros. "Todos los que creíamos en la URSS
suponíamos que el futuro a corto plazo era del comunismo. Y que la
desaparición del capitalismo era cuestión de tiempo. Pero no lo fue.
Ahora la Rusia de Putin es tan imperialista como Estados Unidos", acota
el nostálgico comunista habanero.
De la URSS quedó muy poco entre los cubanos de a pie. Algunos nombres
eslavos, tomar vodka ─aquí suavizado, con jugo de naranja─ y cientos de
matrimonios que aún perduran de aquella etapa roja. No pocos
funcionarios del régimen sienten añoranza del pasado. Fue una época de
oro cuando se despilfarraban los rublos y el ejército tenía la versión
más actualizada del armamento ruso convencional.
De la URSS llegaban el petróleo, fertilizantes y tractores. Revistas,
libros y películas inundaban el país. Por aquel entonces, era de buen
gusto colgar cuadros del dirigente de turno soviético al mismo nivel que
el de Fidel Castro. El actual presidente, Raúl Castro, tenía un enorme
cuadro de Stalin, el carnicero de Georgia, en su oficina del Ministerio
de las Fuerzas Armadas.
Lo que está por ver es si los Castro fueron comunistas solapados a
tiempo completo u optaron por la ideología para aferrarse al poder. El
estrafalario sistema euroasiático tenía encantos irresistibles para
cualquier aprendiz de autócrata. No había elecciones presidenciales. Ni
prensa libre. Tampoco, sindicatos independientes. La justicia era
administrada por el Estado. Y si creaban una policía política
competente, los ciudadanos inconformes solo se quejarían en la sala de
su casa o desertando en una balsa.
La historia de amor por la URSS entre un sector intelectual y político
en Cuba es de vieja data. Muchos que juran ser nacionalistas a pie
firme, acusan de 'anexionistas' a las personas que admiran el estilo de
vida de Estados Unidos.
Pero el comunismo es el primero de todos los anexionismos, al importar
el marxismo-leninismo y querer clonar el modelo soviético en una isla
del Caribe a 9,500 kilómetros de Moscú. Y no eran analfabetos ni tontos
los que aplaudían la teoría de una Cuba soviética. Dentro de las filas
del Partido Socialista Popular (PSP), destacaban intelectuales de talla
como Juan Marinello, Carlos Rafael Rodríguez, Salvador García Agüero y
Nicolás Guillén.
Con la llegada al poder de Fidel Castro, el oportunismo político se
acopló al imaginario comunista de hombres curtidos en el quehacer
sindical cubano y el proselitismo marxista en diversos sectores
académicos e intelectuales.
Antes de 1959, el PSP tildaba a Castro de pandillero, comegofio y
pequeño burgués. El hijo de Anastas Mikoyán, que acompañó a su padre en
la visita de una delegación soviética a La Habana en febrero de 1960,
dice haber presenciado un diálogo entre Fidel y Ernesto Guevara: "Ellos
(Castro y Guevara) decían que sólo podían sobrevivir con la ayuda
soviética, pero que tendrían que esconderlo de los capitalistas en
Cuba... Fidel dijo: Tendremos que sobrellevar estas condiciones en Cuba
durante cinco o diez años. Entonces el Che lo interrumpió: Si no lo
haces en dos o tres años, estás acabado".
Se sabe el resto de la historia. Castro sovietizó la isla y 55 años
después, las principales instituciones políticas del Estado siguen
usando su metodología. Desde los servicios especiales hasta la
diplomacia, que cuando de alinearse con un socio se trata, aprueba
políticas expansionistas como la de Putin en Crimea o se agrupa con
repugnantes dictadores solo porque son enemigos de su enemigo.
La actual legislación laboral ─que aún no se ha publicado oficialmente─
o la aberrante Ley de Inversión Extranjera, demuestran que el gobierno
cubano actual solo cuenta con el pueblo como instrumento para legitimar
sus tibias reformas económicas y no para beneficiarlo. Desprenderse de
una fe ideológica cuesta demasiado. Incluso cuando la realidad demuestra
su ineficacia.
Source: "La Cuba soviética aún latente en el imaginario institucional" -
http://www.martinoticias.com/content/a-cuba-sovi%C3%A9tica-a%C3%BAn-latente-imaginario-institucional/35013.html
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