Publicado el 09-05-2007
Conclusiones sobre mis viajes a Cuba
Por Uva de Aragón
Podría estar escribiendo mucho más sobre mis viajes a Cuba, que han
significado un punto de giro en mi vida. Tratemos, sin embargo, de
resumir mis conclusiones.
Primero, creo que todo el que esté listo para ir, debe poder hacerlo,
por lo cual estoy en desacuerdo total con las limitaciones a los viajes
de cubanoamericanos a la isla. Aparte de todo argumento que pueda
hacerse sobre el beneficio económico que signifique para el régimen, o
la falta de ética que algunos les achaquen, esos viajes y remesas
estaban logrando una reconciliación entre cubanos de la mejor manera
posible, de abajo hacia arriba. Toda medida que interrumpa ese flujo
afectivo y esa red de intereses, no sólo añade más dolor a la familia
cubana, sino que retrasa la formación de una sociedad civil.
Vi con mis propios ojos lo que sabía –que la Revolución cubana es un
proyecto fracasado. Lejos de sentir por ello satisfacción alguna, me
produjo un gran dolor. Ha habido muchas víctimas de ambos lados, pero ni
los muertos ni los presos ni la política americana justifican que
continúe la violencia, ni de parte del estado, ni mucho menos de la
oposición o de un futuro gobierno. No me incumbe a mí impartir la
justicia. Lo harán tal vez algún día los tribunales. Pero sí está en mí
perdonar, como explicó claramente el Padre Narváez, en su charla sobre
la reconciliación y el perdón que me ha inspirado estas reflexiones.
Libre de todo rencor, asumo el pasado como parte de mi historia, y trato
de aprender de él. Sólo así puede sentirse esperanza en un futuro mejor.
Y creo que ese porvenir tiene que pasar por una reconciliación que lleve
a la convivencia, la tolerancia, la paz.
Tengo familiares y muchos amigos en Cuba. Hago lo que está a mi alcance
para servirles, así necesiten una medicina, un par de espejuelos, un
dato para sus clases o matar el antojo de comer M & M´s. Me gusta
conversar con ellos, y he aprendido a hacerlo, incluso con los que no
concuerdo con su manera de pensar. Los respeto y creo me he ganado el de
ellos porque he sido honesta, consistente en mis principios, y por mi
sincera preocupación por Cuba. No me gusta restregarles a los cubanos el
fracaso del sistema. Es cruel. Como darle patadas a un caballo muerto.
Ellos lo saben. Invirtieron una vida de sacrificios por un futuro que ya
llegó. Y ese futuro mejor que soñaron, no brinda oportunidades a sus
hijos, que en muchos casos se les van al extranjero. Los nietos les
nacen y crecen fuera. Se quedan solos en un país que se derrumba.
Cierto que hay quienes se han beneficiado de la Revolución, y la
defienden. Algunos son personas de origen humilde que en efecto tuvieron
oportunidades de estudiar y mejorar. Creen sinceramente que no hubieran
podido tenerlas de otra manera. Otros son parte de la elite gobernante,
llena de tantos privilegios, que el mismo estado se muerde la cola
tratando de impedir la corrupción.
Comprendí en mis viajes que no tenemos en el exilio el monopolio de la
nostalgia. En la isla han sufrido muchos adioses y ausencias, y el que
se queda siempre extraña más que el que se va. Además, los mayores, aquí
y allá, sienten melancolía por una era pasada, y los más jóvenes por un
futuro que se les prometió y nunca llegó. Todos hemos perdido.
Los cubanos se ven obligados por el sistema a vivir al margen de la ley,
pero eso no quiere decir que no sepan diferenciar entre el bien y el
mal. Como no es cierto que sean vagos; pero tampoco son tontos. No van a
matarse trabajando cuando no hay estímulos, pero en cuanto hubo un poco
de apertura económica a mediados de los noventa, cada cubano se
convirtió en un pequeño empresario.
Es verdad que la Revolución llevó la educación y la medicina a más
personas. Se apoyaban en una tradición médica y docente de siglos. Pero
esos logros, lamentablemente para el pueblo cubano, no han podido
sostenerse, por falta de recursos, por la fuga de talentos, por la
rapidez de los avances tecnológicos que Cuba no tiene capacidad de
obtener. Sin embargo, son renglones importantes para los cubanos, y
deben mantenerse al alcance de la población en cualquier proyecto de
futuro. El embargo, no es, y los cubanos lo saben, el origen de todos
los males del país, pero ha causado perjuicios, y ha ofrecido una
coartada al régimen para endilgarle los fracasos del sistema.
Hay mucho que hacer en Cuba. La solución no vendrá el día que Castro
muera. A mí nadie me verá bailar en las calles, ni quisiera ver ese
espectáculo entre los exiliados. Por el contrario, desearía que nos
uniéramos en oración por el pueblo de Cuba. Ellos tienen que tomar
control de su futuro. Invertir la ecuación. No dejar que el estado los
vigile, sino saber que les corresponde a ellos vigilar al estado.
Comprender que el gobierno no les da nada gratis; ellos pagan con su
trabajo mal remunerado. Por eso tienen derecho a exigir mejor
transporte, mejores vivienda, más comida en las bodegas. La libertad no
es un derecho abstracto. Es la oportunidad de poder elegir donde se
vive, se trabaja, se estudia, y quién gobierna.
Ojalá llegue pronto el día que los cubanos no quieran huir, porque
pueden, en vez, construir una sociedad mejor. Yo quisiera poder pegar el
hombro con mis compatriotas y ayudarlos. Enseñar lo poco que sé. Porque
lo más importante que comprobé en mis viajes a Cuba fue que es mi país,
y que vale la pena. No hace falta decir más.
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