Más allá de la pantalla
Sin computadoras ni videojuegos a quien culpar, la violencia juvenil
crece imparablemente.
Eva González, La Habana | 11/06/2008
En honor a la verdad, no puedo menos que coincidir con Deisy Francis
Mexidor y Miriela Fernández Lozano, cuando en un reciente artículo,
"Jugando al límite", publicado en Granma, analizan la proliferación de
videojuegos de contenido violento como una de las fuentes que propician
el alarmante incremento de la criminalidad y de las conductas agresivas.
Claro que el texto se refiere a las sociedades de consumo, principales
receptoras del producto, en las que se ha registrado —según fuentes
citadas— un espeluznante aumento de los delitos violentos relacionados
con el contenido de los videojuegos, en los que la interacción del
jugador (protagonista) con las acciones belicosas y sangrientas que se
desarrollan en la pantalla, le estimularían a cometer actos de tal
naturaleza.
Estudios realizados por psicólogos y otros especialistas relacionan
muchas de las acciones agresivas que ocurren entre los jóvenes y
adolescentes con el consumo de este tipo de entretenimiento, en el que
un asesino (el propio jugador, en este caso) es el héroe que busca la
manera de "ganar" a toda costa con actos que resultan siempre impunes.
No es un desatino alarmarse por el desmedido comercio de un producto
cuyo primer ingrediente, la violencia, tiene como destinatario
fundamental a un sector sensible de la población: niños y jóvenes.
Asumir la violencia como un acto natural, válido y cotidiano, es incitar
al odio y el crimen. Es aquí donde hay que detenerse y llevar el tema a
sus últimas consecuencias, ¿sólo la agresividad de los videojuegos
conduce al delito criminal? ¿Sólo desde la percepción virtual se incita
a los jóvenes a la violencia?
La realidad habla
En Cuba, digamos, no son mayoría los niños y adolescentes que tienen
acceso a este tipo de productos de la industria del ocio. Sin embargo,
en la vida cotidiana —aun sin apelar a estadísticas, que tampoco existen
al alcance— asistimos a un sostenido crecimiento de la violencia y la
agresividad, sobre todo entre los más jóvenes.
La violencia se puede percibir prácticamente en cada evento de la
realidad: en el lenguaje cada vez más soez de personas de todas las
edades, en las reyertas ya comunes en las presentaciones musicales
realizadas en sitios como los Jardines de La Tropical o en casas de
cultura; en las letras de las canciones difundidas en los medios; en los
empujones y golpes que se prodigan generosamente las multitudes, tanto
frente a la taquilla de un teatro para comprar entradas de un
espectáculo de ballet o de un filme de elevada factura, como para subir
a un ómnibus en horario pico; en la vulgaridad y métodos poco
convencionales que emplean algunos "educadores" con los colegiales.
Por muy interesante y serio que pueda resultar un artículo periodístico
dirigido al lector cubano, sobre el problema de la criminalidad juvenil
en otras latitudes, nunca podrá sustituir —ni aun alcanzar— la
importancia que tendría mirarse por dentro, analizar aquellos factores
que han propiciado el preocupante crecimiento de la violencia entre
nosotros, así como de los indicadores de criminalidad, y la impunidad de
lo que eufemísticamente se ha dado en llamar "indisciplina social" para
enmascarar el sesgo criminal de algunos hechos.
Por muy doloroso que resulte que un estudiante norteamericano asesine a
15 de sus compañeros de escuela, no nos afecta tan directamente como el
hecho de que un estudiante de una secundaria de la Habana Vieja haya
muerto tras ser apuñalado por otro; que en el mismo municipio un
adolescente enclenque haya tenido que ser trasladado de escuela por su
madre, aterrada por la golpiza que éste recibiera de un grupo de
condiscípulos, o que un maestro "emergente" haya matado, aunque no fuera
su intención, a un estudiante.
Violencia inducida
Es evidente que estos no son hechos aislados. La ruptura de ventanillas
y puertas de ómnibus, de teléfonos públicos, de vidrios de edificios
públicos y viviendas, entre otros, también son manifestaciones de una
violencia intrínseca, contenida a medias, porque en la Isla no
proliferan, es cierto, las armas de fuego; pero sí está presente la
intención criminal, la potencialidad del delito mayor que brota cuando
las condiciones lo propician.
Los padres no han tenido que comprar videojuegos, ni los jóvenes han
debido permanecer durante horas frente a la pantalla de su ordenador o
televisor para que se vea el irrefrenable aumento de una violencia que
torna cada vez más peligrosas las calles y casas.
Si bien los videojuegos violentos son caldo de cultivo perfecto para
desatar el instinto de la bestia dentro de muchos grupos humanos, no son
ni mucho menos el único catalizador. En el caso cubano, por ejemplo, se
podrían citar no pocos agentes de la vida diaria que concitan el odio y
la violencia. Es más, existen agentes que legitiman tales sentimientos.
¿Qué son sino los "mítines de repudio", las numerosas consignas
lapidarias que sacralizan el odio, las exclusiones por diferencias
políticas y de otro tipo, las amenazas, las purgas, la pobreza
generalizada, las carencias materiales y espirituales, el deterioro de
nuestros espacios en la sociedad? ¿Acaso la doble moral no conduce a la
pérdida de valores, uno de los primeros factores que nos enseña que la
impunidad es un don de aquellos que fingen acatar determinados lineamientos?
Habrá que agradecer a Deisy Francis y a Miriela Fernández su ilustrativo
artículo, pero sería de desear que en un futuro cercano hicieran una
entrega más en consonancia con la realidad actual de la Isla: poner en
el tintero el acuciante tema del crecimiento de la violencia, sus causas
y posibles soluciones.
http://www.cubaencuentro.com/es/cuba/articulos/mas-alla-de-la-pantalla-90211
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