Rogelio Villarreal
2011-02-12
Gabriel García Márquez fue comunista en su juventud y, como tantos otros
idealistas, en enero de 1959 fue cautivado por el triunfo de la
Revolución cubana y el carisma de Fidel Castro. Poco después el novel
periodista colombiano trabajaría para la agencia cubana de noticias
Prensa Latina en Nueva York, oficina que abandonaría presurosamente en
los momentos en que la incursión militar cubano-estadunidense auspiciada
por Kennedy era repelida en abril de 1961, en la Bahía de Cochinos —o
Playa Girón. Castro perdonaría el desliz del futuro premio Nobel de
Literatura 1982, cuya creciente fama podría ser muy útil a la causa de
la primera revolución socialista en América.
Cuatro décadas después, durante la celebración de los cuarenta años de
la victoria de los barbados guerrilleros, el comandante Fidel Castro
recibía en La Habana los cálidos elogios y felicitaciones de dos premios
Nobel, el portugués José Saramago (1998) y el colombiano García Márquez.
"Lo sabemos, hay problemas en Cuba —declaró Saramago entonces—. Pero los
problemas de Cuba, Cuba los resolverá. En la buena dirección siempre,
con todas sus contradicciones, sus tensiones internas...". La ingenuidad
y buena voluntad del escritor lusitano —que borra de un plumazo a los
casi dos millones de exiliados cubanos, a los encarcelados y a los
reprimidos con brutalidad—, contrastan con el pragmatismo que García
Márquez ha desarrollado hábilmente a lo largo de su ascendente carrera
de escritor y ubicuo diplomático sin cartera. Sin pudor alguno, declaró
a la prensa: "Con Fidel me he quedado sorprendido: cada día más fuerte.
Lo que más me ha llamado la atención de su discurso, y lo que menos se
le nota, es que es un gran escritor".
La vieja amistad que une a García Márquez con Castro ha salido bien
librada de los escollos del mar del totalitarismo caribeño: los
discretos llamados del Nobel a la apertura democrática han sido
recibidos complacientemente por el ex jefe de Estado. Pero es legítimo
desconfiar de lo que pueden ser meros ardides publicitarios. Gabo se ha
cuidado bien de no mencionar jamás nada, cuando se le inquiere, sobre la
represión cotidiana, el hambre, los presos políticos, la debacle
económica apenas paliada por la creciente industria turística, la
fracasada aventura angoleña, la prostitución o las crecientes protestas
por la libertad de expresión y otros derechos civiles.
"Mi obsesión con diferentes estilos de poder es más que literaria: es
casi antropológica", ha dicho. Así explica García Márquez la cercanía
con Castro. Más que una obsesión, García Márquez parece estar fascinado
por el poder: mientras más avasallador y total, mejor; como las polillas
que describen vertiginosas espirales suicidas en torno a una candela.
Tomando como paradigma a Francisco Franco, Gabo escribió El otoño del
patriarca durante su estancia española; la novela se publicó en 1975, el
año de la muerte del longevo caudillo. Debe añadirse que Franco y
Castro, ambos de ascendencia gallega y situados en los extremos del
espectro ideológico, mantuvieron un respetuoso y discreto silencio en
relación con sus respectivas dictaduras.
"Para mí, lo fundamental es la ideología de Bolívar: la unidad de la
América Latina. Es la única causa por la que moriría", expresa García
Márquez, portador de una misión sublime: la integración política, social
y cultural de Latinoamérica. "Nuestro gran problema es la búsqueda de
identidad", añade el escritor. "Aún no la hemos encontrado". Una misión
que ha tomado en sus manos Hugo Chávez.
Sería un tanto burdo aseverar que García Márquez es solamente un
portavoz del régimen castrista. Más bien debe pensarse en una mancuerna
que funciona de modo casi simbiótico, una pareja embelesada mutuamente
por sus respectivos carismas y por la fascinación que provocan en
millones de seres humanos. No en balde Fidel Castro le obsequió una
mansión en La Habana a su viejo camarada —donde pasaban noches enteras
comentando libros, intercambiando recetas de pescado y narrando
anécdotas interminables—, sino también un Mercedes Benz con todo y
chofer. En agradecimiento, Gabo fundó en el pueblo de San Antonio de los
Baños el Instituto de Nuevo Cine Latinoamericano, que se sostiene de los
ingresos generados por las conferencias dictadas por el escritor
alrededor del mundo y por las cuales ha llegado a cobrar hasta 50 mil
dólares.
"La era de las dictaduras ha llegado a su fin", sentenció la periodista
mexicana Alma Guillermoprieto, afincada en Nueva York, durante una
conferencia en la Fundación del Nuevo Periodismo Iberoamericano,
dirigida por García Márquez. Cayó Mubarak en Egipto y en Cuba a la
noticia no se le dio la importancia que merece. Viejos y cansados, acaso
el Gabo y Fidel esperan resignados el fin de una era.
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