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Friday, September 16, 2016

Motembo, la Siberia cubana

Motembo, la Siberia cubana
MAYKEL GONZÁLEZ VIVERO | Sagua la Grande | 16 de Septiembre de 2016 -
08:49 CEST.

Cárceles, manicomio, trabajo correctivo. La Siberia cubana se llama
Motembo. Una llanura rodea y ciñe —estrangula— a un pueblo incomunicado,
ajeno a las carreteras, a medio camino entre las ciudades de Cárdenas y
Sagua la Grande.

Una vez Motembo fue famoso por las escuelas junto a las plantaciones
frutícolas. Cientos de estudiantes vivían allí, o iban a trabajar
temporalmente allí, en plena Siberia de la guayaba y el mango. Las filas
de árboles, perfectas como formaciones militares, refuerzan las huestes
del tedio, se prolongan infinitas.

Motembo se hizo famoso en agosto —¿hizo su agosto, al fin?— por causa
del petróleo. MEO Australia asegura que hay un tesoro de hidrocarburos
bajo el paraíso de la mermelada. Se habla de miles de millones de
barriles, como para trocar en derroche el apagón cubano. Lo mismo que
Siberia —gulag y oro negro—, el pueblo vegeta en su aislamiento
calcinado, como la yerba silvestre.

"Las famosas escuelas que tú dices ya no existen —la mujer va hasta a
San Pablo, un caserío en el camino de Motembo—. "Las han hecho cárceles
casi todas: la José Luis Robau, la Jaguari…"

Jaguari es Houari Boumédiène, el segundo presidente de Argelia. La mujer
y yo tuvimos la fortuna de encontrar un camión, la feliz botella. Ella
se quedará en su casa. A mí me toca andar unos cinco kilómetros para
toparme con el entronque de Motembo. Y de ahí, cinco más hasta el
pueblo. De pasada, borrosa, advierto la Jaguari. De Houari a Jaguari ha
transitado; de escuela a cárcel. Una valla distingue la entrada hacia
alguna parte: "El Partido es la conciencia de esta época". Esta clase de
lemas difusos, casi ilegibles, son un lugar común del campo cubano. La
gente sonríe. Si tiene cámara, hace una foto.

"Los que vivimos aquí somos gente como cualquiera —mi compañera de viaje
alza la voz y consigo oírla, pese al fragor del camión—. Yo quisiera
vivir en un pueblo, pero uno tiene lo que le tocó".

"¡Estas son las nalgas del mundo! —insiste resignada—. Corralillo es el
peor municipio del país".

En el entronque hay dos tipos. Uno es lacónico, el otro se porta locuaz.

"¿Estás viendo esos mangos? —y señala al frente—. ¡Se perdieron miles de
toneladas porque no tenían a quién vendérselas! Era tarde cuando
hicieron la gestión. Y se pudrieron".

Habla de la Empresa Agropecuaria Militar Motembo, una anomalía
eficientísima. El Ejército cosecha mangos. Como no tiene quien los
recoja, machaca la pulpa de los presos. Antes los estudiantes, ahora los
presos hacen la mermelada. Se alojan en los mismos cuartos, hurgan las
mismas filas de árboles uniformes como regimientos.

Se detiene un jeep, uno de la empresa frutícola. Así llego al pueblo,
bajo amable custodia. No será la última botella de la jornada.

En la calle principal de Motembo hay una venta callejera, un portal con
catres. Hebillas de plástico, juguetes de plástico reciclado, ferretería
de mala calidad, he ahí la mercancía. Echo al ruedo el rumor del
petróleo. La gente se interesa. Algunos conocen el asunto y lo toman por
chisme: "No se ha dicho nada oficial". Otros oyeron el comentario de
alguien que conoce a uno bien relacionado, amigo de otro que lo leyó en
internet. Hay unos pocos que no saben nada. Un carretón de plástico, en
el fecundo catre, reproduce el aspecto de los convoyes colonizadores del
far west. Pero Motembo es Siberia: gulag y oro negro.

"Vete hasta allí —un viejo señala la mitad de la cuadra—, y verás una
casa que cocina con el gas de su propio patio".

Tras la cancela ya diviso el pozo. "Cuidado, no hagas fuego", reza un
aviso. La gente de la casa goza del gas de su propio suelo, que parece
inagotable. Saben de la pretensión de MEO Australia, la reciben con
cierta prevención. Para ellos, Motembo es el hogar.

"No vivimos mal —dice Mayibi, la dueña del pozo, la administradora del
Círculo Social—, pero es cierto que estamos aislados y con pocas
oportunidades para los jóvenes".

Indago sobre el gulag, porque el petróleo no extraña a nadie. Aquí
descubrieron nafta en el siglo XIX, bebieron nafta durante todo el siglo
XX. MEO Australia es el único atónito, el único que se desayuna.

"Las escuelas que viste son prisiones —confirma la nuera de Mayibi—. La
empresa militar es muy rentable, y su fuerza de trabajo son los presos".

Me confirman, a cada paso, la rentabilidad de las plantaciones, pese a
las pérdidas recientes.

¿Y queda alguna escuela funcionando? "Una sola —me explica un maestro
del pueblo—. Quedará alguna abandonada también, aunque parece que la
empresa la cogió para criar animales".

Salgo de Motembo en otro camión, uno que cargó áridos antes de cargarme
a mí. Voy blanqueándome bajo el sol. El camión es altísimo y puedo
divisar todas las prisiones. Cinco o seis, cuento. Los establecimientos
económicos junto al camino, los más insignificantes, dicen "Zona militar".

Más allá, en la Carretera del Circuito Norte, subsiste el hospital
psiquiátrico Aurora Rivero. Se dice que lo destinan a locos sin remedio.
A los locos que nadie visita ni se les ve deambular entre los edificios.
Retenidos, amarrados a la cama, duermen bajo el resistero. Por eso, por
lejano e irremediable, se me ocurre que no sembraron este manicomio en
Motembo por razones terapéuticas. Allí está para que nadie lo vea, en el
sitio más lejano que pudiera buscarse, en la Siberia cubana.

Source: Motembo, la Siberia cubana | Diario de Cuba -
http://www.diariodecuba.com/cuba/1473790608_25290.html
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