Lucas Garve, Fundación por la Libertad de Expresión
LA HABANA, Cuba, junio, junio (www.cubanet.org) - Amalia se sacó la
lotería cuando conoció por casualidad a Mathieu, un sesentón europeo que
dedicó sus años a pregonar en la Net las comodidades que un alquiler en
Cuba en casas particulares puede aportarle al bolsillo y al reposo. Él
les envía turistas europeos a su hospedaje particular.
Para muchos, rentar una habitación en una pensión cubana es una opción
preferible a integrarse en un circuito hotelero tradicional. A pesar de
esto, ya la industria turística cubana alojó un millón de huéspedes hace
un buen rato y espera alcanzar para fines de año el segundo millón,
según informaciones oficiales.
Amalia pertenece al sector privado de la hostelería, pero con permiso
del estado. Paga en divisas cada mes por la licencia de alojar turistas
extranjeros en su casa. Forma parte de una red de hospedajes y cuando
tiene llenas las dos habitaciones que alquila, puede alojar a los
solicitantes en casa de alguna de sus amistades cercanas. También ella
gana cinco pesos CUC diarios por llevar clientes a cualquiera que
alquile. Asimismo tiene que llevar una hoja de modelos para las
autoridades de inmigración.
Además, la red de empleo no termina en ella. Amalia dio trabajo a una
chica para las labores domésticas más pesadas, limpiar toda la casa,
lavar la ropa de cama y toallas y cualquier prenda de los huéspedes que
haga falta. Mientras, ella se ocupa de preparar el desayuno consistente
en comidas ligeras. Por la habitación cobra $25 diarios añadidos los 3 o
4 del desayuno por persona. Lo que no deja mucha ganancia, si se tiene
en cuenta lo que debe pagar de impuestos, los servicios de la doméstica,
del panadero, un mensajero que le busca los comestibles frescos, sobre
todo vegetales; el gasto en productos de aseo y limpieza, pues todo lo
tiene que comprar en las shopping. Sin olvidar a los inspectores a
quienes debe engrasarles las manos periódicamente.
Sin embargo, Amalia se considera una mujer con suerte y batalladora en
el sentido más vital, porque ella era ya una cuarentona cuando decidió
abandonar su trabajo de administradora de una tienda de ropa y volcarse
de lleno en la aventura del alquiler a turistas extranjeros, pues
contaba con la casa que fue de una de sus tías, en la planta baja y con
seis cuartos y tres baños. Un monstruo de casa que mantener en pie
cuesta un esfuerzo titánico si no la usa como pensión.
Aún no acaban aquí las posibilidades que se ofertan al turista
alternativo, una de ellas es la de un guía que Amalia le propondrá.
Javier, un joven de veinte años, se gana la vida como guía de turistas.
Habla inglés, italiano y francés lo suficiente para comunicar lo
fundamental. El inglés lo aprendió en una escuela especializada, en
tanto los otros dos los conquistó a fuerza de autodidactismo y también
por necesidad de adquirir ventajas. Cobra de 5 a 10 dólares, según el
tiempo que ocupen sus servicios, y revela a los turistas sitios
realmente interesantes. Su estrategia es proponerles visitas a casas de
amistades. Berta, la santera, mostrará lo que es el ritual de la
santería; Pedro, el pintor, les dejará visitar su estudio, y de paso les
venderá un cuadrito si les gusta; el Pepe hace joyería en plata y
alpaca, así les muestra gente interesante, decente, sin mucha
complicaciones. Asimismo les indicará dónde pueden ir en la noche, los
espectáculos que pueden verse en la ciudad. Y casi siempre le dejan más
de lo que él cobra.
A esto pudiéramos llamarle la red directa. Existe una parte que pudiera
denominarse indirecta, compuesta por quienes suministran alimentos:
queso, carne de cerdo, vegetales y frutas frescas, necesarios para
Amalia a la hora de componer sus menús.
Por otra parte, este mundo no está exento de conmociones porque casi
siempre rumores amenazadores sobre la prohibición de estas rentas
sacuden el sueño de Amalia. Al lado del turismo institucionalizado, se
extiende el turismo alternativo, también controlado por el estado hasta
cierto punto, pero a menos precio y más en contacto con la población, al
tiempo que sostiene un sector de la población menos dependiente de la
presión del control estatal directo.
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