¿A Bayamo en coche?
En pleno siglo XXI, muchas ciudades y pueblos del país dependen del
coche tirado por caballos como única solución para el transporte público.
Luis Felipe Rojas, Holguín | 19/06/2008
El socialismo amarra las ganas del hombre inquieto. Ningún ser humano
que haya vivido un minuto bajo el andamiaje defectuoso de la revolución
cubana, puede decir que ha estado lejos del sobresalto.
Una olvidada canción popular de la década de los ochenta traía y llevaba
la invitación de visitar la ciudad de Bayamo, pero en coche. No el coche
tradicional, de tracción motora, sino aquel decimonónico, tirado por
caballos.
En la mencionada década se iba en "coche" por puro hobby, un lujo o
capricho que cualquiera se tomaba, un día de domingo, o en momentos de
juergas, como los carnavales o fiestas de ocasión. En cambio, hoy, el
panorama crítico ha puesto a las volantas, coches y guarandingas como
solución definitiva para el transporte público.
¿Cuál ha sido la conciliación de las autoridades locales para
desarrollar este medio ecológico, viable y práctico? ¿Hacia dónde van,
una vez más, los entuertos y madejas de trámites innecesarios, cuando lo
que urge es el servicio vital que todos piden a gritos?
Economía al día
Un acercamiento a los propietarios o conductores de coches tirados por
caballos, no deja asomarnos a los detalles que sostienen este oficio en
"franco desarrollo".
El precio de un animal de buena raza y tamaño está oscilando entre los
5.000 y 6.000 pesos cubanos, a lo que se suma la construcción de los
herrajes que harán la armadura final, el coche, que puede estar entre
los 2.000 ó 3.000 pesos.
Los que sobrepasan la barrera de la marea burocrática, saben que no
basta con tener el equipo y lanzarse a la transportación de pasajeros.
El jugo y esencia radica en conseguir la autorización de los órganos
correspondientes del Poder Popular.
Yonder, un joven que ha seguido la saga familiar y abandonó los estudios
para tomar el quitrín de su padre, asegura gastar más tiempo en buscar
hierba para los caballos que en el acto mismo de hacer los viajes de
alquiler.
"Cubro en una de las piqueras que más demanda tienen, desde el Hospital
Clínico Quirúrgico hasta casi el centro de la ciudad y, con todo, tengo
que andar esquivando a los inspectores y a la policía, con la licencia,
el arreglo del coche, y velar porque nunca me sorprendan con un pasajero
demás. Ya tengo para volverme loco", dice este holguinero de 26 años.
Aun cuando las autoridades han regulado las tarifas al costo de un peso
en el "anillo" (tramo) más corto, se mantiene la ley de oferta y
demanda. En una piquera puede haber una inmensa cola de pasajeros y
varios coches vacíos, sin que la gente decida alquilarlos. De igual
manera, el cliente que llegue solo y de prisa, y desee alquilar el viaje
completo, lo hace y pasa por delante de los que están esperando.
Delia, una enfermera que lleva ocho años viviendo en Holguín, prefiere
pagar un coche por su comodidad, ya que no hay empujones ni atropellos,
ni largas esperas, como sí pasa en los ómnibus. Ella atraviesa media
ciudad en algo más de veinte minutos, pero dice llegar siempre a tiempo,
con la ropa limpia y sin los malos olores que hay en las aglomeraciones.
"Son más prácticos, no hay retraso, y te dejan bajar o subir en
cualquier parte del tramo. Estos son como los almendrones de La Habana o
las motos de Santiago de Cuba. No son un sueño, pero tampoco una
pesadilla", dice.
Ser un propietario
Tiene dos animales de tracción que a estas alturas valen una fortuna.
Centella es un caballo moro de apenas dos años. Dice que lo compró en la
finca de María Antonia, la legendaria propietaria de la recría más
grande de Fidel Castro. Descalzo es un quarter horse, lo que se dice un
caballo de cuatro cuartas de ancho, robusto y sin defectos. Le costaron
a Marcial una fortuna que no quiere revelar. Aunque los tiene para
tracción, sabe que serían buenos en las carreras que se realizan en esta
parte del campo.
Sin embargo, lo que le más le molesta son los requerimientos de los
inspectores, la supuesta intención por la sanidad que hay detrás de cada
vigía estatal.
"Por cualquier detalle te acosan. Además de las multas, se ensañan
contigo. Te hacen esperar varios minutos hasta que los viajeros se
aburren y se van", concluye Marcial, uno de los cocheros más prósperos y
de mejor suerte con los inspectores, según su testimonio.
Amarrar la bestia dentro de casa, literalmente, dentro de una habitación
aledaña; gestionar dos toneles de miel de purga semanalmente (extraída
de contrabando de un central azucarero); comprar arreos de amarre y
conducción; pagar al herrero mensualmente (con las vías tan deterioradas
es imposible alargar la vida de las herraduras); "inventar" goma,
pintura, lona de techar, sogas… y llevar los arreglos del coche
completo. Estas suelen ser algunas de las vallas a saltar en el camino
hacia un servicio eficiente, una ínfima parte de las contrariedades que
obstaculizan la vida de un acto tan necesario en muchas provincias de la
Isla.
http://www.cubaencuentro.com/es/cuba/articulos/a-bayamo-en-coche-91889
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