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Monday, February 14, 2011

Cuba: La gran estafa

Cuba: La gran estafa
Lunes, 14 de Febrero de 2011 00:00 Pedro Lastra

¿Permitiremos que en un futuro no muy lejano el régimen convenza al
mundo de que en Venezuela antes de Chávez la gente se moría de hambre en
las calles y no sabíamos leer ni escribir? Que lo sepan de una buena
vez: jamás se vivió mejor y fuimos más felices que antes del asalto al
poder por el chavismo. Grábenselo en la frente. E impidan la consumación
de la tiranía.

Han transcurrido cincuenta y dos años desde que Fidel Castro pergeñara
la más monumental de las estafas, la blindara con uno de los montajes de
política ficción más aviesos e ingeniosos conocidos por América Latina y
el mundo entero se lo creyera a pies juntillas. Cuba, contrariamente a
lo que se convirtiera en lugar común de la conciencia universal gracias
a tontos útiles o mentirosos contumaces inmensamente talentosos como
Gabriel García Márquez o Julio Cortázar, incluso gracias a filo
castristas de la primera hora como el joven escritor peruano Mario
Vargas Llosa, no era un país miserable, muerto de hambre, lleno de
analfabetas y corrompido por los Estados Unidos hasta convertirla en un
prostíbulo flotante en manos de los mafiosos de Chicago.

Esa creencia, alimentada y retroalimentada una y mil veces por
periodistas liberales, intelectuales prestigiosos – Jean Paul Sartre y
Simone de Beauvoir entre ellos -, burgueses bien pensantes y libre
pensadores al servicio del comunismo internacional se convirtió en una
matriz de opinión de validez universal. Lo que le garantizó a Fidel
Castro montar la más aterradora de las tiranías del siglo XX
latinoamericano, fusilar a varios miles de opositores condenados en
juicios sumarios sin encontrar la más mínima resistencia entre los
defensores de los derechos humanos y empujar al destierro a millones de
sus semejantes. Luego de arrebatarles sus bienes y desencajar para
siempre a sus familias. La maravillosa obra de política ficción
producida en technicolor y tercera dimensión por los Castro encontró
respaldo universal: fueron los héroes de Sierra Maestra y los redentores
de los humildes, humillados y perseguidos. No los fascistas de uña en el
rabo que en verdad fueron. Un par de demócratas ejemplares. Y punto.

Para impedir que esa falacia pudiera ser confrontada a los hechos y
desenmascarada en su maldad infinita, el déspota se encargó de enlodar y
falsificar todo lo que existió antes del 1º de enero de 1959,
arrancándolo de cuajo de la memoria histórica cubana. Y cumpliendo
religiosamente la barbarie ancestral de los tiranos hizo lo que el
emperador chino que ordenó quemar todas las bibliotecas y destruir todos
los documentos y archivos, crónicas e historias anteriores a su reinado:
mandó a destruir todas las hemerotecas, todas las bibliotecas públicas,
todos los archivos contentivos de datos oficiales que demostraban
precisamente todo lo contrario: Cuba fue uno de los países más
desarrollados, cultos y prósperos de América Latina. Autosuficiente en
los más importantes rubros alimenticios, exportador de muchos de ellos y
ya desde 1940 con una sobreabundancia de ganado vacuno y porcino que
permitía que los cubanos resolvieran sus problemas proteínicos sin
necesidad de importar un solo kilogramo de carne. Disponiendo, además,
de mayor libertad de expresión que la dictadura castrista jamás permitiera.

Esta irrebatible realidad, descrita con acuciosa y estremecedora
prolijidad por Víctor Manuel Camposeco, puede ser comprobada en un
extenso artículo suyo publicado en el número de enero de 2011 de la
revista mexicana Letras Libres, que dirige el prestigioso historiador
Enrique Krauze y que está dedicada a analizar la realidad cubana en su
aniversario número 52: La Habana antes de Fidel. Cuba, hoy sólo superada
en su miserable abandono por Haití, en la que sobrevivir constituye un
heroico y agotador ejercicio de ayuno y abstinencia que demanda todos
los esfuerzos vitales y en la que sus habitantes no han visto un trozo
de carne ni han tenido un litro de leche fresca en sus manos en toda su
existencia, fue el más próspero de los países de la región y uno de los
más desarrollados de América Latina. País pionero en el desarrollo de
las comunicaciones, con un extraordinario sistema de salud y seguridad
social, y tan alfabetizado, que sólo era superado en esos rubros por
Argentina y Costa Rica.

En esa misma edición de Letras Libres, el periodista norteamericano
Patrick Symmes cuenta la homérica aventura que vivió decidido a
comprobar si era cierto y cómo hacían los profesionales cubanos para
sobrevivir con un salario promedio de 20 dólares mensuales. En la
aventura, que por poco le cuesta la vida, rebajó seis kilos y salió al
cabo del mes de faquirismo castrista mareado y casi desfallecido por el
hambre y la desesperación con que llegó arrastrándose al aeropuerto,
decidido a no repetir nunca jamás tamaña insensatez.

Leo el artículo, mientras admiro a un motorizado que se zampa tremendo
perrito caliente en el puesto ambulante de una de las esquinas de Plaza
Venezuela. Como todo venezolano lo sabe, no hay lugar de nuestro país
que no cuente en doscientos metros a la redonda con un perrocalientero,
una arepera o una panadería. ¿Permitiremos que en un futuro no muy
lejano el régimen convenza al mundo de que en Venezuela la gente se
moría de hambre en las calles y no sabíamos leer ni escribir? Que lo
sepan de una buena vez: jamás se vivió mejor en Venezuela y fuimos más
felices que antes del asalto al poder por el chavismo. Si estamos a
punto de convertirnos en el segundo país de faquires de América Latina
se debe a la misma estupidez que empujó al abismo a los cubanos: la
irresponsabilidad de los medios y los políticos, aliados en la aventura
de devorarse a la república con una saña digna de mejor causa.
Grábenselo en la frente. E impidan que se consuma la tiranía.

http://www.nuevaprensa.com.ve/index.php?option=com_content&view=article&id=4841:cuba-la-gran-estafa&catid=106:opinion&Itemid=346

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